Opinión

Simulación, dádiva e ideología

TRIBUNA

Marcelo Wio | Lunes 17 de octubre de 2022

Asistimos a una descarada falsificación y una deformación de la realidad desde la política, o una parte de ella, como hacía mucho no se veía. Algo así como una anamorfosis: un dibujo o una proyección distorsionada que parece normal cuando es vista desde un punto en particular o con el auxilio de una lente o un espejo. Lo que se proyecta parece estar allí, pero no está. Debajo de esa simulación hay otra cosa - una vereda, otra obra, una vergüenza, un fraude.

Así, cierto remedo de política - más relacionado con la escasez de escrúpulos - practica un artificio similar: pintan una simple y tosca composición para esconder el producto de su incompetencia, el vacío que ni sus palabras ni las fatuas astucias de la vanidad del poder pueden ya disimular. Qué otra cosa, si no, se va a andar escatimando con tales afeites del escrutinio ciudadano. ¿Aciertos?

A diferencia de las creaciones artísticas, estas pretenden desterrar la realidad que disimulan; negarla. Es decir, se postulan como verdad – que no es otra cosa que aquello que convence a los demás, lo que finge un consenso: porque, porfían, la realidad es aquello que existe dependiendo de las representaciones, de sus representaciones, claro; y de las emociones que se exalten en cada momento.

Clientes de sí mismos

De manera que, si por ejemplo las políticas económicas que se han voceado en campaña no tienen éxito – o ni siquiera se implementan -, bien puede aprovecharse ese fracaso para elaborar la imaginería: la simulación habrá de llamarse “política o justicia social” … Vaya, quizás, después de todo, las políticas económicas en realidad sí tuvieron éxito… De cualquier manera - como se suelen confeccionar estos apaños ilusorios, sin ir más lejos -, el fundamento de tal dispositivo que vienen a desplegar aquellos encargados de gobernar, o de no hacerlo, es el clientelismo. Ardid viejo al que recurren quienes, no teniendo nada que ofrecer - más allá de gestos y palabras engoladas con grosera y llamativa bisutería -, desean perpetuarse en el poder: su objetivo supremo, su única baza personal. Después de todo, Michel de Montaigne (Ensayos) decía que “la virtud rechaza la facilidad como compañera”. Fracturar para sacar partido es, sin dudas, una de esas trágicas facilidades: la evidencia de una ausencia de virtud.

La pauperización (de la que se culpara al oponente y al sistema económico y a lo que toque) entonces, se abraza y se aumenta mediante “ayudas”, “fondos y programas sociales”, “subvenciones”, que garantizarán, abracadabra, la necesidad de más “socorros”; es decir, de que se acate la necesidad electoral de quien extiende a la población tan interesada “asistencia”. Los anhelos de la mediocridad, está visto, producen catástrofes.

La transacción (“ayuda” por voto, por silencio, o aplauso) surgida de esta circunstancia es revestida de “redistribución” (de la estrechez), de “política progresista”, de “empatía”, “empoderamiento” y demás dispositivos propagandísticos sin contenido – puro mapa, pura pretensión de continentalidad del desamparo económico y social.

Mas, la asistencia no está destinada a solventar un problema puntual, sino a incrementarlo. El clientelismo – casi como condición sine qua non - convierte a muchos, a demasiados, en forzados mendigos; en sujetos involuntariamente obligados a participar de la transacción infame que media entre un voto y un cargo, una permanencia, un privilegio; una impunidad. Una transacción que, además, los rebaja cada vez más: de sujeto, a estadística.

Lo público se transforma, entonces, en una prerrogativa del partido de gobierno o del gobernante de turno: una forma de apropiación y utilización de los bienes como si fueran privados. Así, el clientelismo político opera mediante la redefinición de la relación entre estado y ciudadanía. Para ello, como ya se apuntara, precisa de la ruptura de seguridades económicas y sociales. Entre las precariedades que se persiguen, la de la educación es central: la filosofía y el pensamiento matemático, por ejemplo, podrían soplar al oído de los jóvenes, antes o después, que del estado de cosas que se cocina resulta que es el propio mendigo el que, dándole a su “benefactor”, se entrega su propia limosna onerosa, menoscabada, sometida.

De esto, parece desprenderse que acaso sea más apropiado denominar a esta infortunada relación como mendiguismo o precarietarismo político obligado. O, más aún, como una relación coercitiva: consistente en una suerte de secuestro a puertas abiertas, sin amenaza aparente (aunque el deslizamiento hacia la pobreza, si se eliminan las ayudas, siempre está presente; así como el señalamiento y el oprobio público), en que la víctima no puede escapar de esa relación forzada, brutalmente asimétrica, como si viviera un síndrome de Estocolmo hiperbólico. En resumen, una tormenta política-social-económica perfecta; que, llevándose todo, o casi todo, por delante, deja lo peor incólume, favorecido, encumbrado.

En el fondo, el clientelismo, como otras relaciones que establecen algunos gobernantes del estado, responde a un cisma ideológico: una separación entre quienes asienten y quienes osan manifestar su discrepancia. Dividir permite eludir la discusión – después de todo, estos recursos son utilizados o bien por totalitarios o por políticos a quienes los méritos les rehúyen con gran éxito.

Cruzada ideológica

Quizás casi tan añejo como el clientelismo sea el método de segregar a aquellos que no acatan el dogma ideológico – básicamente, un reducidísimo cuerpo de ideas o, antes bien, de eslóganes que no admiten crítica, disenso, ni, mucho menos, debate de argumentos. En este marco de división social, el clientelismo podría considerarse una suerte de arma ideológica masiva preventiva que actúa sometiendo a un gran número de ciudadanos al fornido ‘argumento’ de la necesidad y el encandilamiento.

Jean-François Revel, en un trabajo (How democracies perish) sobre las políticas de Occidente vis a vis la Unión Soviética (madre putativa de tantas ideologías occidentales, de tantos voluntariosos aspirantes a totalitarios, de otros tantos revolucionarios de salón y prepotentes de barricada), y viceversa, decía que la “lucha ideológica tiene como único objetivo socavar la resistencia de quienes se oponen a la ampliación de los límites [del poder]”. O, dicho de otra manera, de aumentar su capacidad de imponer su voluntad política, su control sobre la circunstancia de los gobernados y, acaso sobre todo, de los opositores.

La inseguridad económica – y las que esta trae aparejadas – ha sido, y es, uno de los procedimientos más efectivos para socavar la resistencia que mencionaba Revel. El peronismo argentino la ha usufructuado hasta el cansancio. Y ahí está, gobernando. Vez tras vez. La máquina no falla a menudo; y cuando lo hace, rápidamente vuelve a funcionar “correctamente” – los sindicatos adictos, las estructuras del estado ocupadas por miles de funcionarios propios, se encargan de ello.

Muchos aprendices tienen el peronismo y las diversas manifestaciones del populismo hoy en día. Muchas tentaciones totalitarias tienen quienes no pueden entregarse a la decisión o a la reválida de las urnas; quienes creen que no pueden permitirse bajarse del poder por creer que quedarán así a nivel de la justicia – como si ya estuvieran por encima. Este temor viene acompañado de otros: que, sin el auxilio de las instituciones y los medios afines, de los decretos, del despilfarro, sus incapacidades, sus pulsiones totalitarias y sus afanes desmedidos se hagan incluso evidentes para quienes los apoyan. Por eso la inclinación a suplantar las razones y los hechos con consignas - que suelen exaltar la vanidad y la ineptitud (es decir, que acostumbran a ser torpes, obvias), y censurar y excluir la discrepancia (habitualmente reduciéndola a etiquetas y estereotipos).

El encanto que ensaya el aprendiz deja, a la manera de Fantasía, un descalabro. Pero, a diferencia de la película, no hay nadie para enmendar el desastre. Los cubos de desaciertos siguen volcándose, uno tras otros.

Empobrecida la sociedad, empobrecida la política, el escrúpulo se transforma en un recuerdo del pasado. La filosofía, en una prepotencia esnob. El escepticismo crítico, en un connato de levantamiento. En breve, peligrosos anacronismos a los que se aferran quienes se niegan a faltarse el respecto a sí mismos y a sus pares. Algo que, al parecer, para quienes se abocan a la práctica del desgobierno, resulta ser un intolerable capricho conservador: un obstáculo para aquello que, tan alegremente, cínicamente, denominan “progreso”; aquello que no es otra cosa el avance de los propios – que son pocos, muy pocos: ‘por algo hay que empezar’, dirán, que para todo hay respuesta, cuando los “hechos” son aquello que se precise que sean.

Revel decía que Alexis de Tocqueville describía con sorprendente precisión el estado del siglo XX – y, cabría agregar, su regreso, cuando no su continuación, en el XXI -: un estado “educador” (generosísimo término), empresario; servicial y depredador; moralista y periodista; un estado que rescata y que subvenciona. Y que “se instala sin violencia en el despotismo seductor y meticuloso…”.

Así, llegará un punto en que la democracia no será más que una mera escenificación, una farsa ritualizada como última concesión a los ciudadanos - después de todo, para algunos debe haber pocas cosas más gratificantes que ser “elegido” –, mientras la soberanía se traslada al partido, carisma, movimiento, que gobierne.