Opinión

Caminante, que hay camino

TRIBUNA

David Porcel | Domingo 25 de septiembre de 2022

Al hombre civilizado de hoy el mundo se le ofrece como un escaparate de cosas conseguibles. Que si un selfi que urge ser exhibido, un comentario que hará aumentar los cientos de likes, la mejor oferta vacacional, el éxito profesional a los cuarenta, una segunda vivienda en la Costa Dorada, el currículum más aventajado, tranquilidad en el trabajo, dos o tres amigos con los que quedar el fin de semana, la cena familiar de cumpleaños de cada año, y un sin fin de metas que, enseguida aparecen, se presentan como objetos conseguibles. También la industria de la educación colabora a este empeño de ver todo bajo el prisma de la obtención, con sus pancartas otoñales de buenos propósitos y estadísticas de resultados. Mientras, desde dentro, educadores y enseñantes continúan narrando la historia según la regla de la meta y la conquista: que si la odisea triunfal de Ulises, la ascensión platónica hasta la luz, la progresión de las Reglas para la dirección del espíritu con las que Descartes guió la modernidad, la historia de cómo la gran explosión alcanza formas evolutivas superiores, o la conquista de infinitos paraísos artificiales hoy llevados a la gran pantalla. ¿No resultan estos relatos de la mirada puesta en el triunfo y la meta? ¿No son las promesas transhumanistas de perfección y eternidad otras formas de estar en la carrera? ¿No es la luz que no advertimos una señal de que nos hallamos más extraviados que nunca?

Por influencia de este empeño por la meta y la conquista seguimos leyendo mitos de nuestra cultura –el del prisionero que busca la luz, el ascenso a la ciudad celestial o la recreación de tantos paraísos políticos en la tierra- como la historia de una conquista. Centrémonos en el «mito de la caverna». De todos es conocido el relato que Platón cuenta en su alegoría sobre el prisionero que, desprovisto de las cadenas de la ignorancia y movido por el deseo, alcanza finalmente la luz en un acto de sublime revelación. La historia nos ha llegado como la historia de una superación, de un conseguimiento, cuyo final es la recompensa que proporciona la salida de la caverna. Es la historia de un solo hombre que, una vez ha alcanzado la cumbre, debe plantearse si regresar con los suyos y tratar de convencerles de su condición de prisioneros o, por el contrario, permanecer iluminado hasta el fin de los tiempos. Y es la historia de la manera como Occidente se ha visto a sí mismo: como corredor solitario en busca de una meta que recompensará el camino y dará sentido a una vida de esfuerzos. ¿Por qué si no el prisionero habría querido apartarse de los suyos y comenzar la marcha? ¿Por qué si no habría preferido la oscuridad de la ruta al calor de sus compañeros?

Lo que no advierte esta lectura predominante del mito es que quien se muestra incapaz de idear y proyectar, por carecer todavía de intelección, no puede perseguir. El prisionero, como aprendiz que se despega de los suyos, no puede todavía poner nombre a las cosas. ¿Qué podría entonces conseguir quien todavía no es capaz de ver cumbres ni metas? Y el asunto es que el mito que nos llega de esta reinterpretación deportiva, lineal, competitiva, oculta el hecho esencial de que el conocimiento y el aprendizaje son procesos movidos por el deseo compartido sin meta ni fin. La vida es deseo, y los deseos nos llevan al encuentro con lo desconocido, con aquello de lo que todavía no hay idea ni mapa. Como tan bellamente nos dice Gustavo Martín Garzo en el prólogo de los Cuentos completos de los hermanos Grimm –una deliciosa lectura en este mundo de prisas-, son precisamente los seres que han quedado marginados, inadaptados, excluidos de la civilización, quienes pueden acercarse a lo verdadero y tocarlo con sus propias manos. Son ellos quienes, en plena oscuridad y faltos de guías, pueden seguir los reflejos de las sombras y marchar hacia la luz.

La superación es solo una forma de marchar, y no precisamente la más aprovechable. Obstinados en la meta y el resultado, olvidamos que hay luz más allá de los destellos. Va llegando el momento de implorar una vuelta al silencio de la gruta, a la oscuridad más primitiva, y así poder marchar hacia la luz. Y es que nos hemos creído a pies juntillas el relato de que las cosas deben resultar para suceder, leyendo el mito de la caverna como la historia de una conquista de la que solo el prisionero que la obtiene es ganador. Esta predominancia hermenéutica que hace del ser humano homo economicus, llevándolo a ignorar su condición de homo quaerens, nos ha desplazado del camino y la aventura. Pero el mito no es historia del pasado sino historia de lo que está por venir. Y es que el aprendizaje no consiste en una lucha por la conquista, sino que, esencialmente, es aventura incesante, nocturna, ilimitada, hacia algo de lo que solo sabemos que necesitamos. Es emoción compartida por búsqueda de luz. Como envueltos en la niebla, aventureros que solo sabemos de la necesidad de salir y liberarnos, aún estamos a tiempo de regresar a la caverna y ensayar nuevas formas de caminar.