Opinión

Entre el dolor y la nada elegí el dolor

TRIBUNA

Javier Vayá Albert | Jueves 08 de septiembre de 2022

La voz defectuosamente perfecta de Nacho Vegas se desgarra por mi auricular aullando los que probablemente sean los mejores versos de una canción en español en los últimos veinte años. “...y te vi llorar/ un río a cada lado/ de tu rostro sin desmaquillar/ como la propia Katy Jurado/ con las nubes negras detrás/ como el negro escuchando a Van Zandt cantar “Waitin’ around to die...” La pena y la nada, del asturiano, es con demoledora evidencia, un tema magistral y precioso, pero no es solo eso. Se trata de una canción infinita que desencadena y concatena mundos y establece diálogos con otras obras maestras del cine, la literatura y la música. Una canción que siempre acaba regresando. O, mejor dicho, una canción que siempre está ahí. Incrustada como una bala invisible en un lugar indeterminado de nuestra desgastada alma.

Katy Jurado (la señora Baker) se deshace en inconsolables lágrimas al ver cómo su marido, el Sheriff Baker, ha recibido un disparo mortal. Ambos caen de rodillas a orillas de un río mientras comienzan a sonar los acordes de Knockin’ on heaven’s door de Bob Dylan. Nos encontramos dentro de una de las escenas más hermosas y tristes del cine y dentro de ese poema visual de lirismo salvaje y sucio llamado Pat Garrett y Billy The Kid. El director Sam Peckinpah firma su obra cumbre dirigiendo a unos espléndidos James Coburn y Kris Kristofferson (Garrett y Billy respectivamente) que encarnan a dos personajes crepusculares con diferentes elecciones de vida. Su tiempo ya ha terminado, su época ya pasó y ambos se enfrentan a ello desde posturas antagónicas. Pat Garrett decide hacer lo que se considera correcto; sobrevivir a costa de traicionar lo que ama. Por su parte Billy opta por seguir viviendo con la libertad del forajido aun sabiendo que le acarreará la muerte. En el magnífico final de la película Garrett acaba con su amigo Billy, pero sabe que a quien ha asesinado en realidad es a lo que quedaba de él mismo.

Estamos a finales de los sesenta o principios de los setenta, en una caravana en algún lugar de Clarksville. En lo que en aquellos tiempos fue una comunidad de los llamados outlaws, nómadas y vagabundos que no encontraban su lugar en la tierra de las grandes oportunidades. Townes Van Zandt rasguea su guitarra y comienza a cantar Waitin’ around to die. La canción habla de una vida de golpes y desengaños, también de errores y malas decisiones y de esperar a la muerte. Sentados junto al genial bardo se encuentran su novia y un hombre mayor de color. Este último rompe a llorar al escuchar la letra de la canción. Se trata de Uncle Seymour Washington, un antiguo herrero que se ha recorrido todas las sucias carreteras del país. Ahora es el padre de todos los que habitan esa comunidad extraña formada por hippies, rednecks y afroamericanos. Pronto las máquinas del progreso acabarán con ese lugar y con una forma de vivir. Pronto los años consumiendo cualquier tipo de droga terminarán con la vida de Van Zandt y su descomunal talento quedará casi olvidado.

“...Y entre el dolor y la nada elegí el dolor/ entre el dolor y la nada elegí el dolor...” Continúa la voz escarpada de Nacho vegas y es entonces nada menos que William Faulkner quien acude convocado por el hechizo. La frase pertenece a su novela Palmeras salvajes, a un fragmento de su portentoso final:

“No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó, Entre la pena y la nada elijo la pena”.

Inmediatamente detrás del Nobel estadounidense aparece Jean-Luc Godard con su mítico film Al final de la escapada y la escena en la que Jean Seberg y Jean Paul Belmondo (Patricia y Michel) están en la cama. Ella lee el libro de Faulkner y asegura elegir la nada, luego le pregunta a él qué elegiría. La respuesta de Belmondo es brillantemente nihilista: “La pena es una idiotez. Elijo la nada. No es mejor, pero la pena es un compromiso”. Michel efectivamente elegirá la nada en forma de bala al final de la película. Antes sentenciará que está cansado y quiere morir.

Supongo que la disyuntiva entre la pena y la nada es el motor que nos mueve hacia diferentes caminos y vidas. En la película Olvídate de mí, de Michel Gondry sus protagonistas tras una ruptura amorosa deciden borrar todo recuerdo del ser amado. Entre el dolor y la nada eligen la nada. Sin embargo ni así desaparece su amor. Pat Garrett elige la nada sin darse cuenta de que con ello elige el dolor. Townes Van Zandt elige el dolor de sus canciones de desesperanza, pero necesita la nada que le proporciona la droga para continuar. Katy Jurado no dudaría en ese momento en cambiar su dolor por la nada, aunque más tarde se arrepintiera. Los poetas como Bob Dylan o Nacho Vegas eligen el dolor para componer canciones así de inmensas. Supongo que existir es precisamente andar eligiendo entre la pena y la nada. Y errar la elección y empezar de nuevo. Supongo que es mejor que esperar a que llegue la muerte.