Sin Pelé, Garrincha y Vavá comandaron el segundo entorchado brasileño ante la revelación chilena y la rocosa selección checoslovaca. La magia carioca triunfó de nuevo.
Doce años después de Brasil 1950, la Copa del Mundo regresó a Sudamérica para que Chile albergara su séptima edición, en una elección que resultó polémica, ya que hubo quienes consideraban que el país andino no disponía de las infraestructuras necesarias.
Cincuenta y seis naciones, en un nuevo récord, participaron en la fase de clasificación, donde cayeron algunos clásicos como Francia y Suecia, dos de los protagonistas del Mundial de 1958, y donde se registraron partidos violentos como el URSS-Yugoslavia o el Chile-Italia. Además, Pelé cayó lesionado ante Checoslovaquia y dejó sólo en la responsabilidad a Garrincha y Zagallo.
La anfitriona, Chile, se convirtió en la revelación del evento al superar en los cuartos de final a la URSS (2-1), aunque fueron arrollados en las semifinales por Brasil, cuyo último obstáculo era Checoslovaquia, vencedora en las semifinales de Yugoslavia (3-1).
Pese al empate a cero de la primera fase, el sueño de los checos apenas duró 15 minutos, cuando Masopust marcó el 1-0. Fue un espejismo porque Amarildo, Zito y Vavá plasmaron el 3-1 definitivo que daba a Brasil su segunda copa y les situaba en el escalón más alto junto a Italia y Uruguay.
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192 Chile |
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