Opinión

Escribir con imágenes, imaginar con palabras

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Lunes 19 de septiembre de 2022

Con el fallecimiento el pasado 13 de septiembre de Jean-Luc Godard (1930-2022), no sólo se clausuraba el último vestigio de la “Nueva ola” de enfants terribles franceses, sino que se apagaba una de las últimas voces críticas del séptimo arte. El cineasta parisino dedicaría su vida como creador a cuestionar el lenguaje desde todos sus prismas, suscitando la reflexión en el espectador. Sin duda su cine no estaba hecho de películas cómodas que fomentaran la pasividad del público, sino más bien al contrario: lo despojó de sus mecanismos tradicionales para mostrar su naturaleza artificiosa, al igual que haría Bertolt Brecht con el teatro, o Kazimir Malévich con la pintura. El simulacro pictórico desaparecía para dejar ver el lienzo que se escondía tras ello.

Así, las imágenes en movimiento quedaban diseccionadas bajo el discurso godardiano, en el cual el peso de la palabra era fundamental para sustentar su filosofía. ¿Y qué es el cine sino uno más de los lenguajes del ser humano? Puesto que necesitamos comprender lo que nos rodea y expresar nuestros razonamientos ante los demás para comprobar la validez de los mismos, el arte se convierte en una de las expresiones humanas más efectivas. El cine, en concreto, por su carácter masivo, llega a un mayor número de individuos y resulta un medio bien útil para la divulgación del lenguaje. Así, el cineasta escribe con imágenes, transmite su pensamiento y personalidad a través del celuloide. Y lo hace incluso cuando aquello sobre lo que reflexiona (y que afecta al ser humano como individuo o como miembro de la sociedad) puede ser doloroso o difícil de asimilar. El cine sincero y divergente, enemigo del pensamiento homogéneo o único, corre el riesgo de estar destinado a las minorías. Así me lo hizo saber el cineasta Juan Pinzás hace una semana, parafraseando precisamente a Godard (como en una suerte de presagio), al afirmar que si un cineasta consigue llenar una sala “o es un dictador o algo está haciendo mal”.

No obstante, el autor de Adieu au language no fue el inventor de esa idea de cine reflexivo, sino más bien su consecuencia. Ya en 1948, Alexander Astruc concebía el invento de los Lumière como híbrido entre “cámara” y “pluma estilográfica”; con su concepto de Caméra stylo, predijo que el séptimo arte se apartaría poco a poco “de la tiranía de lo visual, de la imagen por la imagen, de la anécdota inmediata, de lo concreto, para convertirse en un medio de escritura tan flexible y tan sutil como el del lenguaje escrito”. Es lo que posteriormente se conocería como “cine-ensayo”, donde no cabía acción dramática ni representación del mundo histórico, sino reflexión sobre el medio. Algo que desarrollarían otros franceses como la pareja de realizadores Alain Resnais o Chris Marker con títulos como Les statues meurent aussi (“Las estatuas también mueren”, 1953) o Nuit et Brouillard (“Noche y niebla”, 1956), y que aquí en España han importado con resultados extraordinarios autores como Guillermo G. Peydró con obras como El jardín imaginario (2011).

Un formato (el fílmico) tan extenso que permite que los discursos visual y escrito no sólo dialoguen entre sí sino que discutan, siendo las palabras puestas en tela de juicio por las imágenes y viceversa. Mediante este mecanismo, se pone a prueba la mayoría de edad del espectador, que debe construir su propio relato, haciendo una media de lo que observa y escucha, dudando de las certezas alcanzadas y moviéndose en la incertidumbre, opciones verdaderamente difíciles. Algo que ya había puesto a prueba el pintor surrealista René Magritte en un cuadro titulado precisamente La trahison des images (“La traición de las imágenes”, 1928-1929), escribiendo Ceci n'est pas une pipe (“esto no es una pipa”) bajo la imagen pintada del objeto para fumar popularizado por Sherlock Holmes.

A su vez, la escritura permite la imaginación visual, la creación de imágenes en la mente del lector. Su capacidad sugestiva no conoce límites, tanto es así que el público lector puede hacer una verdadera demostración de maestría creativa imaginando a su antojo lo que lee, creando su propia película (del mismo modo que hará cuando sueñe, donde también se convertirá en un auténtico creador de mundos). En el pensamiento hecho lenguaje está el origen de la comunicación humana y de sus formas de divulgación. Si la escritura ha fomentado la fantasía visual, el cine ha devuelto las imágenes a su origen literario, al pensamiento humano. Y esto debe seguir fomentándose para generar una sociedad inconformista, capaz de analizar y cuestionar lo que ve ante sus ojos. El paisaje actual, cada vez más complejo, así lo precisa. La razón y el juicio como herramientas de supervivencia ante los más que posibles naufragios que se avecinan.