Opinión

El círculo de Jafar Panahi: una radiografía que aún sigue vigente

TRIBUNA

José Manuel Cruz | Miércoles 28 de septiembre de 2022

En estos días, nos están llegando las noticias de las protestas que están teniendo lugar en Irán (y su posterior y dura represión, que ha provocado ya al menos cuarenta y un muertos) como consecuencia de la muerte de una mujer, Mahsa Amini, tras haber sido detenida por la denominada “policía moral” por “llevar ropa inapropiada”. Amini falleció tras estar dos días en coma y las sospechas apuntan a que dicha situación se produjo a raíz de haber sido golpeada repetidamente por los agentes del cuerpo encargado del cumplimiento de los rígidos y estrictos códigos de vestimenta femenina impuestos por las autoridades. Los acontecimientos que, ocasionalmente, se producen en el país persa revelan tanto el carácter monolítico del régimen fundamentalista instaurado (a pesar de la llegada a veces a la presidencia de dirigentes calificados de “liberales”) como (algo que puede resultar menos evidente) la existencia de fuertes tensiones larvadas que tienen su origen en la existencia, sobre todo en los núcleos urbanos y en los segmentos más jóvenes de la población, de grupos sociales imbuidos de una mentalidad abierta y moderna. Pocas figuras como el director de cine Jafar Panahi pueden resumir en su biografía esa doble faz que presenta el país y que explica muchas de sus dinámicas y contradicciones.

Panahi está encarcelado desde julio de 2022 en virtud de un proceso judicial que iba arrastrando desde 2009. En ese año, el cineasta asistió al entierro de Neda Agha-Soltan, joven que había sido asesinada durante la llamada “Revolución Verde”, es decir, las protestas por el posible fraude electoral cometido en la reelección presidencial de Mahmud Ahmadineyad. La asistencia al mencionado sepelio le costó una primera detención y, ya en el año 2010, sufrió un nuevo arresto de casi tres meses del que solo pudo salir bajo fianza tras un sinfín de apoyos de profesionales del cine de todo el mundo y diez días de huelga de hambre por parte del director. Una sentencia de diciembre de 2010 lo condenaba finalmente a seis años de cárcel y a 20 de inhabilitación para poder dirigir películas, viajar al extranjero u ofrecer entrevistas. En este tiempo, Panahi ha estado eludiendo hábilmente la segunda parte de la decisión del tribunal apareciendo como actor en sus películas (algo que no tenía prohibido según el contenido literal del dictamen judicial) y dando a entender que él no era ni el autor de las historias (a lo que ayudaba que optara, preferentemente, por filmar situaciones reales que no contaban con guion previo) ni era quien tomaba las decisiones de colocación de la cámara. Así, nacieron Esto no es una película (2011), Taxi Teherán (2015), Tres caras (2018) y No Bears (2022). Sin embargo, el pasado mes de julio no pudo retrasar por más tiempo la entrada en prisión y, desde entonces, se encuentra recluido en la cárcel de Evin, situada al norte de Teherán.

Resulta evidente que la condena a Panahi tiene su origen en su mirada crítica a la realidad iraní y al prestigio alcanzado a nivel internacional, que lo ha convertido en una figura esencial del cine contemporáneo. Esa mirada crítica ha tenido como uno de sus ejes fundamentales la discriminación y sometimiento a los que la mujer se ve sometida por el régimen integrista establecido desde 1979. Así, por ejemplo, en El espejo (1997), asistíamos a cómo lo que era, en principio, una película de ficción se convertía, a mitad de metraje, en un documental cuando la niña protagonista, que interpretaba a una alumna que salía de la escuela y se encontraba con que su madre no la estaba esperando, se harta del rodaje y se marcha y el director decide seguirla en su trayecto de vuelta a casa. La película venía a funcionar como metáfora perfecta de la situación de falsificación existencial en la que vivían las mujeres en el país y era una invitación a su rebeldía para que escaparan de la opresión que se veían obligadas a soportar. Offside (2006) era un film que partía de una premisa más ligera y sencilla y relataba cómo unas jóvenes querían entrar, saltándose las normas que se lo impiden, en el Estadio Nacional de Teherán para ver el partido entre las selecciones de fútbol de Irán y Bahrein y que iba a decidir si los locales iban a ir o no al Mundial de Alemania. El jolgorio y bullicio finales por el triunfo iraní venían a ocultar la discriminación estructural que había vuelto a materializarse mientras se estaba disputando el encuentro.

Pero, sin duda, donde Panahi logra dibujar el retrato más preciso, hondo y estremecedor de la situación de las mujeres en su país es en El círculo (2000), que ganó el León de Oro a Mejor Película en el Festival de Venecia. El film nos cuenta las historias encadenadas de varias mujeres que ofrecen un retablo completo de la condición femenina en Irán. Los fotogramas ofrecen obsesivas imágenes de rejas, de espacios claustrofóbicos, de ambientes asfixiantes, de pequeñas ventanillas que se abren y se cierran en puertas siempre selladas y de una constante presencia de fuerzas policiales que crean una permanente atmósfera de miedo y temor en las protagonistas. Estas van deambulando por una ciudad que parece un continuo nido de emboscadas, un semillero de trampas en el que, en cualquier momento, pueden ser objeto de censura, apercibimiento o detención. Nunca se llega a relatar la historia completa de cada uno de los personajes, solo retazos, fragmentos, esbozos, siempre nos falta el principio y el final como signo de que estamos contemplando vidas que nunca van a poder alcanzar algo que podamos calificar de plenitud. En la secuencia final, vemos cómo la última mujer que hemos conocido entra en una celda. A través de un travelling circular, descubrimos que allí también están todas las mujeres que han aparecido con anterioridad en el film. El movimiento de la cámara finaliza en la puerta del calabozo, en la cual hay una abertura rectangular desde la que podemos observar a un agente policial manteniendo una conversación telefónica. Pero, finalmente, esa abertura también se cierra. El destino de las mujeres parece haber quedado definitivamente rubricado, sin que haya lugar para la esperanza o la expectativa de huida.

Veintidós años después de la realización de El círculo, lo verdaderamente trágico es que la realidad que retrata sigue plenamente vigente sin que sea necesario modificar una sola de sus escenas. Hoy, su director también está en una celda, tal como terminaban tristemente todas las protagonistas de su película.