Opinión

Perfil de Antonio Gala en su 92 cumpleaños

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Sábado 08 de octubre de 2022

En los últimos días se han producido dos noticias diametralmente opuestas que han tenido como protagonistas a dos personas simbólicamente vinculadas. Por un lado, el fallecimiento el 3 de octubre de Jesús Quintero, maestro de las ondas que supo como ninguno renovar el género de la entrevista, generando un clímax único a través de la calidez de su cadenciosa voz y su ausencia paradójica, en esos silencios tan valiosos. Por otro lado, la celebración de los noventa y dos años de Antonio Gala sólo un día antes. Uno y otro coincidieron en más de una ocasión en sus conversaciones radiadas y televisadas, dignificando los medios de comunicación, utilizándolos de la manera más sensata: como vehículo de difusión cultural. Así lo concebían intelectuales de la talla de Julián Marías que, en A fondo, describía a Joaquín Soler Serrano (otro peso pesado de la entrevista, que sabía tratar y respetar a quienes invitaba a su programa)— de este modo la televisión: “Creo que es un instrumento prodigioso, no utilizado todavía suficientemente […] como medio de comunicación, como manera de influir sobre la manera de entender la realidad, sobre las creencias sociales”. El filósofo vallisoletano temía que la televisión pudiera convertirse en un “instrumento de estupidificación” o de “aburrimiento”, que es “el enemigo número uno de nuestra época”. No andaba nada desencaminado, a la vista del presente.

Como decíamos, la televisión y la radio fueron dignificadas por Quintero y Gala y, a su vez, sirvieron de escaparate para su trabajo. En el caso del segundo, aunque su profesión de escritor no iba ligada a ellas —más bien, a la prensa (como articulista), los libros (como poeta y novelista), el teatro (como dramaturgo) e incluso el cine (en las adaptaciones de sus novelas)—, pronto encontró en dichos medios de comunicación una forma efectiva de darse a conocer, construyéndose una imagen de sí mismo que le hacía perfectamente identificable de cara al público. Así, el personaje acabaría ganando mayor peso en popularidad que su obra, como sucedía con otras figuras de la cultura española de la época. Salvador Dalí, por ejemplo, representó una de las primeras figuras mediáticas de nuestra cultura, destacando por sus originales y sorprendentes apariciones públicas —y, por qué no decirlo, performáticas—, a pesar de que su obra artística, literaria e incluso cinematográfica tuviese valor por sí misma y no precisase de más apoyos.

Sin llegar al carácter excéntrico daliniano, Gala cambió el bigote por el bastón, un utensilio que estuvo forzado a usar desde los cuarenta y tres años como convaleciente, después de que una perforación de duodeno estuviera a punto de acabar con su vida. Después, coleccionaría este utensilio por millares, convirtiéndose en seña de identidad junto a sus pañuelos de cuello. Más allá de su personalidad externa, destacó en sus años dorados por una forma de ser a camino entre lo humorístico y provocador, haciendo uso de una espontaneidad con la que dejar desarmada a la persona que le servía de interlocutor. Sus decisiones insospechadas le llevaron incluso a figurar en uno de los sketches del show de Antonia y Omaíta de “Los Morancos”, siendo anunciado como “Gala”, “el dueño de los lavabos”.

Y es que la vida de Antonio Gala ha transitado por múltiples caminos, no siempre fáciles como hemos visto, que le llevaron a adoptar un fuerte y libre carácter no exento de polémicas. Sus múltiples nombres fijados en la partida de bautismo parecen iniciar su compleja andadura, plena de múltiples vidas o aristas. Ángel Custodio Sergio Alejandro María de los Dolores Reina de los Mártires de la Santísima Trinidad y de Todos los Santos nació en Brazatortas, aunque como dice el refrán, no se es de donde se nace sino de donde se pace. Por ello, el escenario primordial de Gala será Andalucía, concretamente Córdoba, donde se desplazará con su familia con nueve años y creará, mucho tiempo después, la fundación para jóvenes escritores que lleva su nombre. Tras cursar la carrera de Derecho en Sevilla, abandonará las oposiciones a Abogado del Estado como rebeldía contra las imposiciones de su padre, ingresando como cartujo y siendo expulsado de la orden. Entre sus estancias en Portugal y Florencia, da clases de Filosofía e Historia del Arte y obtiene el Premio Adonais por su libro Enemigo íntimo (1960). Desde entonces, la poesía ya no le abandonará, al igual que su amor por la historia. Precisamente de ella obtendrá el tema de una de sus obras teatrales más célebres, Anillos para una dama (1973), que relata la historia de Jimena Díaz tras la muerte del Cid.

Gala tuvo la fortuna —ganada a través de su talento— de poder vivir sólo de la escritura —¡Cuántos escritores darían una de sus manos (la no utilizada para escribir) por ello!—. No podía por tanto desligar su vida de su escritura, algo coherente y lógico en dichas circunstancias. El público conoció así incluso a su mascota, el perro Troylo, nombre cuyo sonido evoca reminiscencias mitológicas y que protagonizó uno de sus libros más célebres.

Tras superar un cáncer de colon padecido durante cuatro años, vive recluido en el convento que sirve de sede de su fundación, habiendo vuelto de alguna forma a la vida monástica que inició y abandonó en su juventud. Familiarizado con la muerte, ha sabido capearla y tratarla con buenas dosis de ironía. Así, le confesaría al ya mencionado “loco de la colina”: “El suicidio me parece una salida muy inteligente y respetabilísima. Yo sugeriría antes a otros que se suicidaran, para ir probando, y que lo tienen más merecido; estaríamos mejor sin ellos y quizá se arreglaban las cosas y podíamos vivir mejor y unos años más”. Su inusual forma de afrontar el presente le hacía perfilar su autorretrato de la siguiente manera: “Yo soy un viejo asqueroso que procura ser lo menos asqueroso y lo menos viejo, pero la edad se oculta mal”. Quienes valoramos su trabajo y legado no podemos más que tomarnos como una humorada más estas palabras, las de un andaluz de adopción de gran sabiduría a quien la sociedad parece haber olvidado injustamente en los últimos años a pesar de su impecable currículum. Una prueba dolorosa más de cómo en la actualidad, quien no aparece en la palestra diaria, se convierte en “muerto civil” —que diría Ramón Gómez de la Serna— sin derecho a homenaje ni a recuerdo.