Cultura

Feria de Bilbao: Alejandro Talavante abre la Puerta Grande

(Foto: Efe).

TOROS

Inés Montano | Jueves 25 de agosto de 2022

Los toros de Domingo Hernández (y el hierro de Garcigrande) vinieron a Bilbao nobles, pero sin muchas ganas de superar la discreta medianía: no se emplearon mucho en el tercio de varas, tampoco colaboraron en los quites. Mediterráneo (1º) fue recibido con grandes aplausos al salir de los chiqueros. Nacido en enero de 2017 tenía unas buenas defensas. El Juli, quien hace una seria temporada, cada tarde se muestra más lidiador: estudia a los adversarios y actúa en consecuencia. El abre-plaza tenía su querencia hacia los chiqueros y quería andar por libre. La cuadrilla hizo buen tercio de banderillas, Curro Javier saluda montera en mano. El Juli empieza con el toreo por abajo. Al enderezar las embestidas, cambia el temple y hace unas tandas medidas con buen son, acompañando al bicho, alargando su embestida. El astado se ha venido abajo. El diestro, hábil el estoque, lo entierra hasta los gavilanes, algo atravesado y trasero. Lo destacado de la lidia de Pecador (4º), cuatreño con muchos kilos, fueron los lances capoteros de El Juli entre puya y puya: unas chicuelinas de manos bajas y mucho temple. A pesar de esto, el toro buscaba otros derroteros. Salía suelto y emborronó el quite de Talavante. La faena resultó ser una obra sucinta, variada y rápida. Se desarrolló en los medios por los pases flexionados. El torete, informal tirando a bronco, se rindió al mando de la diestra de El Juli y no enganchó ni un pase de la tanda, rematada con un molinete. Una serie por el pitón izquierdo, compuesta por los pases suaves, con la franela insinuando el camino al bicho, que tiene el recorrido bien corto. El Juli supo sazonar la obra con unos naturales desmayados, un afarolado y pases en redondo, sin mancharse la taleguilla ni un ápice. La estocada, algo baja, fue eficaz. La petición no atendida por el palco.

Alejandro Talavante se enfrentó con Anzuelo (2º). El bocidorado fue el toro que con su buen hacer abrió la Puerta Grande al diestro. Tomás Rufo le hizo un quite por verónicas abrochadas con unas medias de pliegues que recordaban los lienzos del gran pintor Zurbarán. Rápido tercio de banderillas, aunque no fácil. Algunos palos cayeron de recurso. Talavante al hacer los pases de castigo, descubre que el bicho es de alfeñique: pierde las manos, se resbala. Enseguida, el diestro logra abarcar su embestida con la primera serie. Opta por citar a larga distancia y firma una tanda corta y buena, pero superada por los pases al natural, donde la franela tomaba el vuelo. El toro resultó excepcional: seguía el engaño embebido por ambos pitones. Talavante prosiguió al natural y remató la faena con los pases a pies juntos sin cambiar los terrenos. Por fortuna, acertó con la espada y se dobló el toro, aplaudido en el arrastre. Dos orejas. Vicario (5º) fue distinto. Acusaba el peso, 619 kilos, con las caídas. Ignoró por completo el capote, se acercó al varilarguero, Manuel Cid, sin que le colocaran. Estuvo a punto de alcanzar al rehiletero Miguel Murillo, que puso pares de relieve y se desmonteró. Al iniciar la faena el toro se cae al derrotar, Talavante persiste buscando un buen fondo, pero este no llegó: la cara suelta, engancha y cabecea. Algunas tandas y pases, pero el conjunto resultó de modestos alcances estéticos. El acero eficiente. Una ovación.

Arrocero (3º) proporcionó varios enganchones acabados en un desarme de Tomás Rufo. La labor de cuadrilla muy pulcro, ahorrando tiempo y midiendo los capotazos. Rufo ahormó la cabeza con tres pases. Toreo clásico y de dominio. Le da distancia, aguanta la arrancada y silueta unos circulares. De nuevo se aleja del astado, pero éste protesta todavía más. Pronto pasa de una embestida irregular a pararse. Mira y escarba. Las bernardinas sin tomar en cuenta la condición del morlaco y un desplante en la cara. La ejecución del volapié impecable: el toro absolutamente aplomado recibió el estoque sin moverse. Descabello. Un aviso. Pisaverde (6º) salió galopando y fue lo único que hizo con ganas. No le paraba ni capote ni varas. A la segunda puya administró una coz malhumorada. Tomás Rufo plantea las mismas largas distancias que en la primera faena, pero estas no le correspondían al burraco. La faena con el toro parado sin probarlo en otros terrenos de la plaza. Se alargó la obra y la estocada llegó después de primer pinchazo.

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