Opinión

Alfonso Reyes en Madrid

TRIBUNA

José Luis Roldán | Lunes 03 de octubre de 2022

Esta semana, los días 5, 6 y 7 de octubre, tendrá lugar en Madrid, en el Instituto Cultural de México en España y en la librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica, una nueva edición de la Cátedra Alfonso Reyes, organizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, en la que se conversará sobre el regiomontano universal a partir de la presentación de una biografía del autor y de una nueva edición de la traducción que emprendió de la Ilíada.

No quiero ensayar aquí una semblanza de don Alfonso porque ya otros acometieron la difícil de tarea de retratar la vida y el pensamiento –discúlpenme la yuxtaposición de los términos de lo que realmente es una identidad– de un genio tan polifacético. En mi caso, descubrí al mexicano a partir de la lectura de dos libros de don Agapito Maestre: Meditaciones de Hispano-América y Viaje a los ínferos. En sendas obras encontrarán capítulos consagrados a recordar la esforzada actividad intelectual de Reyes, bien como diplomático en Argentina y Brasil, bien como director de la Casa de España en México, renombrada como Colegio de México en el cuarenta, desde 1939 hasta 1959, institución en la que intelectuales republicanos españoles como José Gaos, Joaquín Xirau y María Zambrano fueron acogidos. Asimismo, en estos capítulos se muestran, a partir de los textos alfonsinos, las ideas del autor, siempre concernientes al sentido de la Hispanidad. De entre todas sus tesis, no cabe duda de que las tres más valiosas son aquellas que más urge reclamar para nuestre presente político y cultural, a saber: primero, que la cultura hispana no es nada si no cuenta con los dos lados del Atlántico; segundo, que esta cultura, por su riqueza y por la vastedad de su lengua, es la única que puede ensayar la síntesis de una cultura universal; tercero y último, tal cultura debe ir acompañada de un liberalismo que, lejos de ser deudor de los filosofemas anglosajones, reivindique la idea de libertad cristiana de los filósofos de la Conquista, cuyas crónicas inspiraron su famosa Visión de Anáhuac. No obstante, quizá lo más interesante de los textos del profesor Maestre dedicados al genial regiomontano no sea la elogiable labor de contextualización y comentario de su obra, sino la comparativa que establece entre éste y otra preclara mente de Nueva España: Octavio Paz. Si Alfonso Reyes celebraba la capacidad de la civilización hispanoamericana para fertilizarse en lo heterogéneo, Paz se lamentaba de las diferencias, las quiebras y los conflictos que ponen a prueba nuestra siempre amenazada, pero también dúctil, tradición.

El emplazamiento de esta edición de la Cátedra Alfonso Reyes en Madrid no se debe sólo al auxilio que prestó el regiomontano, junto al indispensable Cosío Villegas, a los intelectuales republicanos de la España en guerra, sino también a su participación en la vida cultural de Madrid. Don Alfonso residió en Madrid entre 1914 y 1924, después de que su padre, el general Bernardo Reyes Ochoa, fuera asesinado durante la Decena Trágica. El genio de Monterrey trabó amistad rápidamente con miembros de las Generaciones del 98, 14 y 27. En Cartones de Madrid, publicado en 1917 e integrado posteriormente como primera parte de Las vísperas de España, de 1937, se propuso reunir sus primeras impresiones visuales de Madrid. En el prólogo a la edición del treinta y siete, el propio Reyes menciona algunas de las figuras con las que mantuvo trato y colaboró en investigaciones y publicaciones durante su estancia: políticos como Azaña; historiadores como Menéndez Pidal –con quien trabajó fructuosamente cinco años– y Américo Castro; filósofos como Ortega y d´Ors; poetas como Díez-Canedo, Juan Ramón, Dámaso Alonso, Lorca, Jorge Guillén; o escritores como Azorín, Valle-Inclán y Pío Baroja, a los que conoció a través de Luis Ruiz Contreras, quien fuera anfitrión de los noventayochistas. No es de extrañar que don Alfonso se refiera a esa etapa de su vida como «aquellos años tan fecundos para mí en todos los sentidos».

En estos cartones matritenses el lector encontrará algo más que el acta de las impresiones de un extranjero por Madrid. Si en el Sofista el extranjero de Elea es el que lleva todo el peso del diálogo platónico, aquí Reyes, en virtud de su mirada forastera, nos revela a los españoles, y especialmente a los madrileños, la realidad de nuestra manera de vivir, que nos es secreta por su cotidianeidad. De entre todas las ideas que abrigan estos cartones de manufactura extranjera la que, a mi juicio, merece más nuestra atención es aquella por la cual se destaca la singularidad del pueblo español en su relación con la muerte. A propósito de la descripción de un cortejo fúnebre y de una conversación con el también mexicano Francisco de Asís de Icaza, Reyes afirma: «Asociar el amor y la muerte lo han hecho siempre los hombres; pero asociar la muerte y la risa, sólo un pueblo: por desdén al dolor, por desdén al trajinar de la vida. (...) Sólo en España hay una literatura cómica de la muerte». El trato tan cercano con la muerte, bien sea en el sepelio o en la fiesta nacional, dota al español de una capacidad extraordinaria para la Filosofía. Así recuerda don Alfonso esta confesión que le hizo Baroja: «No lejos de Madrid –asegura– he hallado a dos pobres hombres de bordón, chaqueta y chambergo, discutiendo sobre el libre albedrío en plena llanura de Castilla». No obstante, en lugar de mortificarle, la especial vecindad que el español mantiene con la muerte, que no es sino el término de la vida en cuya presencia aquilatamos el tiempo que nos resta, le dota de una bravura digna del morlaco que sale al ruedo. Alfonso Reyes se percató de que «la buena tradición española quiere que la práctica y la mística broten juntas, como en la actual filosofía pragmatista. Santa Teresa fundó monasterios y los sabía regentar. ¿Qué dice a sus hijas de devoción? Oídla: “Entre los pucheros anda el Señor”. ¿Qué entendía ella por acercarse a Dios? Algo como realizar una empresa, como llevar a buen término una campaña, como ganar una partida de ajedrez. “Daremos mate a ese Rey Divino”, grita en un momento de entusiasmo». Leamos a don Alfonso Reyes, no para conocer su pensamiento, sino a fin de comprendernos a nosotros mismos.