Desde hace ya años, se viene manejando el concepto de “fake news” para referirse a aquellas acciones de influencia que tienden a dividir y enfrentar a la sociedad a partir de presuntos hechos noticiosos que, en realidad, son falsos. La Comisión Europea define las noticias falsas como “aquellas que incluyen información no veraz o manipulada”. Con una noción tan amplia, será fácil convenir que estos contenidos abundan y que es difícil no resultar engañado en algún momento.
Como posibles soluciones, se suelen mencionar la necesidad de verificar las fuentes, acudir a los llamados “medios de referencia” (creo que este concepto nos daría para otra columna), acudir a “verificadores de datos” (otra columna que me reservo) y otras muchas propuestas que tienden a educar y adiestrar en la crítica de los medios y las redes sociales. En países como Estonia, Lituania, Letonia y Polonia, que tienen ya una larga trayectoria en las guerras de la información, estas acciones de desinformación y desestabilización resultan contrarrestadas desde instancias oficiales -incluidos los medios de comunicación públicos- así como desde medios independientes. Sin duda, la reivindicación de la independencia de los medios en Europa nos daría para escribir alguna columna más. Lo dejo aquí porque, si no, voy a acabar perdiendo la cuenta de cuantas piezas necesito. Baste recordar que también España sufrió, durante el golpe de Estado de 2017, este tipo de acciones a manos de los nacionalistas catalanes y sus aliados. A la vista salta que pudo hacerse mucho más, muchísimo más, desde el gobierno y el aparato del Estado para derrotar a los golpistas y evitar que nada así se repita en el futuro.
Sin embargo, me temo que la efectividad de estas acciones subversivas a través de contenidos presuntamente informativos no se debe sólo al actual ecosistema de medios de comunicación, redes sociales y creciente dispersión de la atención. Antes bien, me parece que sus raíces son más hondas y delatan las carencias de nuestro sistema educativo. No me refiero a la falta de una educación en el uso adecuado de las redes sociales y los medios de comunicación, sino a la ausencia de una formación más sólida y básica que siente los fundamentos del pensamiento. Estoy hablando, pues, de las humanidades clásicas.
En efecto, como señala José María Torralba en su precioso libro “Una educación liberal. Elogio de los grandes libros” (Ediciones Encuentro, 2022), la educación liberal -por resumir, la formación que las humanidades clásicas dispensan- cultiva “la perspectiva sapiencial”, desarrolla la “capacidad de juzgar” y suscita el “interés por la verdad”. A partir de aquí, es posible formar el carácter, mantener la claridad moral y, en suma, comportarse como un ciudadano libre y una persona íntegra. Sin esto, sin la preparación que las humanidades dispensan, termina dando todo igual y valiendo todo lo mismo. He aquí el campo abonado para la mentira, el germen de las noticias falsas.
El resultado último de las acciones de desinformación no es tanto que se crea una falsedad -esto en sí ya es un logro, pero no siempre es posible- como que nadie sepa ya qué creer o, mejor dicho, a quién creer. El verdadero fracaso del periodismo no es que la mentira prevalezca sobre la verdad, sino que la verdad deje de ser importante. En un régimen de opinión, renunciar a la verdad es entregarse en manos de la tiranía.
Frente a los tiranos se han alzado, históricamente, las humanidades clásicas: la literatura, la historia, la filosofía, el latín y el griego, el arte y creo que no exageraría si incluyese otras disciplinas como la geografía y el hebreo. No en vano decía Aldo Manucio, en una carta prologal al patricio veneciano Angelo Gabriele, que “pensamos que la lengua hebrea es necesaria para el conocimiento de las Sagradas Escrituras” Tienen publicada, por cierto, esta carta y otras en “De re impressoria. Cartas prologales del primer editor”, la bellísima antología de Ana Mosqueda publicada por Ampersand este año.
Sin este regreso al humanismo, a la formación robusta en la lucidez y la razón, en la moral y el juicio, en la búsqueda de la verdad y la confianza en la inteligencia (que crece iluminada por la fe), seguiremos dando tumbos confusos entre la distracción permanente y el ruido constante, es decir, seguiremos siendo vulnerables a las noticias falsas.