Opinión

Los nuevos Leviatanes

TRIBUNA

David Porcel | Lunes 17 de octubre de 2022

Una de las inquietudes en la era de los robots es si habrá cabida para lo secreto. ¿Podrá la naturaleza abrigar espacios propios? ¿Tendremos oportunidad de guardar nuestros pensamientos en lugar seguro? ¿Habrá algo que ya no sepa de nosotros? Las nuevas sociedades tecnológicas de la transparencia, animadas por la conquista de la conectividad total y acompañados de fenómenos totales como la computación, la hibridación de hombre y máquina, la pantallización del mundo, los nuevos lenguajes y redes globales, supondrán un revés contra aquellas filosofías que veían en lo humano el grial del pensamiento. El software será interiorizado, por así decirlo, y la consciencia tendrá que desarrollar una segunda piel perdiendo la suya propia. Es decir, haciéndose menos consciente. “Bastarán unas luces, unas palabras, más aún, un mero pensamiento. Un sistema de impulsos inundará y recorrerá el mundo” –nos decía Jünger en Abejas de cristal hace ya casi un siglo.

¿A qué lugar silencioso podremos ir cuando todo esté hecho de ruido? ¿Dónde nos esconderemos cuando no haya ni adentros ni afueras? ¿Quién buscará cuando todo sea información? ¿Y qué será de los nuevos solitarios y aventureros, apátridas y emboscados? La emboscadura, el irse al bosque –en alemán las palabras Heim (casa), Heimat (patria) y heimlich (secreto) tiene la misma raíz-, ha sido una práctica muy habitual en quienes han preferido renunciar a la vida sin dejar de vivir. Sociedades marcadas por el nihilismo, amenazas poshumanistas, golpes totalitarios, movilizaciones totales, dictadores de lo cotidiano, son el mejor reclamo para la creación de estos espacios que, como los bosques y las espesuras para los románticos, sirven de escondite a quienes buscan protección. ¿Quién no ha querido alguna vez saltar del tren y aguardar escondido a que las circunstancias sean más favorables?

El bosque no tiene por qué ser un lugar natural, una Selva Negra donde construir una casa de madera y sudor para pasar ahí el resto de los años; tampoco un refugio para élites artificiales contra las viejas amenazas bacteriológicas y nucleares; ni siquiera un nido de cartón piedra para desaprensivos o inadaptados. Jünger entrevió muy bien su significado cuando en La emboscadura de la primera Guerra Fría se refirió al mundo histórico como a una embarcación que se desplaza con un movimiento rápido exhibiendo unas veces rasgos de comodidad y otras signos de terror. Unas veces es Titanic y otras Leviatán. Sin embargo, -y esto es lo ningún tripulante advirtió- lo que se mueve sirve de señuelo a los ojos, quedándoles oculto a los pasajeros que habitan al mismo tiempo un mundo diferente. Este es el reino del bosque y de la quietud, donde las cosas no suceden según el ritmo del calendario y el reloj, de este ‘hay que llegar a tiempo’ o ‘cuidado con no lograr los objetivos marcados’. “A a la persona feliz no le da las horas ningún reloj” –reza el antiguo proverbio. Es algo que saben muy bien quienes todavía habitan las zonas salvajes, bien porque continúan siendo niños, asomados al asombro de la vida, o bien porque nacen en zonas geográficas que todavía dependen de ríos y ciclos naturales para sobrevivir.

Frente a ellos los habitantes de la nave del progreso esperan cada vez más impasibles a que el mundo los distraiga, los seduzca y despersonalice. Viven haciendo de la consciencia de poder el leitmotiv de su existencia, pero ignorando que ni la consciencia es poderosa ni del poder se puede hacer conocimiento. ¿Por qué seguimos suponiendo que un mundo más satisfecho es un mundo más pleno? ¿Por qué no nos abrimos, aunque sea de vez en cuando, a lo intratable y desconocido? ¿Por qué no hacemos de la emboscadura una opción vital? Quien confía en los milagros puede encontrar a su ángel. Así, en secreto, es como floreció la filosofía socrática, tan atenta al daimon interior, que guió a Atenas frente a petulantes y desvariados, y nació la modernidad en su ensimismamiento descubridor del cogito, o se abrió en el continente europeo el horror existencialista con su apelación al otro. Abrirse al bosque es, también, confiar que la oscuridad nos conducirá a puerto. “Los mapas son unos aguafiestas. Nos dicen siempre lo que se espera en el camino” –dice Jordi Soler en su Mapa secreto del bosque. Pero el hecho es que cabalgamos hacia mundos mapeados, tejidos de flujos informativos que conectarán entre sí a hombres y máquinas, casas y ciudades inteligentes, redes, vías y sistemas interestelares, donde la pregunta seguirá siendo si habrá algo de lo que esconderse por ser ya todos Leviatán.