Los Lunes de El Imparcial

Óscar Sainz de la Maza: El siglo que acabó en sangre

Ensayo

Domingo 09 de octubre de 2022

Sílex. Madrid, 2022. 561 páginas. 24 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En El siglo que acabó en sangre. De Al Qaeda al diablo de Oklahoma, Óscar Sainz de la Maza nos presenta una obra que hará las delicias de aquellos que, en su desempeño profesional, estén familiarizados con el estudio del terrorismo o pertenezcan a ámbitos relacionados con la criminología. A través de una tarea ímproba de consulta de fuentes, como certifica el apartado de bibliografía, nos transmite, sin caer ni en buenismos ni en sensacionalismos, los principales acontecimientos de violencia política experimentados en la pasada centuria llegando hasta el 11-S.

Las consecuencias de algunos de ellos aún permean. A modo de ejemplo, lo acontecido en la década de los años 80 en Afganistán colea en la actualidad. Esta misma premisa pueda aplicarse al conflictivo enclave que constituye Palestina, sin olvidar el reemergente terrorismo de extrema derecha cuyo combate ocupa un lugar prioritario en la agenda de gobiernos y organizaciones supranacionales.

Ante la amplitud del tema cubierto, Sainz de la Maza acierta en el título al hacer referencia a dos nombres asociados a destrucción y muerte: Al Qaeda y el diablo de Oklahoma, es decir, el supremacista norteamericano Timothy McVeigh, cuyas trayectorias son solo algunas de las múltiples que disecciona con amplitud en esta obra. Además, el autor muestra habilidad para relacionar a personajes y organizaciones terroristas bien distintas en cuanto a sus metas y distantes en lo relativo a su ubicación geográfica.

Para ello analiza en profundidad el objetivo que todo terrorismo persigue: una finalidad política para cuya consecución recurre a la violencia, legitimando su uso mediante un empleo torticero del binomio lenguaje-comunicación. De una manera más particular, en el caso del yihadismo el funesto periplo de al-Utayby marcaba el comienzo de una nueva época. Los terroristas, ahora iban a empezar a matar en nombre de algo que no se había estilado hasta entonces en las filas de los homicidas politizados: la religión” (p. 43).

Otro acierto de Óscar Sainz lo hallamos en su estilo narrativo. En efecto, sin descuidar la ortodoxia y la pulcritud, encontramos un dinamismo en el que se dan cita abundantes dosis de ironía siempre bien trabajada, evitando de este modo desnaturalizar su objeto de estudio. Al respecto, Sainz de la Maza rebate determinados tópicos que se han asentado cuando estudiamos el terrorismo, como por ejemplo la machacona afirmación que estima que los terroristas proceden de los escalafones sociales más bajos. Así, sobre los militantes de Al Qaeda subraya lo siguiente: “En Al Qaeda el perfil socioeconómico recordaba más bien al de los terroristas de la ultraizquierda europea y americana en los locos años setenta. ¿Qué quería decir esto? Que se trataba de personas de clase acomodada que habían decidido sacrificar su confortable vida porque sentían que debían cumplir con su misión […]. Lo que es más, la inmensa mayoría de ellos no tenía formación religiosa. Habían sido educados en escuelas laicas” (p. 391).

El yihadismo ocupa un amplio espacio en la obra, con acontecimientos fetiche dentro de su desarrollo, sobresaliendo la influencia de la revolución iraní liderada por Jomeini en 1979. Este suceso hizo saltar las alarmas en las monarquías del Golfo, respondiendo estas y también Estados Unidos con medidas cortoplacistas. En íntima relación con este periodo, durante esos convulsos años asistimos al fenómeno de los combatientes terroristas extranjeros que acudieron al llamado de Osama Bin Laden para luchar contra el comunismo soviético en Afganistán.

Muchos de estos foreign fighters, al acabar la guerra de Afganistán, en la que no jugaron un papel protagonista sino más bien de reparto, regresaron a sus países de origen, contribuyendo a la desestabilización de los mismos, de tal manera que la violencia monopolizó el paisaje. Un buen ejemplo lo constituyó el GIA (Grupo Islámico Armado) en Argelia, cuyos enfrentamientos con el Estado generaron una sangrienta guerra civil en los 90. El autor desarrolla con amplitud este acontecimiento, contextualizándolo adecuadamente y subrayando un hecho fundamental: pese a que nos hallamos en una época de terrorismos locales, el GIA atentó en Francia por el apoyo que brindaba al gobierno argelino.

Otro aspecto fundamental abordado con rigor en la obra es la tendencia de los grupos terroristas a establecerse en enclaves donde el Estado de Derecho constituye una entelequia. En este apartado, se ha observado una continuidad evidente: desde los países santuario como Argelia y Libia que acogían a terroristas de ETA, IRA o Brigadas Rojas durante los setenta y los ochenta, hasta aquellos otros en los que Al Qaeda gozó de todos los privilegios posibles, como fue el caso de Sudán y Afganistán.

Finalmente, cuando explica los ataques sufridos por Estados Unidos, no solo el 11-S, Sainz de la Maza alude a otro factor determinante a la hora de afrontar el terrorismo con garantías de éxito, como es la obligatoria coordinación entre los diferentes cuerpos y agencias de seguridad. Esta máxima, que nos resulta elemental hoy en día, no se observó entre el FBI y la CIA, lo que allanó la comisión de atentados perpetrados por Al Qaeda en territorio norteamericano.

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