Opinión

La normalización del autobombo

TRIBUNA

César García Muñoz | Miércoles 19 de octubre de 2022

En los últimos 20 o 25 años hemos vivido un cambio de civilización. No me refiero al manido tránsito de lo analógico a lo digital, sino a los comportamientos humanos. Vivimos en un mundo mucho más sentimental (¿o quizás deberá haber dicho sentimentaloide?) positivo e hipercomunicado que el del siglo XX.

La sentimentalidad, expresar las emociones, no sólo está bien visto, sino que se promueve. Escribir en primera persona en el ámbito universitario resulta común y se respeta. Llorar de alegría ante una cámara (de dolor menos), mostrar públicamente el afecto por nuestros padres, amigos, compañeros de trabajo o familiares en un post nos humaniza, un te quiero bien dicho concita likes o I love it.

La sociedad, aunque más desigual o solitaria, también se ha hecho mucho más happy, la positividad se ha capilarizado. Antes sólo veíamos en las películas americans lo del have a nice day. Ahora lo tenemos aquí a diario. En Madrid, lugar amable pero en el que siempre ha primado una cierta rudeza en el trato personal cotidiano, también te dicen “que tengas un buen día” después de hacer una compra o alguien con el que tienes una interacción por correo electrónico se despide con un “feliz lunes”, como despedida después de un intercambio. Nadie parece haberse dado cuenta de eso, solo los que hemos vivido muchos años fuera. Se escuchan menos nos y, en su lugar, se utilizan conjunciones copulativas para enmascarar los desacuerdos. Los reveses de la vida se transforman en feedback que nos hace ser mejores. El dolor es siempre antesala de lo bueno que está por venir.

Ser más o menos comunicativo ha dejado de ser una prerrogativa o un rasgo de carácter para transformarse en una commodity, como el pan o la leche. Vivimos en la hipercomunicación permanente. Hay que contarlo todo, a todos y todo el tiempo. Qué hacemos, con quien estamos, si nos comemos unas croquetas ricas, bebemos un buen vino y nuestros éxitos y fracasos. Sin jerarquías. Todo es material susceptible de ser transmitido, la atención se ha convertido en la moneda de cambio. Alguien que no tiene Whatsapp, pefiles en las redes, está bajo sospecha. Se constituye en un ser huraño que, sin duda, no está de acorde al espíritu de los tiempos.

En este nuevo matrix, ¿donde quedan antaño conceptos, como la humildad o la modestia, desaparecidas hace tiempo de lo que se entiende como virtudes? ¿En los sermones dominicales de las iglesias? ¿En el silencio Zen? Desde luego no en la esfera pública, en la privada o en los cursos acerca de como construir la marca personal.

Ser introvertido se considera casi una tara, una desventaja social. Guardarse las cosas para sí. Se asume con naturalidad que el individuo debe agotar sus posibilidades comunicativas. Se imparten cursos de personal branding incluso a los chavales. Verbos como proyectarse, exhibir, validar o validarse se consolidan en el discurso público. Pasan por ser palabras elegantes, sofisticadas, que recogen el espíritu de nuestro tiempo. Hay que hacerse valer, porque “si tu no te vendes o quieres, nadie lo va a hacer por tí”.

En el mundo virtual, que hoy es el real, se acumulan pilas de buenos momentos, achievements, frases animosas, lecciones de vida. Terminar unos estudios, hacer un viaje interesante, lanzar al mercado un nuevo producto, compartir unas buenas frases, encontrar un trabajo, publicar un libro o un artículo, dedicarte con tu empresa a llevar sacos de arroz y alubias a una ONG, plantar árboles en tu municipio o hacer una donación se comunican al momento. En el ámbito corporativo dar o no un like a un post compartido por tu jefe es prueba pública de compromiso y lealtad. Algunas redes como Linkedin se han convertido básicamente en eso. A las corporaciones, a las celebridades o incluso a muchos individuos privados les falta tiempo para enviar la nota de prensa o contar cualquier minucia.

Es un ritual social del que todos nos hemos convertido en participantes. Los más comprometidos y los menos, los mercaderes y los guardianes de las esencias, los simpáticos y los bordes, los honrados y los taimados, todos actuamos como esos peces que no son conscientes de que su ecosistema es el agua de la vanidad y la autoventa. El autobombo se ha normalizado tanto que hasta aquellos que pasan por ser críticos de la cultura anuncian insistentemente sus libros o su participación al minuto en tal o cual foro. Literatos, filósofos (incluso morales), críticos de la cultura, empresarios filántropos, se encargan de anunciar convenientemente sus movimientos o acciones en beneficio de la humanidad.

Reconozcámoslo. La humildad ha muerto. El newspeak de la autopromoción e hipercomunicación la prohíbe. En adelante, será una virtud que, en un mundo competitivo y monetizado, habría que ser demasiado rico para profesarla porque implica quedarse atrás, rezagado. Al igual que sucede con el estudio de las humanidades, que en Estados Unidos solo ha quedado para los privilegiados.

El autobombo se ha normalizado tanto que no nos damos cuenta. Darnos autobombo es hacer nuestro trabajo en el ámbito personal y laboral. Al estado de enajenación colectivo en España no ayuda que en castellano no hay una palabra para designar este estado de cosas. En inglés tienen bragging para hablar del afán para comunicar con un orgullo excesivo los éxitos personales, aunque sean insignificantes. Ayuda quizás que el mundo anglosajón ha sido el primero en impulsar esta nueva cultura de la mano de la psicología positiva y el respeto por el mundo de la venta. En español, fanfarronería no transmite lo mismo.

Pero al final, lo peor de todo es que yo también compartiré la publicación de este artículo en redes porque sigue siendo un imperativo social. ¿Quien tira la primera piedra contra el autobombo?