Ante el descalabro electoral del sanchismo, certificado hoy por hoy por las encuestas independientes, el presidente del Gobierno ha decidido hacer frente personalmente a Alberto Núñez Feijóo. Pedro Sánchez es un sólido dialéctico parlamentario. El presidente del PP, por su parte, tiene una dilatada experiencia, avalada por sus éxitos en Galicia. Y el insólito debate en el Senado ha resultado revelador.
Durante el largo choque frontal, ambos mantuvieron eficazmente las espadas en alto. Que a Pedro Sánchez no le ha salido la jugada como esperaba, está claro. Pensó que se comería con patatas a las finas hierbas a Núñez Feijóo y no ha sido así. El líder del Partido Popular permaneció sereno, razonador, a veces irónico, la palabra sobria, el ademán contenido y demostró ante los electores populares que se puede contar con él en los futuros debates en el Congreso de los Diputados y también en la gestión político-administrativa si acertaran las encuestas y dentro de un año se convirtiera en presidente del Gobierno.
No voy a desmenuzar la controversia mantenida en la Cámara Alta porque el espacio del que dispongo es corto. Pero sí quiero subrayar que, desde la moderación, Alberto Núñez Feijóo, que solo dispuso de la quinta parte del tiempo del que abusó Pedro Sánchez, hurgó en las llagas de tantas heridas sanchistas sin cicatrizar: los precios disparados, el paro que crece, el despilfarro del Gobierno, la aplastante deuda pública, la situación alarmante del acoso secesionista, las alianzas que producen insomnio, los insultos personales contra el líder popular dirigidos por parte de ministras y ministros…
Pedro Sánchez temía la confrontación con Pablo Casado. El expresidente del PP se había convertido en un formidable orador parlamentario y materialmente barría semana tras semana al líder del PSOE en el Congreso de los Diputados. En todo caso, el optimismo sanchista al enfrentarse con Núñez Feijóo para cicatrizar las heridas abiertas en su cuerpo político no le ha funcionado al presidente del Gobierno. Tal vez el líder liberal conservador no ganó el debate. Pero tampoco lo ha perdido. Y, del navajeo dialéctico, Feijóo ha salido indemne y tal vez robustecido.