Opinión

El cuento de la ministra

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 21 de septiembre de 2022

Érase una vez una ministra de Justicia que presumía de viajar en el metro de Madrid. Quizás lo haga o quizás no, pero su particular versión de lo que acontece al desplazarse en este capitalino medio de transporte dista mucho de la realidad.

Reconozco que el metro de Madrid representa el glamour de la corriente más variopinta. En él se mezclan lo retro con lo vanguardista; lo real con las fantasías; las quietudes con las vacilaciones; las nostalgias con los olvidos. En fin, lo que casi todos conocíamos hasta que doña Pilar Llop, actual ministra de Justicia, ha confesado que en el metro de Madrid los usuarios no hablan de otra cosa que de ese preocupante asunto de la renovación del Consejo General del Poder Judicial (en adelante CGPJ). Es decir, que según ella el metro se ha convertido en el nuevo Café Gijón de la intelectualidad soterrada.

La señora ministra, tan entregada a la causa de Pedro Sánchez, no podía ser menos que sus congéneres de gobierno para hacer uso de la sandez cuya marca registrada procede de la factoría Monclovita y Asociados, S.L. Uno viaja en metro desde la tierna infancia y observa para mejorar y crecer como persona y claro, ve transitar a la gente presurosa, muda y a cientos por cientos tomando el andén en posición de asalto con el desgobierno de todos contra todos cuando el tren abre sus puertas. Dentro ya todo es puro amasijo. De reojo se miran, se huelen, se tocan, se ignoran. Cada cual observa su propia raíz cuadrada de nada. Cada cual respira lo que puede y agarra lo que quiere o no quiere. Cada cual es dueño del propio azar en medio de la envoltura humana. Una mujer joven, sola y nada borracha, nota que la miran sin piedad y se refugia en sus propios encantos. Otros dormitan sobre lo ajeno, y la mayoría contempla a través de las ventanillas el paisaje de un túnel lleno de ideas, mientras la nada que ver al otro lado del cristal es la oscura pared empapelada de relieves.

Nadie habla aunque todos respiran en un espacio de supuesta inmunidad de rebaño en donde el fontanero sueña con la cantidad de atrancos y escapes de agua. El dentista ve un vagón lleno de implantes y ortodoncias. El peluquero se imagina cortes de pelo a discreción y el cocinero un filón de menús económicos. El albañil cuenta la cantidad de chapuzas a domicilio. El carterista una mina sin fondo. El de la funeraria ve el futuro asegurado, el carnicero ve solomillos y el pescadero un caladero de lubinas y doradas. Cada cual multiplica para sí los cientos de pasajeros que allí se concitan para hacerse ricos entre una estación y la otra.

Y en todo este conglomerado, más parecido a un desplazamiento de corderos, se aproxima el momento de una nueva estación y el abrir de puertas. Todo el bloque sale empujado por un sólo viajero que pretende hacerlo usando una bravura inusual. Acto seguido el mismo conglomerado vuelve a entrar igual de compacto y homogéneo. El silencio solo queda interrumpido con el pitido de la señal de cierre de puertas al tiempo que un desesperado luchador de sumo trata de entrar a toda costa empujando la sólida masa de hormigón armado. El tren arranca invadiendo de nuevo el túnel de los sueños de cada cual.

El traqueteo adormece mientras chisporrotean las catenarias y las ruedas sueltan engrasados chirridos a la vez que en los vagones se apuran los sorbos del pensar. Nadie habla. Hay quien eleva un sobaco a la quinta potencia y un poco más allá resuena estornudos generosos en gérmenes asexuados. Alguien, tan osado como iluso, pregunta al resto si van a bajarse en la siguiente parada. Y de pronto la megafonía avisa: ¡¡Próxima estación, Atocha, atención, estación en curva, tengan cuidado al salir para no introducir el pie entre coche y andén!!

El que más o el que menos piensa en la parte inferior de su cuerpo, compuesta casi siempre por dos extremidades llamadas pies y que al levantarse esa mañana los llevaban puestos de manera correcta. No hay tiempo para reparar en ello. La puerta se abre, no se ve andén, ni curva, ni nada. Solo la sensación de flotar y salir en estado de total ingravidez. El desahogo es mayúsculo, el inventario de pertenencias, a beneficio de dudas.

Con disciplina férrea se toman las escaleras mecánicas. Por unos instantes vuelve el reagrupamiento, no tan apiñado, pero si lo suficiente como para sentir en la nuca el aliento de tus perseguidores. Por fin la calle. Te entregan uno de esos periódicos gratuitos cuyos titulares son idénticos a los días anteriores: “No llegaremos a final de mes”. “Yolanda Díaz nos quiere topar” –me niego porque a mí no me gusta que me topen-, “y que el precio de los 100 gramos de boquerones está a precio de la merluza de pincho”. Y estos titulares sobrecogen por aquello de sacar a pasear los verbos propios de Venezuela o Cuba, ya saben, nacionalizar, racionar, escasear, etc. etc.

Me temo que doña Pilar Llop se ha equivocado de metro y ha viajado en el de Bularros del Encinar. En el metro de Madrid se sufre, pero no se habla y mucho menos del mamoneo ideológico del CGPJ. En la sociedad española hay pecados capitales de mayor rango. Digo yo.

Colorín, colorado.