Opinión

La traición de las democracias

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 02 de octubre de 2022

Sucedió hace 84 años. Entre el 1 y el 10 de octubre de 1938, las tropas del III Reich ocuparon los Sudetes, parte del territorio de Checoslovaquia, so pretexto de proteger a la población alemana oprimida por el gobierno de Praga. Era la etapa final de una campaña de propaganda, terrorismo y amenazas de intervención militar que había comenzado en 1933 con la fundación del Partido Nacional Socialista Alemán de los Sudetes, a cuyo frente estaba Konrad Henlein (1898-1945), uno de los tipos más peligrosos de Europa Central al que colocaron, naturalmente, como gobernador de los Sudetes bajo ocupación nazi.

El gobierno checoslovaco sabía a qué atenerse. Sus servicios de inteligencia conocían bien las intenciones de los nazis hacia su país y su deseo de destruir la joven república. No minusvaloraron las amenazas que Hitler lanzó contra ellos. A partir de 1936, reforzaron las fortificaciones y mejoraron sus capacidades militares. Se prepararon para una invasión confiando en que podrían resistir hasta que los británicos y los franceses acudiesen en su ayuda. Aún hoy pueden visitarse las montañas en que emplazaron nidos de ametralladoras y otras defensas terrestres. Al igual que los polacos, ellos creyeron en las garantías que los dos mayores imperios de la tierra les ofrecieron. En realidad, fue la debilidad de Londres y París -peor aún, su cobardía- la que selló el destino de Checoslovaquia.

Entre abril y agosto de 1938, Henlein y los suyos trataron de desestabilizar los Sudetes con manifestaciones, actos terroristas y una campaña que explotaba el victimismo y la discriminación. Se trataba de brindar a Hitler, erigido en protector de los alemanes de la región, un “casus belli”, es decir, un pretexto para la invasión. En lugar de apoyar al gobierno checoslovaco, Londres y París aceptaron la mediación con Hitler que ofreció Mussolini. Arthur Neville Chamberlain y Édouard Daladier, primeros ministros británico y francés respectivamente, se reunieron en Múnich con Hitler el 29 de septiembre de 1938. Así se alcanzó el Acuerdo de Múnich de 1938. No hubo representantes del gobierno checoslovaco en las negociaciones. Chamberlain y Daladier fueron más que comprensivos con Hitler. Fueron obsequiosos. Le dieron todo lo que exigía. En virtud del acuerdo, los británicos y los franceses permitieron la anexión de los Sudetes. En suma, traicionaron a Checoslovaquia. Ni siquiera consultaron al gobierno de Praga antes de ceder ante las amenazas y las exigencias alemanas. Sólo le informaron de las posibilidades que se le brindaban: o combatir en solitario contra el Reich o acatar el acuerdo que Francia y el Reino Unido habían suscrito y evitar, así, la guerra. El 1 de octubre las tropas alemanas entraban en los Sudetes. Conocemos qué pasó después de aquel 29 de septiembre de 1938: la ocupación y anexión de aquel territorio fue el primer paso de la destrucción de Checoslovaquia.

Es cierto que la joven república tenía fronteras trazadas por los vencedores de la Gran Guerra y que sufría grandes tensiones internas. Es verdad que Polonia y Hungría reivindicaban territorios que se habían atribuido al nuevo país surgido en 1918. Ha de reconocerse que la URSS intentó detener los intentos de apaciguar a Hitler proponiendo una conferencia internacional y que se comprometió a honrar la alianza militar que Moscú y Praga habían suscrito en 1935. A los ojos de Stalin, el Acuerdo de Múnich fue una capitulación. La URSS no fue la primera en ceder ante los nazis.

Lo preocupante es que, salvo excepciones como la de Winston Churchill, el Acuerdo de Múnich se tomó como una buena noticia en Londres y París. Algunos creyeron que el peligro de una nueva guerra en Europa estaba conjurado. Muchos confiaron en el augurio de Chamberlain: “Paz para nuestro tiempo”.

Nada de paz. No la hubo. Al contrario, la equivocada estrategia de apaciguar a Hitler vendió a Checoslovaquia, produjo el acercamiento de Moscú a Berlín y dio alas a Hitler, sabedor de la debilidad de los dos grandes imperios. El orden internacional surgido de la Gran Guerra tuvo enormes carencias -fronteras ajenas a la historia de territorios y pueblos, por ejemplo- pero el Acuerdo de Múnich fue un punto de inflexión de naturaleza distinta: revelaba la falta de decisión a la hora de impedir el avance de una tiranía. Los cálculos políticos y el tacticismo impidieron oponer a Hitler la firmeza necesaria para disuadirlo.

Primero fue la debilidad moral. Así se traicionó Europa a sí misma.

Después llegó la guerra.