El mundo vive hoy otra coyuntura crítica en la que, una vez más, las viejas categorías modernas, izquierda-derecha, empiezan a resultar insuficientes. Aparecen nuevas palabras: populismo, ecofascismo, fascismo tardío, neototalitarismo… siempre arrojadas desde una presunta izquierda a una presunta derecha y la recíproca.
Yo siempre he preferido el viejo neologismo – disculpen la paradoja – acuñado por Roy Campbell: fascidemobolchevismo. No es nueva la idea de que la democracia liberal puede alcanzar – por medios propagandísticos, entre los que se incluyen los medios de comunicación y el entero sistema educativo – un grado de dominio sobre la población incomparablemente más eficaz que el alcanzado por el fascismo o el comunismo. La democracia liberal en coyunturas como la actual – crisis de materias primas energéticas con inflación incontrolada y crecientes tasas de paro – puede alinear a sus poblaciones de modo mucho más eficaz que otros regímenes políticos de cariz más autoritario. Mejor tirar que empujar, diríamos y mucho mejor sugerir que exigir: es un dominio blando con gesto amable que necesita construir la figura de un mal absoluto frente al que hacer valer las necesarias decisiones, indudablemente lesivas para el interés de la mayoría, pero que han de adoptarse para mantener el estado de cosas o mejorar la posición de dominio del gobierno en la sombra.
Nada nuevo hay en esta forma de gestión de la población, hace décadas que se viene hablando de modos sugestivos de libre auto-explotación en la sociedad de consumo de nuestro tiempo. Tras el mantra de la libertad de elección caminamos fascinados como muchedumbres serviles, con una conciencia cautiva que se pretende soberana. Elegimos y, por tanto, somos libres. Ignorantes, a menudo voluntarios, de los determinantes de nuestra elección.
En la era de las Smart Things®[1] y el Big Data, podemos seguir creyendo en la libre satisfacción de nuestras preferencias, ignorando que han sido sutilmente diseñadas. Hoy se produce el deseo que se va a satisfacer. La bibliografía sobre este particular es abrumadora, aunque nos empeñemos en no atenderla.
El fenómeno saca a la luz las debilidades más evidentes de nuestra democracia. El vencido en las elecciones siempre dudará si el voto ha sido desplazado por los oscuros arquitectos de la elección. En esto acaba el viejo sujeto autónomo del programa racionalista e ilustrado, en un pequeño yo con ínfulas de soberanía que se mueve – como cagajón por acequia – al vaivén de corrientes subterráneas bajo el gobierno de la telemática. Vamos con orgullo ridículo a arrojar nuestro voto de libre elector, movidos por los mismos mecanismos que nos conducen a la compra del último adminículo de menesteroso.
Señalar esta situación puede traerme disgustos, porque el libre elector o el consumidor de nuestra sociedad lúdico-libidinal y de masas no reacciona bien cuando se le despierta de su sueño de libertad. Naturalmente esto que se percibe en otros, también se descubre a menudo en uno mismo. La reacción violenta contra el que nos saca del engaño es, pese a todo, un signo esperanzador porque delata en nuestra constitución una muy profunda inclinación por la verdad.
Sin embargo, llega el momento – mucho me temo – en que el libre elector elija libremente su ignorancia para disfrutar de las banalidades de un mercado pletórico, pero sobre todo para entregarse sin conflicto alguno a la posición histórica y política que se le señala. No hay nada como estar convencido de que uno está “en el lado correcto de la historia”, que es – no se extrañe nadie – el lado de los vencedores. Sólo sufriremos los marcados por la huella indeleble de la verdad, los que no hemos podido deshacernos de su gravedad.
El profeta de la verdad en sentido extramoral, el visionario Nietzsche también escribió que no importa la verdad, sino cuánta verdad podemos soportar. En una situación en que parece posible quedarse solo defendiendo la verdad – frente a la muchedumbre de sujetos autónomos, cuyas evidencias han sido minuciosamente diseñadas por la nueva arquitectura inteligente de la elección – hay que empezar a reclamar algo más que la verdad: la locura del que la afirma contra el señor del mundo y está dispuesto fanáticamente a dar testimonio.
[1] Smart Things es marca registrada de Samsung que desea volver inteligentes todas las cosas.