En ocasiones la ciencia cabalga a destiempo y sus descubrimientos son rechazados por incomprensibles, o intolerables. Diríamos que la sociedad, con sus prejuicios, complejos y sinrazones, no está preparada para acoger determinada idea propuesta por alguna iniciativa genial. Lo funesto del asunto, sin embargo, puede alumbrar una verdad demasiado encubierta por una ideología –la cientificista- que todavía en el día de hoy mancha y enturbia los libros y mentes de nuestros alumnos. El cientificismo –para el lector no entendido- viene a decir que solo lo demostrable científicamente tiene validez, o que solo lo que procede de los meticulosos y aburridos métodos científicos es conocimiento. Esta ideología, que, como digo, todavía cala en alumnos y enseñantes, tiene además el agravante de considerar que el conocimiento es, esencialmente, una actividad racional o intelectual. Algo así como un proceso reproductible algorítmicamente y, por tanto, imitable y artificial. Es la apuesta de tantas empresas que hoy capitanean el panorama computacional con sus propuestas de acoplar las nuevas inteligencias artificiales en cerebros humanos en aras de un mejoramiento de aquellos procesos mentales.
Como decíamos, la atención a aquellos atropellos del sentido común que nos brinda cualquier historia de la ciencia –llena de patinazos y encontronazos- revela el sinsentido que subyace a esta ideología cientificista que reduce conocimiento a procesos algorítmicos reproductibles. Un ejemplo de lo que decimos lo encontramos en el desvarío que rodeó al genial descubrimiento de mediados del siglo XIX del doctor húngaro Ignaz Semmelweis, por el que, desde un hospital vienés, este señaló la infección bacteriana como la principal causa de la llamada fiebre puerperal, que en aquellos años acababa con la vida de cientos de miles de pacientes y mujeres parturientas al poco de dar a luz. Entonces no existía el lavado de manos y los cirujanos solían operar con mandiles de carnicero llenos de sangre seca, o los médicos en prácticas manosear a sus pacientes con las manos sucias de alguna autopsia anterior. En un libro que escribió más tarde sobre las causas y la prevención de la fiebre puerperal, Semmelweis relata sus esfuerzos por resolver el problema de su mortalidad, ensayando todo tipo de hipótesis explicativas y sometiéndolas a contrastación.
La historia de cómo el doctor descubrió la verdadera causa de la muerte de tantas mujeres parturientas se suele utilizar en nuestros manuales de Bachillerato para aclarar el modelo hipotético-deductivo de las ciencias empíricas, porque es perfecta para distinguir la observación, la elaboración de hipótesis, la deducción empírica y la contrastación por experimentación. A nuestros estudiantes les sirve para comprender que la ciencia no avanza siempre por sendero seguro y que, en muchas ocasiones, se lanza mediante la prueba de ensayo y error hasta el hallazgo final. Sin embargo, en esta ocasión, también ejemplifica como pocas historias el origen de ciertos bloqueos emocionales y cómo estos pueden entorpecer o paralizar el progreso científico. Y es que Semmelweis, sabedor de su descubrimiento, no logró hacer entender a sus colegas la necesidad de lavarse las manos con una solución de cal clorada antes de cada intervención. Más bien, la idea generó animadversión y rechazo por ser considerada absurda y enemiga del sentido común: ¿Qué tipo de sustancia enemiga podría ser ésa que nadie, salvo la imaginación desmedida de Semmelweis, podía ver? ¿Y cómo los ilustres doctores podían asumir que habían sido ellos los responsables de la muerte de sus propios pacientes?
La imagen habitual de la ciencia es la de un saber que realizan hombres y mujeres que, dejando a un lado sentimientos y emociones, actúan según parámetros y protocolos debidamente construidos conforme a principios racionales reproducibles. Pero casos como el de Semmelweis revelan la importancia de considerar el elemento emocional para comprender cómo se puede hallar un descubrimiento, y cómo luego este hallazgo puede (o no) fecundar en nuevas ideas. La ciencia se alimenta de lo que el ser humano puede concebir, pero siempre sobre un trasfondo de ideas que esperan, como escondidas, a ser descubiertas por la sociedad de su tiempo. En este sentido, y pensando ahora en el interés de la psicología como ciencia de las emociones, sería interesante explorar aquellos mecanismos que, en terreno fronterizo entre lo natural y lo cultural, lo emocional y lo racional, actúan en los individuos para hacer posible lo que hasta ese momento aparecía sobre el trasfondo de lo inconcebible. De esta manera, la pregunta que anima el asunto ya no es cómo explicó Semmelweis lo que estaba ocurriendo, sino cómo fue posible que lo que estaba ocurriendo fuera, finalmente, asimilado por la sociedad de su tiempo. Preguntando así ayudaremos a disolver en alumnos y enseñantes el germen de la ideología cientificista.