Beatriz Reyes Nevares | Viernes 03 de octubre de 2008
No hace mucho, repentinamente, los bautizos cambiaron en México. No quiero decir que haya menguado su cantidad (continúa siendo el bautizo un sacramento ampliamente cumplido) sino que se alteró de modo más que considerable la tendencia al poner los nombres de pila. Antes los recién nacidos eran bautizados como Juan o Francisco, Antonio o Rafael, Gabriel o Joaquín, Luis o Tomás, y de pronto a los padres de familia los atrapó una moda según esto innovadora (como quieren serlo todas) y les brotó la idea de llamarlos por nombres extranjeros, con frecuencia puestos en una ortografía peculiar. De tal suerte que ahora abundan los Cristián, aun en el caso de mujeres, y de Yovanas y Yovannis, y otros –perdón– horrores. Como en tantas otras cosas, aquí la posición social tiene mucho que ver. De la clase media hacia arriba, en una especie de pirámide que se angosta pronto, nacen los Santiagos, Sebastianes, Rodrigos, las Andreas, Marianas, Fernandas…, bellos nombres, pero desde luego no los únicos que tendrían que estar presentes y en circulación. Lo que tiende a la baja aceleradamente es la idea de bautizar “como antes” a las criaturas. Rarísimo será hallar a alguna Lorena, Adriana, Pilar, Isabel, Elvira, Laura, Leonor. Más extrañeza tendrá el que se tope con un Pedro jovencísimo, o aun con un simple Pablo o con un solitario Luis.
Y todos sabemos que el nombre no es lo de menos. El nombre significa una especie de clave del destino propio, y por eso no es anormal que las parejas discutan, incluso con algún empecinamiento, cómo ha de llamarse el bebé. ¿Como el abuelo o el padre? Tal costumbre está en pleno declive. Lo cierto es que el nombre de los niños revela más la personalidad o las aspiraciones de los padres que su ignoto sino. Y de allí ha surgido la tendencia en busca de la originalidad y de una, cada vez más discutible, eufonía.
Es cierto también que la originalidad es bien escaso. Sin embargo, recuerdo que, cuando eran niños, mis hijos reían cuando les venía a la memoria el nombre de un jugador de béisbol (me parece): Sandalio Consuegra. Y no puedo olvidar que en el tropical y bello estado de Tabasco, tierra de poetas a fin de cuentas (como José Gorostiza, Carlos Pellicer o José Carlos Becerra), un matrimonio consultó el calendario el día del alumbramiento. Debajo de la fecha podía leerse: Aniv de la Rev, en negritas. Así le pusieron a su hijo entonces, un pequeño tabasqueño nacido el 20 de noviembre, día en que los mexicanos recordamos el alzamiento de Francisco I. Madero, es decir el comienzo de la revolución, todos los años.
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