Durante diez días, el sentimiento popular por la Reina Isabel II y su Monarquía se ha desbordado serenamente ante el asombro del mundo entero. Entre los mil aspectos que se pueden subrayar del acontecimiento, quiero señalar como botón de muestra algo que refleja certeramente lo ocurrido: David Beckham aguardó durante nueve horas en la cola para rendir tributo en la capilla ardiente a Isabel II en su féretro, sobre el que descansaba la corona imperial.
David Beckham ha sido durante 20 años uno de los grandes futbolistas del mundo. Internacional por su país, capitán de su selección nacional, admirado por su juego sobrio y eficaz, Beckham fue jugador destacadísimo en el Real Madrid de las grandes estrellas, en el Manchester United y en el Paris Saint Germain. El público madridista, especialmente entendido, le dedicó semana tras semana aplausos encendidos. Aparte de su estrellato deportivo, David Beckham, por distintas razones, mantuvo y mantiene permanente celebridad social.
Y bien. En las colas que durante cuatro días y medio formaron centenares de miles de personas, y otras tantas que habrían acudido si se hubieran prolongado los tiempos, estaba David Beckham, que aguardó nueve horas para entrar en el palacio de Westminster y expresar su dolor por la muerte de la que a lo largo de toda su vida había sido su Reina.
A la sencillez de David Beckham al ser uno más en las colas interminables, se une al buen sentido de los que han organizado los actos fúnebres al considerar igual a todo el mundo y dar protocolo especial a la Familia Real y a los mandatarios extranjeros. La admiración que en el mundo han despertado los funerales por Isabel II resulta incontestable. La Corona británica ha salido robustecida del acontecimiento y también las otras monarquías democráticas entre las que se encuentra la española que, sin traumas ni violencias, trasvasó a nuestra nación desde la dictadura a la democracia pluralista plena, y devolvió a España la libertad secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil.