España es un país envejecido: nuestros jóvenes no se aventuran a tener descendencia, visto el negro horizonte que se abre ante sus ojos. Se finge un comienzo cada día, se venera la eterna juventud y se les dice a nuestros adolescentes que el mundo será de ellos muy pronto. La publicidad, las redes sociales y los presentadores de televisión ayudan a “rejuvenecer” con una pátina de marketing donde no rejuvenece nada. Hay una juventud engañada que es la que va al psicólogo, la que se suicida, la que llora en silencio y se confiesa a los extraños porque sus padres no la escucha. Los líderes de opinión no son ya capaces de sostener la falacia de que los jóvenes podrán sostener el futuro del país, el sistema de pensiones, la sanidad… Para bien o para mal, los héroes de nuestro tiempo ya no tienen voz (ni voto): muere anónimamente un doctor, un investigador contra el tumor, un bioquímico que ha encontrado una secuencia de ADN que puede salvar a la humanidad del cáncer y de la miseria genética. Por eso se están yendo.
De hecho, el nuestro es el país de la Unión Europea que más ha envejecido en la última década: de una media de 40,8 años en 2012 hemos pasado a tener 44,7 en 2021 –un incremento de 3,9 años en apenas un decenio–, según datos de Eurostat, la oficina comunitaria de estadística. Nuestros médicos y enfermeras huyen a latitudes más cálidas salarialmente hablando. En la última década, 18.000 facultativos han emigrado para cuidar y curar a los demás a otros países: el Foro de Atención Primaria señala que ahora mismo nos faltan ya 4.700 médicos de familia y 1.300 pediatras, y que la precariedad laboral se ha instalado en los hospitales. Ponerse enfermo en España va camino de convertirse en una cuestión de riesgo. Los políticos son la demagogia de nuestro tiempo, antihéroes capaces de decir lo que todos queremos oír y de despreocuparse después de solucionar cuestiones capitales como la de la fuga de médicos y la senectud poblacional. Y, especialmente, en España, donde no se cuida a nuestros mayores, donde se les maltrató en la última pandemia, este asunto es doblemente preocupante.
Un mundo que se despreocupa de que uno de cada tres médicos, según la Encuesta sobre la Situación de la Profesión Médica en España, esté insatisfecho por la carga asistencial, el nivel de exigencia y el cansancio emocional, incluso en los peores momentos –no vale aplaudir un par de meses a las ocho de la tarde–, y una casta política que no se ocupa de nuestros mayores ni de sus dolores, merece por algunos de nosotros una severa reprobación. Esta farsa del Estado del bienestar, el argumento de unos cuantos para obtener votos, es una invitación permanente a la insumisión y a la rebeldía verdaderas, no a la de postureo que concluye en los salones del Poder y en las grandes mansiones a las afueras de Madrid, con la familia numerosa. El periodismo pone luz y taquígrafos a la realidad maquillada, a que en otros países, como Reino Unido o Alemania, se les duplique el salario a nuestros médicos y enfermeras cuando van a trabajar allí. Incluso, se les triplique, como ocurre en algunos países nórdicos, siempre tan avanzados en todo. La fiesta está en el bar, en la tasca, en el fútbol, en el aquelarre televisual de la tarde: la felicidad hay que inventársela cada día, porque si esperamos a que otros la inventen, la vida social se nos va a pique absoluto arrastrando los tesoros del tiempo, del amor, de la imaginación, de la esperanza, de la música, de la poesía… Y eso todavía no han sido capaces de robárnoslo. No lo digamos a medias ni lo callemos, sino que insistamos en nuestro derecho al hogar, a un trabajo digno y a una existencia dichosa. El verso a veces pide exilios y embriagueces, asperezas con el poder y menos premios. La fiesta más digna es la que celebra el pueblo: que nadie se la programe. Que nadie le diga cuándo tiene que bailar al son de otras músicas, sino que baile cuando se emocione, voluntariamente, espontáneamente, sin que otros se lo digan. Se nos van los doctores y ya se derrama en otoño una pandemia sutilísima. Aunque no nos lo cuenten… en el telediario.