Cuando parecía que los medios de información se acababan, hemos entrado en una plétora increible. Pero la abundancia, que trae la competencia, no ha mejorado su calidad, que se ha devaluado hasta extremos inimaginables. La manipulación política los invade. Además, todo es, ya, espectáculo. Nunca hemos estado peor informados.
Vemos la frivolidad con que se tratan, nada menos, los escarceos de una posible guerra mundial que parece que empieza, como no, por aquí, por Europa. Asistimos a la inoperancia habitual de Naciones Unidas, organización tan condicionada en su formación y funcionamiento, que no sirve para nada. También los mandatarios van a peor. Vemos el desconcierto en la Unión Europea, sin un líder prestigioso que recuerde, a los miembros, su finalidad y el camino de futuro, que evite decisiones contradictorias de sus socios, que haga que la Unión sea respetada por todos, incluido EE.UU y que conciencie del peligrosísimo momento que estamos viviendo.
Y no digamos en EE.UU., desde el gran estratega, Reagan, pasando por el de “América primero”, hasta este Biden pasado de rosca, a ojos vistas que, acomplejado por su edad, se ha tomado en serio ese piropo para viejos: Los años no pasan por ti.
Y efectivamente, este señorín cree estar, todavía, en el mundo de su juventud, Y vuelve a atizar los rescoldos de la guerra fría, la política de bloques y de confrontación, activando a la OTAN y a los países remisos a contribuir a ella.
Y llama a filas con tal vehemencia que hemos visto la arrogancia con que trata a los países contrarios, tibios o que están formados, como el nuestro, por partidos cuya ideología no es nítidamente secuaz. Yo, que no soy nada simpatizante de nuestro Presidente, he acusado la chulería con que ha sido tratado, sin que en España, ni mucho menos en la Unión Europea, se haya clamado en apoyo de “uno de los nuestros”.
He aquí algunas de sus peligrosas acciones:
Ladrando en la frontera de Rusia ( lo dice El Papa) ha conseguido que Putin le responda mordiendo en la de La OTAN, en Europa, que estaba enfrascada en políticas de cooperación y globalización. En el futuro en paz.
Lidera, en Madrid, la Cumbre de la OTAN más beligerante, apremiando a sus miembros a aumentar sus gastos en defensa y señalando, expresamente, a China y a Rusia como enemigos. Esta actitud hace declarar, lleno de razón, al Cónsul General de China en Barcelona algo tan obvio como: “EE.UU necesita cambiar su mentalidad de confrontación; va contra sus propios intereses”.
Abre a China la herida de Taiwán programando visitas de funcionarios que, parecen tener como único objetivo “mentarle la madre”. La explosión de cólera de China no se hace esperar.
Pero, al mismo tiempo, escapa de Afganistán, como el pillo sorprendido por un marido celoso. Un pais al que invadió, hace veinte años (veinte), con el propósito de acabar con uno de los focos mas peligrosos del integrismo musulmán y conducirlo hacia el occidente democrático. Y ahora vemos, en los medios, el vergonzoso espectáculo de su cruel y altivo abandono. ¿Quién se fía de un aliado como este?.
Amigos, los ingredientes que el hombre ha necesitado, a lo largo de los siglos, para entrar en guerra, están ahí. Y nunca ha dado marcha atrás ante ellos. ¿Será que el ser humano, su sustancia, necesita una guerra cada pocas generaciones?.
¿Será que la raza humana se automedica contra la superpoblación?. ¿Será que en la tribu humana se ha de hacer, periódicamente, un relevo sangriento de “Machos Alfa”?.
¿Será que la humanidad entra en guerra cuando olvida las crueles penalidades que acarrea?.
O, sencilla y simplemente será que al ser humano le falta una cochura. Un amigo mío es partidario de esta interpretación. Ante esta situación prebélica, sostiene, el muy insolente, que el descanso del Creador, al séptimo día, fue un exceso de confianza pues, el ser humano, no estaba acabado. Convencido de su error, creyó solucionarlo volviendo a empezar con el Diluvio. Ante el nuevo fracaso, envió a su hijo a propagar su mensaje de convivencia. Lo matamos y el mensaje sigue sin arraigar. Mucho me temo, dice mi amigo, que, esta vez reconozca su fracaso y acabe con el experimento.