Opinión

Picasso, des-fragmentado

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Sábado 01 de octubre de 2022

La cultura del s. XX no podría entenderse sin la figura del sempiterno malagueño Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso. O, lo que es lo mismo, de Pablo Picasso y, si se quiere, Picasso a secas. Para una gran mayoría de la crítica y de la historiografía, el citado creador español sería el creador del arte moderno. La obra inaugural de este periodo fue, ni más ni menos, Las señoritas de Avignon (“Les Demoiselles d’Avignon”), pintura de grandes dimensiones iniciada en 1906 y finalizada en 1907. En el transcurso de su concepción, su autor quiso romper no sólo con su estilo pictórico sino con la definición que se tenía de la pintura, anclada en la figuración y en su lenguaje académico. Para ello, tuvo como referencia principal a Paul Cézanne, cuya obra Le barrage Zola, concebida también a lo largo de un año —entre 1877 y 1878—, resulta bien significativa. El motivo de este tiempo en su ejecución también se encuentra en la trascendencia que está obra del francés tendría, al suponer una “pedrada” en la forma clásica de ver la realidad. La mirada en perspectiva, formalizada ya por el renacentista Leon Battista Alberti, proponía observar las cosas como a través de una ventana, cuyo marco representaría los límites de la imagen. Todo confluiría en un punto de fuga. Ahora, gracias a Cézanne, el ojo podía multiplicarse, situándose en varios puntos a la vez, mostrando diferentes facetas de lo observado en una misma imagen. Picasso volvería sobre esto y continuaría desarrollándolo, mostrando a sus “señoritas” descoyuntadas, representando la vista frontal, de perfil y trasera unificadas en un solo cuerpo. Si a ello le sumamos también la representación del tiempo en sus diferentes secuencias y el retorno a la representación gráfica primitivista como forma de buscar la pureza ancestral del arte —rompiendo así con la mirada contaminada occidental creada a lo largo de siglos—, tenemos como resultado una obra que en su tiempo resultó un auténtico desafío y que, por ello, acabó siendo ocultada durante años tras las críticas recibidas tras una primera exposición pública. En ella estaba el germen del cubismo, que tiempo después Picasso desarrolló con su colega Georges Braque, y cuya característica principal consistía en la fragmentación de las imágenes, descomponiéndolas gradualmente hasta su práctica abstracción.

Ahora, cuando se inician los actos de celebración del 50º aniversario de la muerte del artista, parece que ese citado carácter “sempiterno” puede ponerse en duda. La razón estriba principalmente en la naturaleza distante que presenta con las nueva generaciones, así como su figura no exenta de polémica.

Como creador de vanguardia, Picasso forma parte de esa nueva forma de arte que exigía al espectador una formación previa, sin la cual difícilmente podía asimilarse su trabajo. Su carácter “elitista” ha sido tal vez la mayor causa de su rechazo en el público mayoritario; a su vez, este “arte para las minorías” lo hacía refinado o exquisito, propio del “consumidor” de cultura “culto” —valga la redundancia—. Por ello, no es de extrañar que, como me comentó no hace mucho Francisco López Porcal, “todo el mundo quisiera tener un Picasso en su hogar”. Su arte, aunque para muchos difícil de asimilar, dota de un aire distinguido a cualquier casa y refiere al poder adquisitivo de su propietario —Picasso ha sido quizá el artista más cotizado a lo largo de las décadas del reciente siglo pasado—. Cabría por tanto realizar una labor educativa y pedagógica por parte de las instituciones para hacer accesible a la inmensa mayoría no sólo el arte de Picasso, sino el de la vanguardia, pues no deja de ser reflejo de nuestro mundo más reciente, el de la modernidad. Estudiándolo se comprenden buena parte de los hechos históricos y sociales de Occidente de este periodo.

Por otra parte, también hemos asistido por primera vez al cuestionamiento de un artista que hasta hace bien poco parecía intocable. Y esto se ha llevado a cabo a través del análisis crítico hacia su figura. En nuestro tiempo, el público siente un gran interés por las personas que se ocultan tras las obras que les han dado fama, hasta el punto de no poder separar sus trabajos de sus biografías. Esto ha sacado a la luz los talones de Aquiles de tantas mentes creadoras, fruto de la vulnerabilidad de la naturaleza humana.

Aunque siempre se ha hablado del carácter “interesado” de este creador español —capaz de manejar el entorno a su antojo para conseguir hacer prosperar su vida y su trabajo—, ahora esta faceta de su personalidad se hace si cabe más evidente y dramática dado el signo de los tiempos. En concreto, José María Juarranz definía el Guernica —el cuadro más significativamente político de Picasso— como una obra surgida del “oportunismo” de su creador, obteniendo por ella 200.000 francos franceses cuando todavía era considerado un artista “apolítico”. A ello había que añadir que ya había iniciado esta obra previamente al suceso histórico del bombardeo de la localidad vasca. Por contra, Juarranz destacará en el estudio de esta obra su contenido “autobiográfico”, siendo la figura del toro una representación del pintor y, el del caballo, personificación de su pareja de entonces, Olga Koklova. Que Picasso se contemplase como un animal al cual veía como “viril”, mientras que la mujer pasase de ser “un elemento de contemplación de la belleza y la sexualidad” a “tener una lengua afilada y provocar su ira” nos habla de la visión negativa del autor sobre las mujeres. Jorge C. Parcero va más allá afirmando que “los estudiosos del pintor español coinciden en que hizo muchísimo daño a las mujeres a las que supuestamente amó, a quienes también trató de forma tiránica y despiadada. Fuentes de inspiración y objeto de deseo, iba hilvanando amantes y esposas, siendo infiel si no a todas, a casi todas ellas”. Picasso inmortalizó a sus mujeres, pero también las utilizó para sus fines hasta que dejaron de serle útiles. A través de ellas puede observarse su progreso y aprendizaje artístico, pero también la visión que tenía de las mismas.

En la actual era de la cancelación, estos hechos no han pasado desapercibidos para un público cada vez más crítico con este tipo de cuestiones, y no sin razón. No obstante, como afirmaba Estrella de Diego en la conferencia inaugural sobre el artista en el Museo del Prado, aunque no esté de acuerdo en retirar a Picasso de los museos, éste “debe dejar de ser el que siempre ha sido para que descubramos otros picassos”. “Los jóvenes no lo aceptan y piden cartelas más explícitas, ¿por qué no se lo vamos a dar?” continuaba, poniendo de ejemplo otra de las obras culmen del autor: la Suite Vollard. En parte de sus grabados, parece normalizarse la cultura de la violación, cuando “una violación ha sido siempre una violación, incluso si ha sido perpetrada por Zeus”. Por su parte, la catedrática de Arte Contemporáneo (UCM) Aurora Fernández Polanco recogía el guante de la profesora, comisaria e investigadora, poniendo “sobre la mesa de todo el espectro educativo la necesidad de peinar al perrito–historia a contrapelo, para que salten las pulgas aún vivas a nuestro presente, que las muertas ahí se quedan, desactivadas, sin capacidad para picarnos en el hoy”.

Por todas estas cuestiones, la revisión histórica de Picasso debe de ser —utilizando un símil informático— un proceso de des-fragmentación. Acomodar las piezas que lo han ido definiendo, sus diferentes facetas que pueden hacerlo también cubista e incluso ilegible, a fin de conformar una idea homogénea y continua de él.