Opinión

¡Es la demografía, estúpidos!

TRIBUNA

Raúl Mayoral | Domingo 23 de octubre de 2022

Como el mayor tesoro de una empresa lo constituye su capital humano, el mayor capital de un país son sus ciudadanos. Aquéllas naciones con altas tasas de natalidad acometerán mejor su futuro que aquéllas otras que sufran escasez de nacimientos. En su libro La luz de la luciérnaga. Diálogos sobre innovación social, Ander Gurruchaga y Javier Echeverría sostienen que el éxito de la innovación depende de contextos socio-estructurales que están condicionados por los recursos específicos de los territorios donde se innova. Y añaden como variables en dichos contextos uno muy propicio para el caso que nos ocupa: tasas demográficas con cohortes de edad jóvenes. Por ejemplo, si se comprueban los datos del Ministerio de Educación, se observa que año tras año desciende el número de alumnos en la enseñanza no universitaria. Para los autores citados el éxito de la innovación se reduce. Queda claro que la actual riqueza de las naciones se mide, entre otros factores, por sus niveles de natalidad, en suma, por disponer de una óptima demografía.

En España contamos con unos índices de natalidad muy bajos, lo que acarreará muy pronto problemas sociales: envejecimiento de la población, no aseguramiento del relevo generacional y, en consecuencia, problemas económicos y hasta políticos entroncados con los ya tópicos “viabilidad del modelo de la Seguridad Social” y “futuro del sistema de pensiones”. Cierto es que la defensa de la vida se puede sostener con argumentos incardinados en la creencia religiosa, pero también con argumentos ajenos a la fe, como es el caso de postulados económicos y de progreso social. Una sola vida puede influir benefactoramente en otras muchas más, pero los partidarios del aborto descuidan la vida ajena despreocupándose también de la propia. Es como darse un tiro en el pie. En España nacen cada año entre un 35% y un 40% de niños menos de los que necesitaríamos para que se produzca el reemplazo de unas generaciones por otras, y en algunas regiones, el déficit de nacimientos está en el entorno del 50%. Esto es así desde hace unos 30 años. Hasta ahora apenas se ha hecho que contribuya a abordar este problema colosal, lo cual supone un enorme fallo de la clase política en su deber de identificar y dar solución a un problema central de nuestra sociedad, y es algo que tampoco deja en buen lugar a nuestra intelectualidad y élites influyentes.

Para abordar el llamado reto demográfico, se precisan cambios profundos en el marco político, legal y, sobre todo, en la mentalidad social, ya que hay que extender y poner en práctica valores solidarios y altruistas. Porque una población con bajos segmentos de infancia y adolescencia frustra la prosperidad de un país y perjudica gravemente al sistema de pensiones y, por ende, al sistema sanitario, influyendo de forma negativa en la marcha de la economía. En lugar de sociedades pujantes, se crean sociedades envejecidas, lánguidas y en las que muchos de sus miembros viven en soledad. No hay mayor estupidez humana que el egoísmo.