AL AIRE LIBRE

CARTA PÚBLICA DE ANSON AL REY JUAN CARLOS EN EL AÑO 2008

Luis María ANSON | Sábado 27 de agosto de 2022
Cuando conocí a Vuestra Majestad era un adolescente. Príncipe de Asturias de la legitimidad dinástica...

En el diario La Razón se publicó el viernes un artículo de Luis María Anson, académico de la Real Academia Española y Premio Príncipe de Asturias de Humanidades. En él se reproducía parte de la carta que el 6 de enero de 2008 hizo pública su autor en el diario El Mundo. Por razones de espacio solo se insertó una parte de aquella carta. A continuación, y respondiendo a la petición de numerosos lectores, reproducimos íntegra, sin modificar una coma, la carta publicada en el año 2008.

Cuando conocí a Vuestra Majestad era un adolescente. Príncipe de Asturias de la legitimidad dinástica, V.M. sentía devoción por su padre, el Rey de derecho de España, aquel Juan III inolvidado, que es una de las figuras verdaderamente grandes del siglo XX español. Presidía yo la Juventud Monárquica Española, la célebre JUME, y en ella se habían integrado, por cierto, todos los compañeros de bachillerato de V.M.: Jaime Fontanar, Alonso Valdueza, José Luis Leal, Fernando Montellano, Juanjo Macaya, Álvaro Luna, Alfredo Gómez Torres, Aguilar de Inestrillas… Casi sesenta años después, constituye una inmensa satisfacción para mí comprobar día a día cómo V.M. ha sabido construir y encarnar la Monarquía por la que luchó vuestro padre contra la dictadura: la Monarquía de todos.

He estado siempre, Señor, en las antípodas del cortesanismo. Durante los quince años que dirigí el “ABC” verdadero, no le pedí a V.M. una sola audiencia. Tampoco lo hice durante los siete años que presidí “La Razón”, el periódico por mí fundado. Naturalmente, acudí siempre que desde la Zarzuela se me requería. Y he felicitado a V.M., claro es, por su setenta cumpleaños en los numerosos canales de televisión y cadenas de radio que han solicitado mi intervención.

Pero no querría quedarme hoy en la anécdota y la hagiografía, desmelenada estos días de aniversario. Por el contrario. Tal vez es el momento de que yo le diga lo que casi nadie se atreve a decirle: que el Régimen se está agotando, a pesar del balance abrumadoramente positivo que enaltece la gestión de V.M. en uno de los reinados más prósperos de la Historia de España.

Se agota, pues, el Régimen. El Estatuto catalán –como el gallego, el vasco o el balear- es sólo un peldaño más en la escalera de las independencias. La política ingrávida del avestruz resulta absurda. En muy pocos años, la nación catalana, ahora reconocida, como la vasca o la gallega, planteará articularse en Estado. La política de Penélope -tejer y destejer- se ha convertido en una cruz insoportable cargada sobre los hombros de España.

Por eso, a mi manera de ver, resulta imprescindible reformar la Constitución, para establecer límites inalterables a las comunidades autónomas, a las transferencias autonómicas y a las concesiones a los iluminados, los vendepatrias y los memos. Hay que cerrar de una vez el Estado de las autonomías. Hay que echar definitivamente el freno a la espiral de las exigencias nacionalistas. Y hay que hacerlo a través de una reforma constitucional, sometida a referéndum nacional, para que sea el entero pueblo español el que se pronuncie sobre los límites de nuestras autonomías, porque todas ellas forman parte de España y a todos los españoles nos corresponde decidir sobre ellas. Está claro que esa operación tiene riesgo. Pero más, mucho más, lo tiene el inmovilismo.

En su día hubieran bastado dos estatutos, como los de la República, para Cataluña y Vascongadas. Pero la insensatez del café para todos y una ley electoral anticuada y torpe engendraron los lodos actuales. Sólo una reforma constitucional inteligente, pactada entre un Partido Popular flexible y un Partido Socialista con el sentido de Estado que tuvo Felipe González, amén del apoyo del máximo número posible de grupos políticos, podría dar continuidad a la Constitución del 78 y al espíritu de la Transición.

En otro caso, Señor, la Monarquía de todos será destruida, porque no son pocos los que caminan ya, todavía de forma incierta, hacia una República confederal, tal vez al estilo suizo, que dará paso a una España a la que no conocerá, esta vez sí, ni la madre que la parió. Sólo la reforma constitucional puede detener el agotamiento del Régimen del 78 y revitalizarlo para muchos años. Vuestro padre, aquel monarca egregio y sacrificial, “que ha pasado como una sombra de oro y silencio por la Historia”, se dio cuenta, con esa lucidez política anticipadora que siempre le caracterizó, de lo que iba a pasar y, herido de muerte, con el cáncer enroscado a la garganta, declaró, casi como un testamento, en Diario de Navarra: “Veo a España algo desgarrada y con su unidad amenazada”.