Opinión

Annie Ernaux y todos los cuchillos carnívoros

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Martes 11 de octubre de 2022

Me entretienen los lugares comunes, esa horterada. Uno sopla el solo de trompeta y docena y media de digitales cansados lo reproducen sin coloretes ni el menor rubor. Annie Ernaux (82) gana el Premio Nobel de Literatura, casi todos sus títulos los tenemos a disposición en la brillante Cabaret Voltaire y los clínicos se aventuran en los diagnósticos: la novelista de la autoficción (¿nadie hizo memorialismo con anterioridad?), frases como cuchillos (también lo dijeron de Cormac McCarthy o Carver), la pintora de la Francia de los perdedores, la luchadora de las trabas colectivas en esa misma voz/confesión personal, etc.

Al parecer la frase es propia de la Academia Sueca: “Ernaux concibe la literatura como un cuchillo que debe tocar hueso para llegar hasta el fondo de una verdad”. Muy bien. Otra docena y media de Nobeles cumplirían esa misma misión. Lo de los cuchillos carnívoros –siguiendo a Miguel Hernández- tiene dos acepciones, creo, por un lado, lo breve de las frases y por otro el dolor confeso en las mismas. Por ese mismo camino otros tantos piropos a granel desde la boca del tarro de caramelos dulces: “breve”, “minimalista”, “distante”, etc. Un francés/francés, parisino, me decía por teléfono: “Siempre fue una escritora menor. No sé si habrá que cumplir cuota de feminismo o derivados, pero aquí en Francia siempre fue una escritora para mujeres: abortos, iniciaciones sexuales confusas, violaciones, chicas herméticas. Me rio de que eso sea memoria colectiva. La mayoría de la gente, en todas partes, se enamora, folla y es feliz, sin el menor trauma”.

Todo lo que dicen para Ernaux valdría también para sus predecesoras en el mismo premio: Svetlana Alexievich, Olga Tokarczuk, Herta Müller, incluso Doris Lessing o Alice Munro. La crítica la compara con Modiano, por autobiográfica y obsesiva, pero al primero lo tildan de burgués. ¿Para que sea genuinamente femenino ha de haber una herida? En su amado París de los 60, recordemos, la Sagan escribía desde otro lado (Buenos días, tristeza), y no digamos la Barnes (El bosque de la noche). Mujeres gozadoras, vividoras, pletóricas, quienes se bebían el sol y masticaban la luna en dos o tres mordiscos, como una manzana. ¿Empieza lo femenino turbio con la Jelinek y La pianista: automutilación, sexo guarro por descampados y sex-shops, complejos y taras? Otra línea dice lo contrario, sí, que sus narraciones son enumeraciones y no tienen énfasis. Todo ridículo…

La culpa flota en los libros de Annie Ernaux como un corcho que hoy no tengo propio a muchas mujeres de mi edad: culpa de clase, culpa de embarazos, culpa de soledades y brutalidades consentidas, culpa, culpa, culpa. Sería algo así como una escisión entre cuerpo e identidad, donde lo mostrenco del primero parece llevar a enfermedad, duelo, trauma y herida. Donde el cuerpo ocia siempre y no piensa, lo que es un grave error, porque la sabiduría del mismo siempre se llamó instinto y supervivencia. El cerebro reptiliano, el cerebro animal, justamente, que no viene de los libros ni de herencia alguna sino de la vida, la intemperie, el presente y el barro actual.

Cae Annie Ernaux en una horterada insoportable, donde también cayó Jelinek, el clásico relato entre mujer adulta y joven castigador, predecible y trillado hasta la náusea (Le jeunne homme). Igual los académicos se siguen haciendo pajas con estas calendas, más viejas que el sol y la pana, en la mayoría de los casos predecibles e infantiles. Luego, finalmente, se alude a la intensidad, quienes no premiaron a Milan Kundera, solo porque sus obritas no superan las 150 páginas, asunto absurdo de veras. Siguen y siguen los ojos clínicos, todos tuertos: ella y Sophie Calle (amiguita de Vila-Matas) son las únicas que exploran el límite desde el daño y la emoción desde la frialdad. Toma ya. Mucho dolor, mucho dolor, mucho dolor y, con la vomitona gramática, un gran alivio y una esperanza para todas/os. Los más cañeros tildan el proceso de cauterización/cosificación sin empalidecer.

Dice la premiada: “El yo es solo un lugar y no la expresión de una persona”. Esa clase de novela/río, de ocurrencia en ocurrencia, de vivencia en vivencia, embadurnada de historia y sociología por los bordes, porque hay que llegar a las 150 páginas, realmente, produce infinito hastío. Queda mucho mejor cuando es solo cámara de televisión que retrata a los parias precarios de la gran ciudad, probándose el chaleco amarillo o en el baño impersonal de los centros comerciales de moda, apretujados en el metro/tren como cucarachas o yendo a su casa de mierda en las afueras con la lengua torcida por el diazepam. Una especie de colmena (Cela) donde no se juzgue a la abeja y se la muestre disecada/estirada como la bella mariposa que pudo haber sido en otra parte.

Quedémonos con un libro del goce sin traumas: Pura pasión. Menor y sensacionalista para la crítica pero donde el mismo tálamo no lleva al menor victimario llorón. Dijo El País por estas latitudes en la pluma de Milena Busquets (hija de Esther Tusquets, a quien traté, y jamás hizo en sus folios lo que ahora celebramos): “El Nobel consagra a una autora que, hasta hace un par de décadas, era una paria de las letras francesas, como ella misma admitía”. Soplamos la trompeta de lo inane en busca de la tormenta perfecta. Siempre igual. ¿Cuándo volverán los premios sin sonajero? No más cuchillos fuera del solomillo.