Opinión

Juan Falcón frente al matadero digital

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Miércoles 19 de octubre de 2022

¿Quién recuerda hoy al pintor Eduardo Úrculo? España entierra siempre festiva y olvida sin mirar atrás. Úrculo, el pintor de los culos y los pezones como rocas, enardecido por Camilo José Cela y Francisco Umbral, el viaje negro de los mineros asturianos a la discoteca de colores neoyorkina, el poeta de los sombreros y las sillas vacías, el lírico de las maletas y la soledad de los paraguas, el trance del expresionismo social de fábricas y suburbios a un pop lujoso, jamás visto por aquí. Juan Falcón expone en su pinacoteca langreana, fruto del premio municipal que supera ya las treinta entregas, al margen de los voceras clásicos.

Falcón fue pintor de la noche y los músicos, de las mujeres felinas y las narices enormes, de los ojos que nunca se cierran y las bebidas de todos los colores, incluido el rosa, que era el de Úrculo para sus mejores culos. Luego, el joven pasó por una etapa de jardines, de refrigeración espiritual, de semillas que crecen lentas sobre la mano extendida y los mismos ojos y narices veloces que ahora asisten al proceso a base de agua natural, sin burbujas. El desafío, comisionado por Natalia Arduengo, es una toma de posición frente al matadero digital, la carnicería tecnológica, el Mordor que nos mastica, engulle y traga sin posibilidad alguna de salvación. Seremos ya anfibios para siempre: vida física y tecnológica, cada vez menos separadas, más unidas y terribles.

“E-life” es una instalación en la hoguera misma contemporánea: sonido, imagen y luz de toda clase de “gadgets” en las fronteras entre lo físico y lo digital. La irrupción del estímulo digital en plena vida corriente como otra puerta hacia lo dantesco en igual medida que a lo placentero. Encierra sus pantallas en cajas donde la materia todavía nos dice algo de nuestra propia piel y la mañana en los mejores espejos. Sonido, imagen y luz en nuestros aparatitos eléctricos (ordenadores, teléfonos, etc) parecen otra escuela de adiestramiento. Ellos chillan, nosotros salivamos; ellos hablan, nosotros subimos las orejas. La temperatura del conjunto es la del bucle, ciclos cerrados de ellos mismos (sonido, imagen, luz) donde en su misma libertad somos los mejores esclavos. ¿Escapar a dónde? No hay salida, rey.

Cita al chino o coreano de moda, ya estrella del pensamiento social y artístico por todos los suplementos culturales con su coleta, pantalones rotos y mirada de besugo: “Como cazadores de información, nos volvemos ciegos para las cosas silenciosas, discretas, incluidas las habituales, las menudas o las comunes, que nos estimulan, pero nos anclan en el ser” (No cosas. Quiebras del mundo de hoy, Byung-Chul Han, 2021). El matadero digital concita pérdida de memoria y debilitamiento de toda atención (lean los libros Lector, vuelve a casa y La fábrica de cretinos digitales, ambos con muchos premios). Falcón crea un clima, al modo impresionista, donde rechaza ser un traidor a su época y el diálogo en presente es otra radical obra de arte. Inútil esconderse, rey.

Empieza la comisaria policial Arduengo: “La sobreabundancia de información y el dataísmo abren la vía de un totalitarismo digital”. Ahí es justo donde estamos, en el yugo del algoritmo, en la “infoxicación” por ella descrita, en una “nube” cada vez más abstracta y separada del suelo, en una producción sin sujeto humano ni conciencia, la “vigilancia líquida” de Bauman y Lyon, esa misma persecución donde Foucault situó el poder auténtico. Claro, coño, nos vigilan, nos tienen fichados y saben más de nosotros que nosotros mismos, porque no dejamos de emitir. Digitalización y vida privada: “Los ordenadores, cámaras digitales, móviles y demás tecnologías archivan hoy gran parte de nuestros recuerdos”.

Las cajas de Juan Falcón de una tonelada de peso con todos los fantasmas digitales dentro –luz de manzana, luz violeta o de piruleta- nos hablan muy bajito, sutilmente, veneno en la oreja apenas pronunciado, sí, de ese crimen sin sangre donde nos bañamos a diario y creemos ser felices. Tengo una vida de mierda pero mil Likes por la foto de mi perro con mandilón junto a una botella vacía de vino de tres euros. Las cajas, sí, abren por arriba y por abajo, para dejar salir a los empalados, todos repitiendo la arenga, porque siempre aparecerá algún cliente, y la felicidad es eso, una promesa o susurro, para que entres en el rollo y no te vayas.

Veo a Eduardo Úrculo por París, recibiendo clases en La Grande Chaumière, el cartapacio lleno de mineros asturianos, su trilogía de la infancia en el bolsillo roto (Lautrec, Van Gogh, Modigliani), su trilogía del éxito al probar Nueva York y traerlo a sorbos a Madrid para que no se enfriara (Warhol, Lichtenstein, Rauschenberg), su trilogía de vino peleón cuando los decorados teatrales para Lauro Olmo (Giacometti, Man Ray, Max Ernst). Y silba Eduardo, claro que silba, como Antonio López, de camino a unos chatos recios, a unos vinos negros, tras las clases, año 57, en la Escuela Nacional de Artes Gráficas y el Círculo de Bellas Artes. Antes uno iba del oficio a la vida sin un rasguño, ¿eh?

Juan Falcón es un artista al que merece la pena seguir sin parpadear: contiene, como Eduardo, multitudes, su propuesta es diferente en cada muestra, lo que evita el sermón y la siesta. Su autopsia seria del presente matadero digital ha merecido el accésit al Premio Art Nalón Nacional. El director de la pinacoteca, Gabino Busto, cara de Tintín y barba fugitiva, sabe cómo el único antídoto válido hoy es: “¡Si ya te lo decía yo, rey!”.