Opinión

La noche de Luna

TRIBUNA

Miquel Escudero | Sábado 03 de septiembre de 2022

Siempre que aparece su firma en La Vanguardia, recomiendo a quienes no son lectores habituales del rotativo barcelonés que la lean. Fue corresponsal en Hong Kong, entre 1987 y 1993; en Washington, entre 1993 y 1996; en París, entre 1996 y 2000. Cubrió las revueltas del Tíbet y de la plaza cairota de Tahrir, la matanza de Tiananmen, las guerras de Kuwait e Irak y este año, durante cinco semanas, la invasión de Ucrania. Fue redactor jefe de Internacional entre 2005 y 2014. Y desde entonces, hasta la fecha, escribe ‘columnas’ divertidas, bienhumoradas, satíricas y lúcidas, con espléndido estilo. Tiene personalidad, es valiente y nunca rema a favor de corriente; tampoco adula a nadie. Tiene recursos, voluntad e inteligencia para dar a entender con claridad lo que piensa, de modo que no deja indiferente a nadie. Quien le quiera odiar, que le odie.

Me refiero a Joaquín Luna, quien siendo muy joven entró en la redacción de La Vanguardia. Era verano de 1982 y lo fichó Horacio Sáenz Guerrero, su director entre 1969 y 1982: catorce años; siete antes de la muerte de Franco, siete después de ella. Siempre dejando huella de buen oficio y de calidad.

Uno de los temas preferidos de Joaquín Luna, que ha acabado por caracterizarlo, es el de la figura social del divorciado, cuya psicología, dice, oscila entre las ganas de vivir con intensidad y las de liberar algún resentimiento contra alguien. Ahora acaba de publicar una crónica personal de la noche: auge, agonía y fauna, donde explaya la psicología del noctámbulo desde sus propias vivencias; lo hace con gracia y sabiendo bien de lo que habla. En Esta ronda la pago yo (Libros de vanguardia) rehúye, como siempre, los tonos solemnes y pomposos, y juega con la frivolidad.

Quien trasnocha todo lo posible y madruga lo mínimo, habla de la noche de Tokio y destaca que devuelva la humanidad “a quienes de día parecen robots uniformados tan iguales unos a otros, tan pulcros y homogéneos”. La capital del Japón distingue por la noche a los tokiotas y atiende su desahogo. Ella y París, destaca el escritor, son las ciudades imbatibles de madrugada. Ambas tienen restaurantes abiertos las 24 horas del día. “Se me saltan las lágrimas por semejante patrimonio de la humanidad”, apostilla el noctámbulo Luna.

¿Madrugar para qué?, se pregunta tras evocar un popularísimo anuncio de buenas noches de la televisión de los años setenta, dirigido a los pequeños y cantado así: “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”.

No obstante, recalca, “durante el franquismo hubo bastante nocturnidad, bastante vicio y bastantes juergas porque el régimen daba vías de escape y levantaba a su manera, la tapa de la olla para que la presión no desbordase”. Habitual desde joven en los locales de la vida nocturna, afirma que en España su época apoteósica se dio entre 1980 y 2000. Ahora, en cambio, va de capa caída.

El ímpetu de los ‘rodríguez’ ha pasado a mejor historia. El casado que se quedaba trabajando mientras su familia veraneaba fuera, estaba, dice, en libertad condicional. “Su reputación se basaba más en lo que imaginaba la gente que lo que sucedía en realidad”. Joaquín Luna entiende que el noctámbulo es una especie en vías de extinción, y la causa de su imparable retroceso la sitúa en los amos de Silicon Valley, en la expansión fenomenal de la tecnología. La consolidación de aplicaciones y redes sociales de contacto ha modificado de forma drástica el arte de ligar y la emoción de seducir en directo se ha ido difuminando.

A esta confabulación cósmica contra el mundo y la vida nocturna, larvada desde hacía años, se ha sumado el confinamiento general por la pandemia de la covid-19, de efectos demoledores.

De todos modos, el irónico periodista barcelonés resalta que la fe en el porvenir es lo último que se pierde. Y con cierta condescendencia, exclama que “hay que tener fe en la humanidad, pero no mucha”.

En cualquier caso, Joaquín Luna adopta la resonante pieza musical de Hervé Vilard Capri c’est fini como ingrediente de una esquela emotiva para noctámbulos empedernidos. ¡Y que nos quiten lo bailado!