En un fin de semana rebosante de clásicos del fútbol europeo (Torino-Juventus, Real Madrid-Barcelona o Liverpool-Manchester City), el balompié español añadió uno de los suyos al menú: el Athletic se midió al Atlético en San Mamés. El tercero y el cuarto clasificado de LaLiga examinaron sus inicios de temporada como se esperaba. Ernesto Valverde y Diego Pablo Simeone ordenaron correr hasta desfondarse, presionar con hambre y atacar con una voluntad vertical desacomplejada. Confeccionaron una intensidad global que tocó tan alto que una sola imprecisión en el pase se podía traducir en acción clara de gol en favor del rival. Un pestañeo bastaba para ceder un terreno irrecuperable. En esas condiciones se jugó. Para bien y para mal.
La parte positiva de este planteamiento compartido se paladeó en los primeros 15 minutos. La pelota volaba de lado a lado del campo, sin más gobierno que el sudor. Con el colmillo afilado y el físico derrochando capacidad, los dos equipos intercambiaron golpes en una conversación excitante. Lekue salvó a los suyos en el tercer minuto, al despejar 'in extremis' un buen pase de Koke a la espalda de la zaga que casi pescó Morata; Muniáin puso en vuelo una falta lateral que Iñaki Williams perdonó con un cabezazo desatinado, sin marcaje y desde el área pequeña; Oblak despejó como pudo la entrada de Íñigo Martínez a centro de Berenguer en otra acción a balón parado; y en el décimo minuto descarriló la volcánica inercia cuando Molina emitió un pelotazo que dejó a Morata y a Yeray en mano a mano. El central se tropezó -de manera fortunita- en el atacante, que regateó a Unai Simón y abrió el marcador. Sin embargo, el VAR negó la diana por falta en dicho cuerpeo.
Sin lapso para discutir, el encuentro se volvió a subir a la locomotora pactada y la siguiente vez que los futbolistas alcanzaron a tomarse un respiro fue en el descanso. En el entretanto, fue asomando la cara negativa de un guión semejante. Al querer combinar con una velocidad tan acelerada se complica el tino. Y la fluidez desaparece. En esas lides asoman como destacados artistas de la creación Griezmann y Muniáin. Pero ninguno de los dos se pudo sobreponer al desgaste y fervor en el vaciado de las fuerzas, en el cierre de cada hueco. La defensas competían muy altas, dejando hectáreas a su espalda, pero el buen hacer táctico y la concentración de cada obrero redujeron al mínimo las opciones de volar a la contra. Sin claridad, emergieron nombres como Kondogbia -imperial en el rol destructor-.
Eso sí, fueron Koke, Lemar y Griezmann los que mejor se asociaron, si bien no conectarían con asiduidad con un Morata algo desconectado de la dinámica. En la otra trinchera serían Berenguer y Nico Williams los llamados a desequilibrar, mas también les costó entrar en ignición ante Reinildo -destacado en el achique- y Molina -que sigue creciendo-. Sólo le faltó al primer acto que no se secara el flujo de disparos. En el resto de parámetros palpitaba la hiperactividad reinante. Pero la reanudación arreglaría este déficit con una voracidad explosiva: en el minuto 47 Nahuel conectó con Morata, que se filtró entre los centrales vascos y cedió para que Griezmann embocara el 0-1, con un suave toque ajustado al palo.
El bloque del 'Txingurri'`, que salió sin un destructor en la medular -la defensa es colectiva en su ambicioso libreto-, no torció el gesto ni alteró su plan. Retomó su trabajo por donde lo había dejado y volvieron a empujar con todo, avanzando más desde el perfil de De Marcos. Ritmo, presión y verticalidad. Lo que sí cambió fue la actitud visitante. Los madrileños optaron, como tantas veces, olvidarse de su valentía previa y recular. El 'Cholo' decidió replegarse y esperar para robar y salir a la contra. En consecuencia, el paisaje pasó a parecerse más a la posesión eterna de un conjunto local conducido por los capitalinos a acumular centros laterales. Alimento para Giménez y Savic.
Lejos de buscar más engrase entre líneas y por el centro, Valverde sentó a Muniáin y dio entrada a Raúl García. El asedio aéreo estaba servido para los 25 minutos finales. Y ahí les tocó evidenciar solidez y orden defensivo a los colchoneros. A pesar de haber titubeado en estos meses en este sentido. Acabaron con Witsel y Saúl añadidos a la fórmula, más centímetros. Cambió el estratega argentino a su cansadísimo centro del campo, menos a Kondogbia, la piedra inalterable. El mejor del partido. Y remaron los vizcaínos, tratando de conectar por arriba con Iñaki Williams, Villalibre, Berenguer y Raúl García. Comparecieron además un lanzador de pelota parada como Dani García y un cabeceador como Vivian. La ruta hacia el empate quedó sembrada, en resumen. Y se multiplicaron los saques de esquina en torno al área de Grbic -Oblak se fue lesionado-, quien sacó un testarazo de Íñigo Martínez con una reacción providencial -en el 88-. Reinildo despejó bajo palos un remate -en el 96- y el VAR anuló un penalti por inexistente mano de Reinildo. Nada evitaría el golpe sobre la mesa de un Atlético en eterna reivindicación.