Opinión

De las horas grises

TRIBUNA

Luis Bravo | Sábado 12 de noviembre de 2022

Cuando publiqué el segundo libro de poemas, fueron varias las personas amigas y desconocidas que me preguntaron intrigadas por el título. Entiendo que pueda ser llamativo usar como reclamo en la cubierta la mención que suma ese color apagado y esas cantidades de minutos que encienden por lo rápido que se nos pasan. Pero su elección no fue tan estratégica como parece, más bien, todo lo contrario. Apareció para enhebrar los versos que iba juntando a la sombra. Fue adecuado por ser imprevisto, y un poema de Agustín de Foxá leído casualmente resultó providencial.

Hay algo… enumera diferentes imágenes peores que ‘las culebras y la lepra’, símbolos, entiendo, de los tedios y ascos más serpenteantes y costrosos. Es breve, pero una capa densa lo cubre por la conjunción de fantasía que oscurece y visiones costumbristas no exentas de atractivo. Sobre él, entre paréntesis, esas dos palabras: Horas grises, y uno cayó en la cuenta de lo que se traía entre manos.

Aunque llevaba varios escritos ―el poema de Foxá lo leí entrado el otoño de 2020, y en agosto de ese mismo año había comenzado la redacción de los cinco primeros que abren el libro― no encontraba el epígrafe idóneo para referenciar todos los que vendrían. Son muy importantes los títulos. Me gusta tener presente la reflexión que el guionista Rafael Azcona hizo de ellos: cuando se escribe, es vital tener uno porque ocurre lo mismo que en los viajes; el título es el lugar al que te diriges, y si desconoces su nombre, estarás yendo a ninguna parte.

Pero qué representan o son las horas grises… Amiga, amigo, si lo supiera con seguridad te lo diría. Kipling pensaba que hay que contar las cosas como si no acabáramos de comprenderlas en su totalidad. La grisura de las mencionadas, el encantamiento que tuvieron sobre uno a lo largo de la escritura del manuscrito, estaba en ese punto de casi intentar explicar o explicarme a qué situación correspondían o de qué lugar, objeto, sentimiento o figura provenían. Nubarrones de la escritura, vaya, que se disuelven o agrupan según el grado de ensimismamiento. Eran la constante en la que fijarme, pero manteniéndome en paralelo, sin posibilidad de un cruce que permitiese satisfacer la incógnita. Mejor. La extrañeza y lo repentino son muy provechosos en la poesía, igual que en los relatos.

Sí puedo decir que ese cuidado en no revelarme nada hizo fructífero el proceso. En menos de un año lo había terminado. Como la vida es justa a su manera, la búsqueda de editorial se complicó en compensación por lo cómodo de la primera parte. Incluso tuvo su andadura en tres premios, cerrando la puerta al salir y sin dar las gracias, claro. Mejor, repito. Donde acabó era donde merecía y debía.

Lo unitario de esos poemas sí fue adrede. Los lugares que se evocan tienen la luz norteña peninsular o europea, soriana o praguense. El fotógrafo Josef Sudek, con su bruma de muelle, sea en un bodegón casero o una escena callejera. La pintura de Hammershøi, callada y prestada al vuelco de un sol raquítico sobre los cortinajes de una sala vacía. Las campiñas inglesas. Los valles navarros. Las partituras de Déodat de Sévérac. El piano nocturno entre magnolios en los versos recónditos de Luis Pimentel, afortunado hallazgo también.

Cada lectura es libre de sacar sus conclusiones, de marcar sus filias y fobias. Es lo bueno de que el texto pase a juicios ajenos. Lo completarán o sólo juzgarán. No puede hacer mucho más quien escribe. Supongo que eso será propio también del acuno de las horas grises: un educado desvalimiento que no descuida la belleza, un silencio de corte antiguo que encuentra su hueco en la algarabía presente, arrinconado en su sueño por demostrarse honesto ante lo moderno.