"Me siento genial, estoy preparado. No es momento para estar cansado. Me he recuperado rápido y me siento preparado. Son las semifinales de un Grand Slam", declaró un sonriente Carlos Alcaraz a la televisión de la ATP, momentos antes de salir a la pista central de Flushing Meadows este sábado y jugar el partido más importante de su carrera. Se mostró relajado, por extraño que pueda parecer. A sus 19 años y con 44 victorias acumuladas en este 2022 (por sólo nueve derrotas), el diamante del tenis español viaja al galope de una confianza que también padecería Frances Tiafoe.
El estadounidense se descubrió en la penúltima ronda del US Open tras haber tocado techo en su discreta senda profesional. A sus 24 años, sólo había ganado un torneo ATP 250 (Delray Beach) hasta que desfondó a Rafael Nadal, hace cinco días, en los octavos de final del 'major' norteamericano. Y a partir de ahí, pisaría terreno inexplorado para convertirse en el primer estadounidense en alcanzar las semis en Nueva York desde 2006 (Andy Roddick), hecho que le revistió como el favorito del público. Sin embargo, la tribuna neoyorquina aplaudiría también el alegre estilo de juego del murciano, que jugará la final ante Casper Ruud el próximo domingo. En busca del número 1 del tenis. Casi nada.
Ganó Alcaraz (6-7, 6-3, 6-1, 6-7 y 6-3) a pesar de haber competido dos horas y media más que su rival en lo que iba de campeonato. Venía de firmar una obra maestra ante Jannick Sinner, en un duelo que duró más de cinco horas y que le conllevó no poder acostarse hasta las seis de la madrugada. Y en octavos de final Marin Cilic le entretuvo otros cinco sets, así que el cansancio sobrevolaba como un factor central en el desarrollo de un encuentro que le volvería a exigir concentración y derroche físico, porque el jugador nacido en Maryland, como él, corre y llega a todas las bolas.
Se alzó el telón con tensión y defensas a ultranza del turno de saque. Potencia contra potencia, de golpeo y de resistencia anatómica. Con 3-3 le asomaron dudas a Tiafoe, pero el español no materializó dos bolas de rotura y dio permiso de reacción a su oponente con algo de precipitación juvenil ante el segundo saque ajeno. Eso sí, se dedicó a borrar líneas con tanta frecuencia que el asombro de la hinchada se mezclaba con la sonrisa de un Francis resignado. Con todo, con ambos luciendo personalidad, 'Carlitos' levantó cuatro pelotas de set y selló un punto de exclamación brillante -dejada, contradejada, volea larga y un passing impensable-, más el tie-break cayó del lado del tenista local (6-7).
Una hora y cuatro minutos se estiró una manga inicial en la que se constató la intención de presionar con todo de los dos jugadores, la creciente agresividad del murciano con su servicio y su favoritismo cuando los peloteos se alargaban -ruta ésta, prolongar los puntos, fundamental para vencer-. Y se corroboró, además, que ninguno de estos guerreros sin complejos cerraría el grifo de la creatividad. Para deleite del aficionado. Evidenciando lo mejor de sus paletas para salir de encerronas, rasgo de grandeza, como en las dos bolas de rotura en contra que anuló Alcaraz -una de ellas decisiva, con 1-1- y las que abortó Francis -a base de 'aces'-.
Discurrió el segundo set hilvanado por ejercicios defensivos pegajosos y, cosas del este deporte, cuando el estadounidense mejoró su ratio de primeros saques (40% en el primer parcial, 70% en la segunda manga), estrenó el español su relación de breaks (en el 3-2). Para dispararse, de manera trabajosa y brillante, hacia un 5-2 que encarriló el empate de la semifinal (6-3, 45 minutos) y le colocó en la rampa de despegue hacia la pelea por la gloria que guarda el estadio Arthur Ashe. No sin sudor.
Con aplomo, a pesar del estruendo ambiental, minó poco a poco a la dureza psicológica del 26º mejor tenista del mundo y comenzó el tercer set con un break en blanco. Ajustó su resto ante el segundo saque contrincante y sembró dejadas, globos, passings cruzados afilados y subidas inteligentes a la red. Es decir, desempolvó su repertorio y sin bajar el ritmo abrasivo. Prestó atención a la corrección de los detalles y desde ese instante la inercia pasó a ser jurisdicción de su jerarquía en pista. Los fallos se apilaban al otro lado de la red -también con el otrora consistente servicio- y aceleró aún más. Con otra rotura -para el 3-0- y dos juegos en blanco más se catapultó hasta completar la remontada (6-1, 33 minutos).
Si 'Carlitos' se siente intocable, en plenitud de lucidez, precisión y piernas, suele dejar tras de sí un reguero de frustración y desquiciamiento. Vacía de contenido a la estrategia rival sin piedad, aplacando cualquier incertidumbre con diversión. Esta corriente contaminó también a Tiafoe -se desplomó al sumar sólo dos de 11 juegos en el tramo clave del enfrentamiento-. El sueño del tenista de Maryland se nubló a manos de la receta perfecta del murciano.
Pero se negó Francis a hincar la rodilla. Sin nada que perder, infló su exuberancia y dibujó un renacimiento del todo admirable. Intercambió breaks -dos por cabeza-, levantó una pelota de partido, forzó el tie-break e igualó el global de nuevo (6-7, una hora y 13 minutos). En cambio, su respingo se topó con la templanza y disciplina de 'Carlitos' -examinadas con dureza-, un 'veterano' que está jugando su segundo Abierto de Estados Unidos. Se vio en la final y le tocó remar más; se adaptó, sobrevivió al volantazo y ganó la quinta manga (6-3, 44 minutos) con puntos excelentes. Ni cansancio ni nerviosismo que valgan: ha llegado su momento.