Opinión

La real irrealidad (God save the queen)

TRIBUNA

Javier Vayá Albert | Miércoles 14 de septiembre de 2022

Una sarcástica casualidad quiso que el mismo día que fallecía la reina Isabel II se estrenara en una plataforma digital la serie Pistols. Se trata de un magnífico biopic sobre la banda de punk inglesa Sex Pistols cuya primera imagen es precisamente la de la reina de Inglaterra. Mediante una magistral sucesión de planos de la realeza y aristocracia entremezclados con gente de la clase obrera británica, su director Danny Boyle establece el que quizá sea el mejor y más certero resumen del reinado de esta señora. Lo (i)real y lo real. Más todavía al compararla con tanta hagiografía babosa, lacaya y absurda a la que nos están sometiendo los medios españoles nada más conocer la lúgubre noticia. Vemos en los programas de televisión esbirros de las élites a los tertulianos expertos en pandemias, volcanes, guerras, gas y cubitos de hielo exagerar el gesto, la pompa y el duelo con ahínco. Los escuchamos pugnar por contar la anécdota más estúpida sobre Elizabeth y elevarla a los altares. Asistimos a su apología del protocolo más rancio y obsoleto. No vaya a ser que no los llamen para comentar la próxima hecatombe mundial que ocurrirá dentro de unos quince o veinte días. Cuando se agote el tema de la realeza en Reino Unido.

Lo mismo poco más o menos en prensa escrita o radio. El relato de la mansedumbre, la mitificación y la ocultación completamente deliberada de la real realidad. La reina Isabel era el máximo símbolo del colonialismo británico que tanto sufrimiento y daño ha causado en el mundo. La discreción y silencio que ahora tanto se empeñan en alabar no era sino indiferencia y desprecio hacia cualquier cosa que ocurriera fuera de su mundo de ensueño pagado por los ciudadanos. Incluidos el hambre, el paro y la miseria de su propio pueblo. La real irrealidad de cualquier miembro de cualquier familia real. “No escribes God save The Queen porque odies a los ingleses, la escribes porque los quieres y estás harto de que los maltraten.” afirmaba Johnny Rotten vocalista de los Sex Pistols sobre su polémico (anti)himno. La canción reflejaba el sentimiento de repudia de aquellos jóvenes airados sin futuro hacia la monarca que ahora algunos intentan glorificar. La respuesta fue la censura por parte de la casa real, el escándalo timorato e hipócrita de los millones de ingleses monárquicos y el veto oficial. Sin embargo, en los márgenes, donde habita lo real, el tema se convirtió en éxito. Un himno apócrifo que otorgaba por fin voz a los parias y desheredados del sistema.

En este delirio hiperbólico en el que está inmersa la gran maquinaria mediática del poder he escuchado disparates tales como que la reina Isabel era feminista, no vaya a ser que como decía Sabina las niñas ya no quieran ser princesas, o también que su majestad hizo mucho por los derechos LGTBI. Esto último resulta especialmente insultante si recordamos como se trató a Alan Turing bajo su mandato y “discreción”. El relato de nuevo no es casual. Las monarquías, como dije hace poco de las religiones, en su privilegio medieval perpetuado hasta hoy son aparatos de poder creados para el sometimiento y la opresión del pueblo que los llora y vitorea. Los engranajes del sistema capitalista no cesan y hace tiempo entendieron que su mayor arma es fagocitar cualquier movimiento o idea que suponga una amenaza. Hoy en día no es necesario censurar o vetar a los Sex Pistols. Camisetas con la icónica imagen de la reina de Inglaterra amordazada con el logo de la banda tejidas por niños esclavos en cualquier país del tercer mundo llenan los bolsillos de quienes los odiaban. Plataformas de entretenimiento de pago asquerosamente más que multimillonarias estrenan series contando sus andanzas. Al fin y al cabo los Pistols fueron creados y utilizados como un producto por Malcom Mclaren.

El afán desde los instrumentos del poder español por beatificar la figura de Isabel II tiene la intención de justificar y ensalzar la monarquía española. Si vendemos a los monarcas como seres superiores, elegidos por gracia divina, nadie se planteará porqué demonios los mantenemos ahí con nuestro dinero. Los mismos que se llenaban la boca gritando Gibraltar español decretan ahora más luto en Madrid que en el mismísimo Londres. El esperpento y el histrionismo de otra Isabel que no quería que le robara el protagonismo ni la muerte de la mismísima reina de Inglaterra. Todo este afectado y grotesco espectáculo de vasallaje para perpetuar los mecanismos de poder. Ellos y nosotros. Lo real y lo irreal. Pero mejor todavía si se convence al oprimido de amar a su opresor. No importa lo que este último haga. El Rey emérito vitoreado en Sanxenxo por gente que no llega a fin de mes es la imagen perfecta del triunfo del relato de la alienación.