Opinión

Quizás

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 10 de octubre de 2022

Quizás – en ese “quizás” arraiga toda mi esperanza – mañana alguien contemple nuestra ridícula figura y apenas acierte a explicarse cómo la especie haya podido alcanzar ese presente, que será nuestro mañana. Vivimos – si puede decirse que vivimos – en un espacio abstracto, como partículas elementales o unidades antropológicas, y nos gestionan como magnitudes sometidas al cálculo de nuestras inclinaciones y al número exacto de nuestras preferencias.

Consentimos con ideologemas de una grosería que, quizás, alguna vez desaten la risa o el desprecio, pero que gozan hoy de una respetabilidad impostada, que se funda en el dominio que ejercen sobre la opinión la escuela moderna, los medios de comunicación y las Smart Technologies de nuestros días. A medida que crece la inteligencia artificial, mengua la inteligencia natural de nuestros “cuerpos parlantes” y nos dejamos llevar al vaivén de oscilaciones cuya causa ignoramos, aplastada la verdad bajo masas enormes de información. Viajamos por la vida como cagajón por acequia, hasta dar con el mar que es el morir. No parece que haya modo de embridar nuestra vida para gobernarla y sujetar nuestros actos a una voluntad consciente.

O hay sólo un modo, pero no a nuestro alcance. Consistiría en la plena desconexión: empezaríamos por tirar el televisor y los ordenadores, introducir el smartphone en un cubo de agua fuerte y romper tabletas, consolas, alexias y demás metralla. Retirarnos a algún rincón propio en que labrar la tierra y criar animales por medios tradicionales, usar máquinas que respondan a nuestra fuerza y habilidad, pero sin excitar nuestro deseo. Hablar con vecinos bien conocidos, criar los hijos que no tenemos, beber reposadamente el vino de nuestra cosecha y comer los alimentos austeros, pero saludables, que nacieron de nuestro esfuerzo. No existe ese lugar: han electrificado hace tiempo la Tebaida y en toda celda se ha instalado una domótica de vanguardia. Un desierto letal se ha extendido sobre la vida diaria de las muchedumbres urbanas, en un mundo en el que se extiende la megalópolis universal. No queda espacio para el desierto vital y radiante en el que se refugiaron los viejos sabios. Así languidecemos bajo la luz de las pantallas, ventanas por las que se vierte sobre nuestra vida la oscuridad del señor del mundo, vestida de luz artificial.

Se hace ya casi imposible inhibir, mediante el trabajo y la oración, esos estímulos que tienen cautiva nuestra atención de manera constante. El trabajo exige el uso de los más recientes medios tecnológicos, en cualquier sector. La oración es ya un espectáculo de telepredicadores, y confesores automáticos que emiten absoluciones programadas. En el momento en que se apliquen sobre el cuerpo los nuevos adminículos inteligentes, la huida al desierto empezará a ser objeto de nuestra libre elección en el menú desplegable de las opciones diseñadas para el disfrute de una vida a la última. Será el desierto como parque temático. En esta era de aislamiento mutuo no hay nada más difícil, paradójicamente, que la práctica del retiro y la soledad. Nuestro aislamiento tiene la forma sorprendente de una red social por la que transitan, a la velocidad del viento electrónico, los actos de asentimiento o de rechazo: likes & dislikes. Allí nos presentamos virtualmente, sonrientes en el momento de comer, de besar, de viajar, de jugar, de leer… visibles sobre el escenario de una vida sin recogimiento y torturada por la aceptación o el rechazo de los fantasmas.

En mitad de una crisis de recursos energéticos, cuyos precedentes no pronostican un futuro amable, nos mantenemos atados al foco lúdico-libidinal al que está prendida nuestra vida. Entretenidos y excitados por “contenidos” diseñados para colmar nuestras horas, nos carean los pastores de la opinión para llevarnos al redil de esa verdad bien trazada, en la que descansamos. Sabedores, por fin, de que estamos en el lado correcto de la historia, en el terreno de la justa igualdad, convenientemente victimizados para que nuestras dentelladas estén siempre justificadas. Aureolados por el Bien sin matices, frente al Mal absoluto que nos quiere quitar de las manos, no ya el pan, la sal y la justicia, sino la consola, el computador o la gran pantalla a través de la cual se nutren artificialmente nuestros días.

Quizás, si apagaran el televisor o dejaran, por fin, de leer estas palabras…