Opinión

Perera en otoño

José Suárez-Inclán | Domingo 05 de octubre de 2008
¿Qué oscura espuma bulle por el cerebro colectivo para que un público que ha pagado por asistir a un espectáculo para disfrutar de emociones únicas —como es el caso de una corrida de toros— niegue con cicatería, en ominoso acuerdo silencioso, su reconocimiento a un hombre que se entrega con valor tenaz y sereno, hasta el extremo del aliento humano, a ese mismo público, en pugna de arte y arrojo, con seis toros? ¿Qué nos impulsa a negar un gesto mínimo de reconocimiento, unas palmas, una voz de aliento, la breve agitación de un pañuelo en el aire, a quien nos está entregando con generosidad cuanto es y tiene, a quien pone en la arena, sin trampa ni cartón, para nuestro consumo espiritual y sensorial, su propia vida? ¿Qué severa condición nos pone de acuerdo para no conmovernos?

Miguel Ángel Perera se encerraba en solitario con seis toros en la plaza de las Ventas de Madrid. Feria de Otoño de un día frío y ventoso, molesto y peligroso para el toreo. El joven matador extremeño, en excepcional temporada, ocupaba, por trofeos y festejos toreados, un puesto en el cenit del escalafón y remataba su periplo radiante con este gesto en la capital del toreo. En la isidrada —de azul marino y oro— había abierto la puerta grande, en faena memorable, llevando en sus manos las orejas de un gran toro de Núñez del Cuvillo. Más memorable aún si se tiene en cuenta que el día anterior se había consumado la apoteosis de José Tomás en esta plaza. Ahora volvía a plaza llena —“el cartel” de esta feria tardía— a rematar con un golpe espectacular. Al saludar tras el paseíllo, las palmas fueron rácanas y breves, casi molestas, cantaron lo que iba a suceder. El público —singularmente el de Madrid, que gusta de sentar cátedra y dictar sentencia— castiga (y se castiga) los actos de aprobación, como si en ello quedase al descubierto la imposibilidad heroica del común de los hombres. Del mismo modo varía la actitud y se entrega admirando la dignidad valerosa, la vergüenza torera. En esta contradicción se mueve un grupo que reproduce el sol y sombra de la condición humana. Ramón Ramos, catedrático de sociología de la Complutense y aficionado de excepción, habla de esta sombra en un artículo titulado El Público: “ante el fracaso del torero que otras tardes fue aclamado, el público afirma su soberanía y subraya firmemente que nadie es más que nadie, que el héroe no existe y que, como era de esperar, todos intentamos eludir la muerte aunque se pierda en el camino la dignidad. Por eso, el amor secreto de la plaza, el verdadero deseo del público es el fracaso: verlo, dictaminarlo, sancionarlo, mostrando al final la superioridad de quien se quedó en el tendido y se ha limitado a ser casero, hablador, o, a lo más, festivo.” Pero Perera —de bermellón y oro— no le dio satisfacción y ni por eludir la muerte perdió la dignidad en el camino. Tuvo dos cogidas y siguió toreando, sin un aspaviento, un gesto de autocompasión, con la serenidad ejemplar de quien cumple su tarea. En el tercer toro —tras la primera cornada, ya con un trofeo— entró a la enfermería y fue operado de urgencia. Primer parte médico: “Herida por asta de toro en región escrotal izquierda con evisceración de testículo y salida por raíz del pene”. En el quinto —tras la segunda, ya con el tercer trofeo— hubo de quedarse en el quirófano. Segundo parte: “Herida en región crural hacia arriba y adentro de 15 cm. Contusiona femoral. Pronóstico muy grave.”

Cuando los que asistimos tomamos conciencia del error, habíamos ennegrecido la fría noche de otoño y Miguel Ángel Perera era más humano y más heroico que por la tarde

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