Pero ¿cómo se presenta hoy el mal? Así me interrumpía en la mañana de hoy un alumno de 4º de la ESO hablando de la violencia telediaria y del empacho informativo con el que programas televisados y redes sociales nos embadurnan cada día. Se quejaba del modo tan abusivo como se presentan a nuestras vidas requerimientos y paquetes informativos que, diariamente, tenemos que digerir para seguir tirando y consumiendo información. Como en el encierro voluntario de La Grande Bouffe, pero sin nada que saborear ni manosear. La tesis no es nueva y ya en los noventa circulaban títulos –pienso en Tecnópolis, y en Telépolis- que advertían del peligro que encierran en sí los torrentes descontrolados de información que en plena globalización circulaban hasta nuestros salones y dormitorios. El peligro no es la información, sino su desbordamiento; no son los medios, sino el imperialismo de la lógica instrumental ciega a los fines. ¿Qué hacer cuando el mal ya no puede hacerse más presente? ¿Acaso quedarnos de brazos cruzados y esperar que nos aniquile? ¿Tratar de eludirlo viviendo precariamente? ¿No resistirnos a la idea de hacerle frente para continuar existiendo?
Cuando un jovencísimo Luciano Concheiro -Contra el tiempo- advertía hace unos años de la aceleración como el mal de nuestro tiempo, nos decía que es lo excesivo –por exceso de velocidad- lo que puede desmantelar la economía, la política, las relaciones sociales, nuestros cuerpos y psique. Este exceso –ahora también de rendimiento, de producción, de información y desinformación, turbación, tensión, preocupación y desolación- es lo que violenta cualquier forma de distancia necesaria para adoptar cualquier medida de confrontación. Este exceso es lo que explica el fracaso de los métodos tradicionales de combate basados en la identificación y el desenmascaramiento. ¿Qué tipo de búsqueda puede practicarse cuando no hay distancias que separan lo conocido del conocedor? ¿Qué brazo puede atrapar lo que no admite asidero ni captura? Allí donde se manifiesta y cualquiera sea el modo de hacerlo, lo excesivo arrasa con todo. Su naturaleza virulenta no deja nada tras de sí, y el individuo mismo es anulado en su singularidad.
En la actualidad el exceso, ya sea de esfuerzo, de velocidad, de consumo, de sufrimiento o información, ya no atenta contra ningún orden, sino contra la existencia misma. Ahora el exceso, en cualquiera de sus formas, aparece como desbordamiento. Lo que desborda es lo que sobrepasa, lo que desconcierta y violenta. No atenta contra el orden porque no lo admite. Ante el exceso como desbordamiento no hay lugar para el descubrimiento ni el encauzamiento. No puede encauzarse aquello que, por sí mismo, rebasa o violenta. De hecho, hoy día el sujeto se halla fuera de la posición desde la que poder entablar relaciones de poder respecto al objeto. Si lo excesivo desborda y violenta, ¿cómo podría reconducirse hacia algún tipo de orden? ¿Acaso puede encauzarse el río que se desborda o la acción en pleno desenfreno? Lo excesivo supone descontrol, desbordamiento, dispersión. Y lo disperso, lo que se desparrama y avanza descontroladamente hacia todas las direcciones, no admite la posibilidad de identificación ni de encauzamiento. ¿De qué pueden servirnos las medidas tradicionales de conocimiento o aquellas moralejas que, de la mano de los hermanos Grimm, nos llevaban a desconfiar de las apariencias? ¿Y cómo podrían auxiliarnos aquellos pensamientos que buscaban proveer a la vida de rumbo y equilibrio? Paradójicamente, no es de medida, equilibrio o razonabilidad lo que ahora necesita el mundo. Un mundo en dispersión no puede hallar medida ni razón. Más bien, somos nosotros quienes necesitamos de nuevas medidas.