Opinión

Francisco Umbral: la vida por la letra

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 30 de agosto de 2022

Leo, sin pestañear, arroba y media de artículos sobre los quince años sin Francisco Umbral, peto y espaldar del oficio, alcándara mágica para el canto. Todo son gilipolleces. Lugares comunes a granel y en garrafón: el gato, la bufanda, la melena, la nariz de borracho y las dioptrías. Nadie cuenta, esencialmente y sin titubeos, el mito, que empieza siempre por lo económico. Penuria, bohemia, y ese problema que era conquistar una ciudad (Madrid) mientras limpiaba y sacaba brillo a su Olivetti. Incluso en la película de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega (Anatomía de un dandy) y el cómic de Lorenzo Montatore (La mentira por delante), ambos de reciente aparición, se cuenta mal. Muy mal.

Umbral, a partir de 1961, vive en Madrid gracias a dos personas: Miguel Delibes (El Norte de Castilla) y Manu Leguineche (Colpisa). Gracias a sus cheques paga la pensión primera en Argüelles, come y se mueve por la ciudad. Para el segundo, que era una agencia de noticias, inaugura “Crónica de Madrid”, comprada al instante por media docena de cabeceras provinciales. El Diario de Leon le paga otro pellizco por “La ciudad y los días”; León sucede a Valladolid e incluso llega a leer textos en la radio cuyo libro vio la luz hace pocos años (Diario de un noctámbulo, por la misma época en que hace otro sobre las tabernas leonesas). Con techo y plato provisional consigue colaboraciones en cuatro medios: Pueblo, Blanco y Negro, Informaciones y Ya. Al segundo llega con carta de recomendación de Delibes, doblada en cuatro y guardada en la cartera como un billete, para Luis María Anson, que lo recibe y trata como a un hijo, amistad eterna y aromada de broncas efímeras (lo de Pinochet, lo de “Como Umbral por rastrojo”, etc) hasta su muerte e íntima despedida.

La faltriquera va llenándose, alterna algo por el Gijón y es comedido con los gastos, bebe entonces leche porque asegura “reservarse para el amor” entre burlas de todos los poetas tronados y los pintores con caras largas (hasta los zapatos). Mesa según entras a la derecha. Llegan los cuatro kilos que Mario Lacruz le paga por Los helechos arborescentes en Argos Vergara, y todas las revistas ardientes de la Transición: Interviú, Hermano Lobo, Jano, Penthouse, Triunfo y Tiempo. Por la segunda le llama Cebrián, que quiere que haga algo parecido pero más dialogado, y promete sobre el tapete, presuntamente, cien mil pelas fijas mensuales (más un posible pico que depende de la meteorología publicitaria). Así inventa las negritas. Hace de repartidor para Debiles, como ha contado Laviana, llevando los periódicos de la Estación del Norte a la Puerta del Sol. Umbral de pelo corto, pobre, en tratos con editoriales cutres (Sedmay, Dopesa, etc) a tanto el título. La tienda está abierta: por la mañana artículos, por la tarde libros. Vocación obstinada.

La tienda de campaña está montada, huye de El País a Diario16, porque su columna vuela por las páginas sin lugar fijo entre otras maldades y, cuando cesan a su director (Pedrojota, Montaigne con tirantes) ya entra en las catacumbas de El Mundo, con mucha pasta gansa de Campofrío. A partir del 88, según confidentes y videntes, un kilo al mes en El Mundo, lugar fijo y columna diaria, caricatura fría y dedos calientes. Siempre enorme, brillante, relámpago blanco, un puro incendio, albañil gramático, obrero entero de las palabras. En mitad de la luna de miel, deja El Mundo por su viejo amigo, Luis Maria Anson, durante dos suspiros. Inaugura alcándara para el canto en ABC hasta que los lectores empiezan a lincharlo y tiene un problema/barullo gordísimo en California 47 con la extrema derecha. “Yo no sé si los nazis leen mucho o poco el ABC pero basta que lo lea uno para que me rompa las gafas de una hostia”, dijo.

Fernando Quiñones quiso darle otra tunda en el Gijón por El Giocondo, donde no volvió, y un poco lo saca o dibuja de marica, absoluto bulo. Los angloaburridos (Molina Foix, Javier Marías, Benet…) no lo pueden ni ver. Umbral sigue donde siempre estuvo: la prosa poética, la literatura cultivada, el brillo del lenguaje, la joyería verbal, la página nerviosa, y todo él es un género literario porque no hay el menor envase preciso, todo es memorialismo, y las novelas no son novelas, ni los relatos tales, sino un mismo género, a la manera de Gómez de la Serna o Proust, con mucho de Cela y del Simbolismo francés, ajeno a todo Realismo.

El lujo del idioma, lo que propicia su apetito, son siempre los tropos. La metáfora, reina entre ellos. Y esa escritura literaria es la que embrida sus 135.000 artículos, ninguno mostrenco ni montaraz, ninguno previsible ni de ínfima calidad. Es el magisterio de Pemán/Ruano llevado a las estrellas por medio de unas teclas rotas donde escribir es tacto. Quince años sin Umbral y un mundo de periódicos hoy donde los déficits cognitivos, problemas serios de atención en adolescentes, memoria perdida y vocabulario raquítico o huérfano, sí, son la norma del día. Antes, por utilizar un símil machadiano, el lector subía, ahora baja. Marsé inventó aquella infamia de “prosa sonajero” con su teoría felona bajo la tapa del yogur (“Todo aquel que utiliza el lenguaje para llamar la atención es que no tiene nada que decir”). No se puede ser más burro. Forzar el lenguaje es cuanto lo enriquece. Umbral fue un pintor de palabras, aquella obligación azoriniana de “esmaltar la prosa”, no apto para acémilas de pienso gris o amarillo. Grande, siempre, Umbral.