Yo no sé nada, década tras década he ido profundizando en mi ignorancia, hasta alcanzar el estado de pasmo pleno en que hoy me encuentro ante el mundo. Atónito y aturdido por el espectáculo, apenas puedo salir de mi asombro. He leído a Joaquín Sabina decir que el siglo XXI le toca los cojones, en lo que entiendo que quiere decir que le irrita, horroriza y sobresalta. A mí apenas me ha dejado en un estado de espanto estupefaciente que me ha triturado el corazón. En su lugar me queda un hueco con olor a ceniza, que intensifica el vacío de la cabeza con su olor a polvo antiguo. El siglo XXI está dejando mi espíritu como un solar arruinado, lleno de escombros y habitado por alimañas suburbiales. Todo polvo y ceniza: vestigios de un entendimiento y una voluntad en ruinas.
Balbuceo estupideces, vencido por la amenaza constante y el miedo a la represalia. Cualquier acto de afirmación es aplastado por las potencias de este mundo, si me señalo el hueco del corazón y afirmo “yo sé quien soy” cae sobre mí una lluvia de saetas envenenadas. Si reconozco un semejante en el que me acompaña, me devuelve en pago una dentellada. Si extiendo la mano me oponen un arma. Hace tiempo que mis brazos sirven únicamente para mantener la guardia. Cualquier abrazo puede acabar en un juzgado de guardia.
Los viejos maestros han sido sustituidos por señoritos de la tecno-comunicación y se ha olvidado la palabra parsimoniosa y delicada a favor del grito espectacular, el fragmento sensacional como un artificio de feria, el gesto dramático que nos señala, desvelando en nuestro silencio hostilidad, en nuestra paciencia amargura, en nuestra calma desdén. Sólo podrás vivir si te sumas al gran espectáculo de la unanimidad satisfecha. Sólo podrás vivir una vida que no vale la pena vivir.
El mundo ha quedado escindido en el campo de la luz y el de las sombras. La luz es activa y se define señalando su contrario: la maldita oscuridad del prejuicio y la superstición, el falso sosiego del enemigo paciente. Cuanto más dulce es tu palabra, más excita su odio. Nada hay que puedas hacer, salvo negarte. Ajustarte a sus tiempos mecánicos, someterte al orden de su administración y ejercer la crítica semiculta, casi letrada, que nos reconcilia con el mundo. El bien no sólo define su campo, sino también el de su oposición. Así, la crítica no sólo es tolerada, sino promovida. Se trata, sin embargo, de la crítica establecida, de la rebeldía señalada, de las sublevaciones contra el orden por el orden mismo. La demolición de toda norma, la ira contra la tradición: la revolución subvencionada.
Todo se mueve a una enorme velocidad y en la misma dirección, detenerse supone un enorme riesgo de colisión. Aquí me tienen: parado, no diré erguido, pero al menos en pie y detenido. Algunos lo juzgarán suicida, es un signo, una indicación, un testimonio. Para mantenerse quieto es necesario acorazarse, porque caerán sobre uno infinitas amenazas, heridas fatales. No sé cuánto tiempo podré mantener la posición, ya no mucho más, pero acaso el suficiente para que el ejemplo no sea baldío. No aspiro a más. Paz, sólo una paz de espíritu que me permita ver el mundo como es, sin sufrir los aguijones y las lacras que deforman mi figura. Serenidad y calma, pido únicamente el silencio suficiente.
Me entrego a la lectura para no ser simplemente moderno. Acoger la perspectiva de tantos muertos hace tiempo, cuando el mundo conservaba la huella de la creación y no había borrado toda traza de trascendencia. Cuando hables has de saber que la vibración del aire no es jamás impune, que la gravedad del espíritu es más poderosa que la fuerza física que arrastra a los cuerpos. El espíritu pesa más que la mercancía, más que el deseo explotado, más que la codicia insatisfecha. De otro modo todo habla es simple ruido de fondo, vana locuacidad que produce dolor y niega la calma.
Mantener la compostura en una quietud hierática, ese es mi anhelo imposible. Si por un instante lo logro es sólo por los pocos amigos reales – presentes y ausentes – a los que mi débil posición sirve como un modo de dar las gracias.