El título es un poema de JRJ, perteneciente a La estación total, de 1946. Pero qué más dan los setenta y seis años que separan su publicación de nuestro presente, ese todo que es menos como diría el propio poeta, si la sensación es idéntica. Se puede seguir diciendo y sintiendo igual. Sensación de provisionalidad, de aunar final y principio, con la justa imprevisibilidad y asentamiento que haga confiar, pero de fondo ese presentimiento de faltar algo, de que no será posible compensar con nada, y aun así, considerar provechoso el tiempo que dediquemos a lo nuestro o se nos permita dedicar a los nuestros. Sensación caediza, puede que en apariencia negativa, pero así es mejor. Como decía Gaya, eso posibilita una continuación, una mejora, al contrario que lo positivo, que actúa de tope y anula capacidades. Feliz la coincidencia de que la cubierta del ejemplar que tengo ―editado en Buenos Aires― lleve la ramita de perejil que le diseñó personalmente el pintor murciano.
‘Estoy completo de naturaleza,/ en plena tarde de áurea madurez,/ alto viento en lo verde traspasado’, son los tres primeros versos, y uno no puede sentirse más interpelado, especialmente por el inicio. La naturaleza es el aliviadero ideal cuando nos superan las cuitas ―se requiere aquí el uso de esta palabra en vez de responsabilidades, preocupaciones, estrés, más al alcance de lo que se sufre con ellas, porque es necesaria una misma elevación en el pesar, aunque sea gramaticalmente, para sentirse reconfortados con la visión del ‘rico fruto recóndito’, ‘lo grande elemental en mí (la tierra,/ el fuego, el agua, el aire)’―.
No es preciso adentrarse en los bosques o subir montañas, no al menos si se es de ciudad y esa práctica no puede cumplirse nada más salir de casa y acudir a dichos lugares para rozar algo de la belleza que poseen, y pueden abrumarnos. Los que somos nacidos en el meollo urbanístico y cosmopolita, menos mal que nos quedan los parques, los jardines, los patios y cármenes en el caso andaluz, y demás expresiones de naturaleza de bolsillo. Se puede contar con los detalles, son importantísimos. En vez de la chopera, el sonido de sus ramas que nos recuerden otras. En vez del pomar disfrutado plenamente en una escapada, contentarse con tres o cuatro manzanas que rodaron y habrán de encogerse hasta morir con su honda verdad. En la mesa de mi terraza, desde hace varios días, hemos ido dejando las que han caído de un manzano de tamaño portátil. Las inclemencias del tiempo, que han tardado lo suyo en hacerse notar, las van matizando. Ellas siguen ahí, símbolos de lo que nos apetezca.
La llegada del otoño también hace caer en las redes sociales los fragmentos compartidos de lecturas que aprietan el trazo de sus características. Los más recientes y que me han gustado, por no recordarlos o desconocerlos, han sido de Pessoa y de Hesse. Uno hablaba de que cada otoño que venga estará más cerca del último que tengamos, de la tristeza que se anticipa, de una pena que se viste para el viaje. El otro lo hacía describiendo su tardanza, y de súbito, un morir y despedida en la atmósfera.
Necesitamos que nos complemente. Nos personamos ante su naturaleza; buscamos esos dorados que rozan la costra en los enveses de las hojas, marcamos el compás rasgado de las pisadas contra las alfombras de caducas en las aceras, se esponja cierta cursilería al traspasarnos lo verde, inevitable quizás, perdonable. ‘Calenturas otoñales, o muy largas o mortales’, dice el refrán. Pero no gana la renuncia, eso jamás. Otoñado puede ser uno, cualquiera, pero sin que venza lo indolente. Como en los versos de Brines se hace con las rosas rezagadas, aspirar y encenderse, y escuchar ‘cuando el cielo se apague, el silencio del mundo.’