Opinión

Las hijas de Isabel II

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 25 de septiembre de 2022

Cuando se habla de liderazgo político, se suele enfatizar la importancia del ejemplo. Recuerdo que, por ejemplo, Javier Gomá Lanzón dedicó un libro a la “Ejemplaridad pública” (Taurus, 2009). En general, ha sido un tema recurrente en la vida pública española desde los años 90. Sin embargo, me parece que se hace menos hincapié en qué es aquello de lo que se debe dar ejemplo, es decir, en aquellas virtudes que han de ejemplificar los líderes. Quizás, si hablásemos más de estas cosas, habría menos confusión cuando se filtran vídeos como los de la primera ministra de Finlandia en una fiesta.

Me acordaba de todo esto leyendo el entretenidísimo libro que ha publicado Cristina Barreiro en La Esfera de los Libros y que lleva por título “Las hijas de Isabel II”. Profesora titular de Historia Contemporánea en la Universidad CEU-San Pablo (Madrid) y doctora en Periodismo, nuestra autora es subdirectora de “Aportes. Revista de Historia Contemporánea” y ha escrito numerosas monografías y artículos especializados sobre los siglos XIX y XX con especial interés por la historia de la prensa española. Con “Las hijas de Isabel II. Isabel, Pilar, Paz y Eulalia, cuatro infantas al servicio de España”, Cristina Barreiro ha entrado en el mundo de la alta divulgación, que cohonesta la amenidad con el rigor universitario. Dado que me honro en su amistad, no negaré mis simpatías hacia su obra. Sin embargo, confío en que el lector de esta obra comprobará que no exagero un ápice en mis palabras.

Este libro era necesario porque brinda, a través de la historia novelada, un retrato vivo y preciso de la vida pública e íntima de los poderosos. Muchos admiran (o envidian) el destino de reyes, príncipes e infantas. A algunos les gustaría vivir lo que se cree que es su vida. Las cruces ajenas, a fin de cuentas, siempre parecen más ligeras que las propias. Barreiro nos permite adentrarnos en las vidas de Isabel, apodada “la Chata”, Pilar -que vivió pocos años- Paz y Eulalia, llamadas a altos destinos públicos. Lo tuvieron todo salvo libertad. Cada momento de su vida estuvo marcado por ser hijas de Isabel II. Pertenecen al grupo de esas mujeres de enorme importancia en la historia a las que se arrincona porque no ganaron batallas ni presidieron gobiernos, pero supieron del dolor y el sacrificio. Conocieron la desgracia de ver a su madre destronada y apuraron la amargura del exilio. Celebraron el retorno de su hermano, el rey Alfonso XII y volvieron con él a España. Ellas estuvieron siempre allí donde temblaba la historia: la restauración de los borbones, la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, el reinado del Alfonso XII, la guerra de Cuba, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la II República, la guerra fratricida entre españoles… Parafraseando al emperador Francisco José, nada les fue ahorrado a estas mujeres.

Así, a través de la vida de cada una de ellas, podemos atisbar distintos aspectos del poder y la realeza en nuestro tiempo: la necesidad de ganarse a la opinión pública, el difícil equilibrio entre tratar de ser como los demás (sabiendo que, en realidad, eso es imposible cuando se carga con el peso de una institución), los matrimonios difíciles, los escándalos… Tal vez la vida de Isabel, castiza y popular, sea la más conocida, aunque la autora nos revela detalles de su vida como, por ejemplo, su vocación de servicio a España. Cuando Canalejas quiso enviarla en 1910 a la Argentina en un viaje oficial representando a España con ocasión del centenario de la independencia, ella aceptó, aun sabiendo que habría protestas republicanas, porque había que estar “a las duras y a las maduras”. La recibió en Buenos Aires un mar de banderas españolas y argentinas. “Estos emigrados jamás olvidan la patria”, comentó. Este periplo por un siglo de historia tiene paradas terribles. María de la Paz, casada con un príncipe bávaro, conoció la locura y el horror del nazismo y Cristina Barreiro recrea su experiencia: “¡Cuánto odio, Eulalia! ¡Cómo pudieron triunfar aquí, en Alemania!, ¡En la católica Baviera! Porque no pienses sólo en la marea antisemita. Era odio a la vida, a la creación del Señor. A todo lo que representa los valores eternos del espíritu.”. Eulalia salió directamente ingobernable: desató el escándalo por sus amoríos, apoyó a los rebeldes cubanos y no sería exagerado ver en ella una feminista hija de la modernidad y el liberalismo.

El libro está escrito con un estilo periodístico que atrapa al lector desde el primer párrafo, en que esperamos que suene el cañonazo que anuncia el nacimiento de un príncipe: “Todo Madrid esperaba oír el estampido del cañón que anunciase al pueblo que la reina tenía un hijo y España, un heredero al trono”. Cada capítulo comienza con una entradilla que sitúa al lector; por ejemplo, esta sugerente y colorida del capítulo 13: “¡Anuncio de revolución en las Antillas! Una Borbón llega a Canarias. Un vestido con aires levantiscos en las colonias. Con el duque de Tamames. En crucero de la Compañías Transatlántica. ¡Aquellas lindas habaneras! Una ciudad hecha al derroche. ¿Es esto Nueva York? De Washington a Chicago. En la Exposición Colombina. Las cataratas del Niágara. ¡Los Vanderbilt! Una corte de mujeres para un niño rey. El Veloz Club y el frontón Fiesta Alegre. ¡Concierto de Sarasate en Nymphenburg! El 24 de febrero de 1894: el grito de Baire. En Cuba arde la revolución”.

Estas páginas, enriquecidas con un álbum fotográfico, rebosan de la mejor tradición de periodismo, historia y novela desde Galdós hasta Chaves Nogales. Cristina Barreiro ha escrito un libro que podría enriquecer por igual una clase de liderazgo político y una de historia de España. La obra permite niveles de lectura que van desde las muchísimas anécdotas que la salpican hasta las líneas de fuerza más profundas de los siglos XIX y XX: los movimientos revolucionarios, la crisis de la Restauración, el terrible camino que condujo a la Guerra Civil… No siempre tiene uno la oportunidad de asomarse a los palacios para contemplar cómo se desarrolla la historia. Gracias a Cristina Barreiro, esas puertas cerradas se nos abren en estas páginas.