Opinión

A Goya no le gustaba Velázquez

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Jueves 15 de septiembre de 2022

Hace un tiempo decidí dedicar mis últimos años de pintor a interpretar, libremente, algunos cuadros de los grandes maestros. Lo he hecho ya con varios y ahora me he propuesto hacerlo, nada menos, con LAS MENINAS.

Al estudiar ese chocante cuadro vuelvo a preguntarme sobre las intenciones de Velázquez y los extraños mensajes que intenta transmitirnos con él. Mensajes que a Goya le parecían excesos y extravagancias que decidió poner en evidencia. Le molestaba aquel rebelde andaluz que había malgastado su talento pintando a mendigos, tullidos, bufones, etc… a los que utilizaba como protagonistas o como modelos de sus cuadros.

Y sobre todo le perturbaba aquel cuadro, “Las Meninas”, en el que el pintor, además de apropiarse de un provocador primer plano, parecía burlarse del observador al proponerle como protagonistas a lacayos, bufones y animales domésticos que… pasaban por allí. Y sobre todo, le incomodaba la inconcebible broma, aceptada, torpemente, por los monarcas, de dejarse relegar al último lugar, situándolos, como pálida imagen, en un ocasional espejo.

Goya, en un lienzo, de parecidas dimensiones, mantiene la farsa de pintar en un mismo plano al pintor y al objeto de su pintura, pero llena la escena pintando a la familia real, de Carlos IV, “como Dios manda”, hasta el último bebé. Y se integra en él, como fantasmagórico pintor, en su afán de estar y no estar, para que no quepa duda de su intención de dar la réplica al sevillano. Y es que a Don Francisco, como buen aragonés, el cuadro del bigotudo pintor debía parecerle una broma. Y quizá lo era.

Al inspirarse en el cuadro, Las Meninas, para menospreciarlo, prescindió, como yo voy a hacerlo, de su mitad superior, que… está vacía. Y es que el primer objetivo de Velázquez, quizá el más importante, por lo menos para él, fue resolver el desafiante problema de pintar un recinto, una penumbra, un “ambiente”, acometido por varias tenues luces y el fogonazo del fondo. ¡Y vaya si lo logró!.

Pero al repolludo pintor de majos, chisperos y manolas, pletórico con el ansiado nombramiento de pintor de Corte, no le interesaba ese problema, le parecía, aquello, mezclar “churras con merinas” y fue, directamente a su propósito, enseñar a aquel insolente andaluz como se pinta a una familia real.

Todo, en aquel cuadro y en los hábitos pictóricos de Velázquez, aquel pretencioso pintor, le parecía excéntrico y rechazable y su cuadro/réplica quiere ponerlo en evidencia. ¿Cómo se atrevía a pintar pobres, tullidos, bufones y niños, con el mismo interés con que se pintaban personajes de la nobleza?. Cuanto más que esto ya era costumbre habitual del sevillano. Desde sus comienzos había pintado escenas de gente humilde, a los que utilizaba como modelos de cuadros religiosos cristianos o paganos y había colocado, de forma secundaria, escenas del Evangelio dentro de otras hogareñas.

Hasta la presencia de Velazquez, en Las Meninas, le parecía excesivamente protagónica y provocadora. Y fuera de lugar su actitud de diálogo con las personas que pinta, que no aparecen, o quizá, con nosotros, los que miramos el cuadro, que estamos, así integrados, también, en él. ¿El chocante diálogo pintor

observador?.

Pero, amigos, el insolente andaluz recibió la cruz de Santiago, que luce en el cuadro y que su agradecido monarca le consiguió, con alguna trampilla. En

cambio, el reverente aragonés tuvo que exiliarse ante el temor a la persecución del suyo.

Claro que ya no era el mismo Goya que acometía contra Velázquez por su rebeldía. También él bajó de la nube cortesana, como lo hacía, a menudo, Velázquez. Y lo que vio y pintó le espantó de tal manera que lo escondió en las paredes de su casa o lo relegó a “obra menor” (los grabados). Curado de los fastos cortesanos se dedicaría, también él, a pintar, como nadie, la otra cara de la sociedad: la pobreza, la superstición, la crueldad, la ignorancia, la brutalidad, la estupidez…