Opinión

Es la tradición, idiota

TRIBUNA

Javier Vayá Albert | Lunes 10 de octubre de 2022

De niños cuando jugábamos a pillar elegíamos un lugar —un árbol, una farola, una pared, lo que fuera— que de ser alcanzado nos salvaba de ser “pillados”. En mi tierra y en mi época lo llamábamos “mare” (madre). Los adultos parece que también tienen su palabra sagrada que creen sirve para no ser pillados y justifica ante cualquier conducta aberrante y repugnante; se trata de la tan cacareada tradición. La tradición como coartada presuntamente infalible esgrimida por salvajes que torturan animales o por machistas recalcitrantes. La tradición como enajenado permiso para obrar como cavernícolas drogados con alevosía e impunidad. La tradición como moral del que tira una cabra del campanario. Al hablar de tradición, parece que muchos esperaran que quien denuncia la atroz barbaridad callara y se diera la vuelta ante la innegable fortaleza de tal concepto. Cuando en realidad resulta todo lo contrario, como dice la poeta Carmen del Río Bravo, no existe tradición buena. Menos si eres mujer y de clase obrera.

Sí, por supuesto que eran tradición los vomitivos gritos machistas rebuznados por los niños de papá del Colegio Mayor Elías Ahuja. El asqueroso acervo elitista y machista, la vieja usanza de la masculinidad tóxica, la casposa costumbre del insulto, la amedrentación y humillación hacia el sexo femenino. Tradición que por lo visto también incluye, como valientemente denuncia un tuitero, visitar la puerta de residencias más humildes para saludar con lindezas del tipo: “Chami Chami Maricón”, “Tu madre limpia mi casa” o “Mi abuelo mató a tu abuelo”. Hechos que hablan claro de la bajeza humana de estos futuros líderes del país. Que Pablo Casado estudiara en este infecto lugar ya lo dice todo. “Es la tradición, no entendéis nada”, se encogen de hombros y jactan los voceros de la derecha dispuestos a defender lo indefendible. Exactamente ahí reside el problema, en la palabrita de marras, en la manida excusa para ser un degenerado. Es la tradición y de inmediato usan a las chicas del Colegio Mayor Santa Mónica como escudo humano. Ellas, las receptoras de los gritos, dicen lo mismo: “es una tradición, no nos insultan”. Pretenden con ello que decidamos que no pasa nada, que todo está bien. Un día alguien disparará a alguien en la cabeza a plena luz del día en una calle abarrotada y alegará en su defensa que es una tradición. No hay más preguntas, Señoría. Sigan circulando.

La tradición es la que propicia la alienación de esas chicas, no hace falta ser un genio para darse cuenta. La presión social en esas esferas, a esas edades, en esos colegios. Seguramente prefieran inconscientemente ser víctimas que aguafiestas, raras, estrechas, marimachos, bolleras. Qué dirán sus padres, sus populares compañeras, sus profesores que tanto esperaban de ellas. La tradición que perpetua la superioridad masculina, otro privilegio de cuna, otra parcela de poder. Seguramente entre ellos también habrá quien prefiera inconscientemente ser verdugo que maricón, desviado, débil, perroflauta, muermo, mal amigo. Qué dirán sus amigos alfa, los compañeros de empresa de papá, los del partido que tantas expectativas tenían en ellos. Siempre ha sido así, dicen, siempre se han hecho las cosas de esta forma. De esta manera hemos prosperado y dejado claro quién manda.

No sé de qué te quejas. Es la tradición, idiota.