Opinión

El relato y la posverdad

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Domingo 02 de octubre de 2022

Quiero recordaros un diálogo, que se hizo famoso, durante un periodo electoral, entre el locutor de Radio, Iñaki Gabilondo y el Presidente Zapatero y que conocimos por un desliz de micrófono abierto. El locutor preguntaba con campechana familiaridad a Zapatero por la marcha de las encuestas:

-Gabilondo: ¿Qué pinta tienen los sondeos que teneis?

-Zapatero: Bien…

-Gabilondo: Sin problemas…

-Zapatero: Lo que pasa es que lo que nos conviene es que haya tensión.

Este diálogo y esa campechana familiaridad me dieron la medida del grado de complicidad que existía, ya, entre los mundos de la comunicación y de la política. Me dejó claro, para siempre, que, aunque no se puede permanecer al margen de la información, siempre, siempre, hay que ponerla “en cuarentena” pues la comunicación está alistada, ya, salvo heroicas excepciones, en los ejércitos que luchan por el poder.

La política se ha convertido en la lucha por el poder “químicamente pura” y un partido político es la suma de ambiciones de sus miembros. Unos la cifran en escalar puestos o en conservar los conseguidos y muchos, demasiados, en arañar prebendas del presupuesto o abusar de su condición.

Lo de buscar el bienestar del pueblo se ha convertido, ya, en una de tantas mercancías a vender a ciudadanos que, todavía, se quedan, si lo hay, con el raro político que incluye eso entre su mercancía.

Y me hizo dar un paso definitivo en mi sospecha de que la lucha política había caído de la razón a la pasión, de los argumentos a los sentimientos, del interés del pueblo al propio y de la información… al “relato”.

Esta palabra contiene una acepción, de reciente incorporación, que consiste en contar un hecho recalcando, conscientemente, las cosas que favorecen el propósito del “relato” evitando las partes que no lo hacen.

Es una forma de mentir, que se ha empleado siempre, pero que, en nuestro tiempo, tiene un gran auge porque hay muchas personas dispuestas a consumir mentiras ya cocinadas, que les reafirman en sus opiniones o que les sirven de proyectiles contra el enemigo ideológico.

Los políticos no hablan, ya, al pueblo, hablan a la secta, no buscan, ya, convencer con razones, sino señalar al contrario como enemigo y a ser posible encerrarle, mediante pactos entre afines, en “cordones sanitarios”.

El político en auge es el que ha comprendido esta situación y elabora su discurso admitiendo la mentira como arma “legítima” pues considera que sus adeptos la tolerarán como arma táctica a emplear contra sus contrarios.

Es “el relato”, que no se limita a los hechos de actualidad pues incluye, como arsenal de sectarización, los hechos históricos que cada bando cuenta groseramente adobados con los ingredientes que le conviene eliminando los que no. Esta alienación del votante sigue su proceso creativo a medida que sus tragaderas van admitiendo alimentos más averiados y va creciendo la osadía del que los proporciona.

Ultimamente esta de moda otra palabra que se las trae, “posverdad”, para la que encuentro una definición muy clarificadora: “Información o afirmación en la que los datos objetivos tienen menos importancia, para el público, que las opiniones y emociones que suscita”.

Amigos. Es la demagogia, “práctica política consistente en ganarse los halagos del favor popular”. “Degeneración de la democracia'', consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

Claro como el agua. La desvergüenza de jugar con el pueblo ha llegado al límite.