Opinión

Señora de rojo sobre fondo gris

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 10 de noviembre de 2022

El pasado mes de febrero Lola Herrera se despedía de Carmen Sotillo, un personaje que le había acompañado durante cuatro décadas y que representó uno de los más memorables de la escena española contemporánea. La sempiterna viuda de Mario Díez, al que velaba en su ataúd y con el que “dialogaba” en un soliloquio que recorría la vida de los dos. En Cinco horas con Mario, Carmen parecía reprochar a su marido diferentes aspectos de su personalidad libre e íntegra, que entraba en confrontación directa con la mentalidad de la narradora, más conservadora o clasista. Con la novela homónima que dio lugar a la obra de teatro posterior, Delibes radiografiaba, a través de la figura ausente de Mario, la sociedad española predemocrática todavía en vías de extinción (fue publicada en 1966).

Ocho años después, sucedería en la biografía de Delibes un episodio trágico que marcaría en adelante su vida: el fallecimiento de su mujer Ángeles de Castro, con sólo 50 años, a causa de un tumor cerebral. La pareja había permanecido unida durante 32 años y había engendrado siete hijos. Tras la pérdida de su esposa, el vallisoletano se quedaba sin su apoyo vital y profesional más importante: “Yo escribía para ella. Y cuando faltó su juicio, me faltó la referencia. Dejé de escribir, y esta situación duró años. en ese tiempo pensé, a veces, que todo se había terminado”. La personalidad de Delibes, tendente a la melancolía, perdió el referente que la mantenía equilibrada evidenciando su naturaleza solitaria. La alegría de Ángeles, su espíritu vital, quedó como un remedo de sombra en los recuerdos vividos, en las instantáneas conservadas y en aquel retrato que de algún modo la hacía presente y con el que la inmortalizó Eduardo García Benito. Titulado Señora de rojo, decoró siempre el despacho del escritor e inspiró la obra con la que finalmente Delibes puso fin a su silencio, atreviéndose a hablar por primera vez de su mujer después de la muerte de ésta. Hubieron de pasar más de quince años para que el escritor diera forma a la figura de esa “señora de rojo sobre fondo gris” —título de la novela y descripción del cuadro citado—, describiendo la felicidad que le deparó su existencia y el dolor que dejó su ausencia. El escritor se transmutó en pintor, su nombre pasó de ser Miguel para convertirse en Nicolás y su mujer se metamorfoseó de Ángeles en Ana. No obstante, por más que el narrador se ocultase bajo un rol ficticio, el carácter autobiográfico del relato era evidente. “Con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre de vivir” diría Nicolás por boca de Delibes, en un homenaje bellísimo a Ana-Ángeles..

Al igual que pasó con la historia de Carmen y Mario, la de Ana y Nicolás tendría finalmente su adaptación sobre las tablas. En ambas, tuvo como ideólogo y productor a José Sámano. La idea fue en los dos casos afortunada, existiendo un interesante vínculo argumental: la evocación de alguien ausente por parte de quien le amó mediante el formato del monólogo. En el segundo caso la idea cuajó en 2008, siendo el actor escogido como protagonista José Sacristán. Amigo íntimo de Delibes, ya había llevado al teatro una novela suya, Las guerras de nuestros antepasados, en el Teatro Bellas Artes en 1989. A ese mismo teatro madrileño ha vuelto Sacristán este mes de Noviembre para encarnar al Nicolás delibesiano, poniéndole en pie de forma magistral.

El pasado viernes, a las 20:00, se alzaba el telón. Desgarrando la penumbra, aparecía el de Chinchón vistiendo chaqueta y zapatos marrones, jersey rojo y pantalón azul. Con una barba de días y el pelo blanco y enmarañado, iniciaba su discurso reflexionando sobre la virtud de la bebida, capaz de hacer olvidar el existir doloroso. Daba la espalda a un lienzo que a su vez, también ocultaba su anverso. Una metáfora de lo que supone la pérdida del ser amado, capaz de despojar a quien se queda sin él de la capacidad para dar a luz nuevas obras. La capacidad artística y la capacidad de amar como formas de “engendrar”, truncadas. Sólo al final surge el pasado vital, el motor impulsador ahora perdido: el retrato de la ausente —no pintado por el pintor que nos habla sino por otro, de ahí la envidia, impotencia y celos del primero (al no haber sido capaz de pintarlo él)—, rodeado por ese fondo neutro grisáceo que representa —quizá— las circunstancias que oscurecieron la luminosa existencia de la retratada y que la truncaron. Para entonces, cuando se iniciaban los aplausos y la ovación, se tenía la sensación de que el tiempo hubiese sido escamoteado a los asistentes, tan fugaz se sucedieron los acontecimientos de la representación. Esto sólo puede atribuirse a tres cosas: la calidad del texto o libreto, la puesta en escena de la obra y la calidad de la interpretación. Un triunvirato indivisible, una fórmula que ha de ir de la mano para el éxito de una representación teatral. No obstante, será el tercer requisito el responsable de llevar el peso de los otros dos anteriores, por lo que el peso o responsabilidad del intérprete será fundamental para el éxito del proyecto.

Durante los 85 minutos que duró la función, la fuerza interpretativa de esta leyenda viva de la escena española llamada José Sacristán sumió al patio de butacas en un respetuoso silencio. Como si se tratase de un ritual sagrado en el cual los participantes entraran en trance guiados por un sumo sacerdote, este oficiador profano logró hacer olvidar a los espectadores sus circunstancias para creer sólo en las del hombre que representaba: Nicolás. Su voz profunda y grave, siempre sincera y real, con sus diferentes modulaciones evocadoras de distintos estados de ánimo, permitieron evocar historias acaecidas fuera de aquellas tres paredes escenográficas y de aquel tiempo ficcionado, como seguramente hizo Homero al recitar la Odisea o la Ilíada. Que el respetable público crea —se deje engañar por— una ficción extensa, sostenida por una única persona, he ahí la grandeza de un actor y de una buena historia. Tal vez un relato que por ser en gran parte real pudiera en cierto sentido convencer todavía más al grupo de congregados. No obstante, aunque Delibes no hubiese contado su historia y la de Nicolás fuese ficcionada, el resultado durante ese tiempo de trance en el que todo queda suspendido —la relatividad de Einstein hecha carne— hubiese sido el mismo.

Sacristán se despedirá de Nicolás tras las presentes representaciones de Señora de rojo sobre fondo gris. De forma similar, Lola Herrera también lo hizo con su Carmen aquel febrero. Un mes en que el actor recibía el Goya de Honor otorgado por la Academia. Diferentes coincidencias que tienen de algún modo a Delibes presente como parte imprescindible de la tramoya.