José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 06 de octubre de 2008
No obstante el discurso multiculturalista imperante hodierno, las naciones que protagonizaron los principales capítulos de la historia europea –esto es: de la mundial-conservan aún perfiles específicos que los distinguen en el quehacer común y solidario de construir la nueva sociedad, tan reclamada desde los sectores más vanguardistas de la actual.
En España son éstos los que denuncian una alarmante deriva racista de sus gentes, tendencia que, de ser cierta, no puede, desde luego, como también sostienen, incluirse entre sus señas de identidad ni en sus genes históricos. Los conversos, la Inquisición, las matanzas cometidas sobre las poblaciones aborígenes del Nuevo Mundo y otras demasías del pasado de un pueblo con estatuto imperial durante trescientos años no imprimieron su tono a una colectividad a la que su permanente hibridismo y fuerte impregnación por el mensaje cristiano otorgaron un talante peraltadamente antirracista. ¿Qué expresión de xenofobia hay en el gran Arte hispano?; ¿no fueron acaso sus más relevantes y característicos escritores –Cervantes, Feijoo, Varela, Lorca…- los más inflexibles censores de cualquier proclividad xenófoba?; ¿en qué paradigma de la literatura universal se encuentra un canto –literal y terminante- más enaltecedor de la igualdad sustancia del género humano que en El Quijote?
Por mucho que se desconozca o - todavía más pesaroso- se desprecie hoy día, todo ello vacuna a una comunidad contra el virus de la xenofobia, aunque, por supuesto, no la hace inmune. Cada vez más desprovista de referencias históricas en su educación y convivencia y asaltada ésta con creciente frecuencia por alarmantes noticias acerca de delitos perpetrados en considerable medida por malhechores provenientes de otros países, sólo una visión arcangélica se asombraría de que las normas del Evangelio y la tolerancia tengan progresivamente menos vigor en el seno de la sociedad hispana.
Pero, con ser oportuna y loable la censura mencionada, resulta quizá un tanto sensacionalista. El capital histórico se descubre siempre –sobre todo, en las coyunturas decisivas de estados y naciones- mucho más difícil de agotar que el económico, y España atesora, pese a la irrefrenable merma antedicha, grandes reservas de solidaridad y antirracismo. Sólo los efectos de una persistente –y acentuada- crisis de su sistema productivo, un deterioro irreparable de su tejido escolar y docente o un índice de criminalidad foránea verdaderamente insoportable podrían erigirse –más aún, claro es, si confluyen simultáneamente- en torcedor sustancial de una trayectoria con máculas y sombras infinitas, pero entre las que nunca figuraron las surgidas en el oscuro fondo de la superioridad racial o la limpieza étnica.
La pulsión xenófoba no se adquiere por fortuna de la noche a la mañana o como producto de tensiones y enfrentamientos momentáneos. Trementes augures asocian en el solar peninsular el desencadenamiento de la marea antirracista con una subida espectacular del paro. Sin embargo, hasta el momento, las políticas de integración de la población extranjera se saldan con un éxito debido más a la receptiva actitud de la sociedad española que a las tímidas medidas decretadas por sus gobernantes, quizás confiados en exceso en dicha postura. Pero, a la fecha, nada hace estimar como irresponsable esa inhibición. Tras el 11-M, por ejemplo, todo concurría a una llamarada xenófoba, mas no ocurrió así. Únicamente el fondo de amortiguamiento cultural e histórico ya referido explica la absoluta calma ciudadana que siguió a la hecatombe cuando no era escasa la leña echada al fuego por la frivolidad mediática y el egoísmo banderizo.
Confiemos en que el depósito siga intacto. Empero, con todo, cara al futuro fomentemos la consecuencia con nuestra historia y la firmeza de los deberes cívicos.
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