Opinión

La educación fundamental o la ciencia del fin del mundo

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Sábado 22 de octubre de 2022

Como tantos otros – cuyo número no puedo calcular – me esfuerzo diariamente por educar a mis hijos y dotarlos de una cierta consistencia de carácter. En los últimos tiempos ese afán cotidiano, cuya realización exige una atención constante y una fortaleza que no puede permitirse desfallecer, es puesto en entredicho por las apocalípticas trompetas que se oyen en los medios de construcción de nuestra imagen del mundo.

El mundo no debe confundirse con el planeta, cuyo equilibrio ecológico se nos dice hoy desquiciado por nuestra oscura culpa. Cada día un bombardeo de imágenes y palabras delatan nuestra terrible implicación en las catástrofes climáticas, en las sequías incomparables y las lluvias legendarias. Cada día se nos anuncia la inminente llegada de nuevas o renovadas enfermedades, que pesan sobre nosotros como la espada del viejo Damocles. Cada día se nos reclama un esfuerzo mayor en la lucha contra el mal que impugna – dicen – nuestra gloriosa democracia y se niega a sumarse a la gran restricción energética que salve al agónico planeta. Pero el planeta no es el mundo, sino únicamente un aspecto del mundo y sólo se salva con el mundo.

Mundo o cosmos refiere a la totalidad de la realidad: un horizonte que se presenta a nuestra comprensión. No a una inteligencia meramente técnica, sino a una comprensión que es a la vez que teórica, también afectiva, sensible y cordial. El mundo alude al horizonte presente a esa comprensión humana que durante siglos ha ido reduciéndose a los términos económico-técnicos a los que el Estado – y su inseparable envés: el Mercado – han llevado nuestra potencia comprensiva. Hoy se expone uno al escarnio por parte de los señores de ese estrecho mundo si reclama el retorno a una comprensión integral de la realidad o un regreso de la cordura, que no es la triste razón tecno-económica o positivamente científica, que descarta como simplemente irracional todo aquello que no cabe en su estrecho radio.

Así pues, el mundo aludía a la presencia de una realidad accesible a una comprensión cordial, integral y comunicativa. La reducción de esa comprensión al orden de la razón analítica o científico-técnica supone el correspondiente estrechamiento del mundo al orden de la utilidad económica o la eficacia técnica. Una razón que arroja tecnologías capaces de incrementar constantemente el rendimiento productivo, pero que destruye las condiciones de la comunicación humana y conduce así a la destrucción del soporte mismo de la vida. La revolución moderna ha significado una desoladora degradación del rico y diverso mundo de la vida a las dimensiones de una estricta o estrecha racionalidad científico-tecnológica. No olvidemos que las ciencias, fabulosos “arcángeles del progreso”, son incapaces de apresar la insondable profundidad del mundo de la vida. Como no pueden comprenderla, la declaran irracional y ajustan al hombre y al mundo al corto radio de su potencia productiva. Las tecnologías hacen un hombre y un mundo a su medida, siguiendo el viejo ejemplo de Procusto.

Sin duda una larga tradición ha defendido la irreductible presencia de un mundo amplio y una razón cordial, aunque a menudo sin llegar a ver en la racionalidad modernizante y progresista la potencia capaz de liquidarlo. Se sigue exigiendo a la última tecnología la resolución de los graves problemas que ha producido la tecnología anterior, en una huida acelerada hacia la nada.

El saber tradicional, parsimonioso y grave, sobre el que se fundara la vida humana, ha sido del todo olvidado. Olvidado en todos los aspectos de nuestra existencia: en el trabajo, en el consumo, en la industria educativa, en el ocio y las relaciones interindividuales, en la alimentación y el sexo, en cualquier escenario rige hoy una enloquecida racionalidad técnica que tiñe cada gesto de un oscuro cálculo utilitario y destruye, con la comunicación real, la vida humana y, con la vida humana, el soporte ecológico de nuestra existencia.

Educar a los estudiantes en el sistema educativo se hace hoy tan imposible como rehabilitar a los detenidos en el sistema penitenciario. Hace mucho que se delató en la prisión – contra su propia auto-representación – la matriz de la delincuencia. Extiéndanse las mismas conclusiones a todas esas instituciones disciplinarias que, junto a la prisión, son la escuela, el hospital o la fábrica. Si la prisión produce delincuencia, hoy la escuela produce ignorancia.

Otra cosa podría ser educar a nuestros hijos en un entorno familiar, capaz de resistir el acoso del Estado y el Mercado. Ese entorno, sin embargo, ya ha sido tomado – en buena medida – por la agenda político-económica que nos han diseñado los señores de ese mundo, ajustado a los márgenes restringidos de la razón científico-técnica. Pese a todo, contra ese designio todavía nos esforzamos – no sabría decir cuántos – en una educación fundamental que se levante sobre una razón amplia, capaz de acoger una idea universal del bien, la verdad y la belleza. No compartimos la fe ciega en la Razón, es decir, en La Ciencia, con el mayúsculo singular de una oscura metafísica.