Tras la reseña de la novela Sed de tinta, publicada el pasado 2 de noviembre en EL IMPARCIAL, hablamos con su autor, Diego Medrano.
La primera pregunta se impone: usted trabaja en el diario digital que publica hoy esta entrevista…
¿Que Diego Medrano escriba en El Imparcial no podrá ser percibido, por muchos lectores de su novela, como un tirar piedras sobre su propio tejado, un morder la mano que le da de comer?
La protagonista es una adicta al papel, no podría ser de otro modo, quería tratar justamente eso, porque lo he visto y vivido mucho, el adicto a los periódicos y no a los libros. No tiene nada que ver. El pulso de tu época, las enormes ventanas que son los periódicos, nada tiene que ver con los libros. La literatura puede ser un conocimiento de sedimento mientras que la prensa lo es de yacimiento: aquí y ahora. Uno puede leer miles de libros y no tener idea de nada. La información, la opinión, el desarrollo de contenidos internacionales, modulan una cultura, ahorman unos conocimientos que hoy están en el papel y también en el tercer brazo, a golpe de teléfono móvil, en el bolso. El papel es un asunto romántico cuya noble causa merece orla y reconocimiento. Mira los de Jot Down, todo el mundo se rio de ellos cuando sacaron la revista, ahora me cuentan que muchos digitales quieren también imprenta.
Por otra parte, la mayoría de las opiniones vertidas por Catalina y Jacobo, los dos espabilados protagonistas de Sed de tinta, por su fina inteligencia, parecieran provenir de personas más mayores y con experiencia en la vida.
Dígame, ¿en qué grado comparte las acervas críticas y agudas reflexiones de ambos jóvenes hacia Internet y, sobre todo, hacia cualquier cosa proveniente (en fondo y en forma) de las redes sociales?
Eso de que los niños son gilipollas y hablan como gilipollas jamás lo creí. En los adolescentes, si se fija, se da mucho la figura del friki, que es el apasionado por un tema, tan extraño como estrafalario. Yo conocí a frikis de la Segunda Guerra Mundial, que a los quince años ya se habían leído los diez tomos de Churchill sobre el tema, además de coleccionar maquetas y demás apaños. Nadie sabe lo que esconde el corazón de un adolescente. No puedes saberlo. Si lees a gente mayor, además, hablas como gente mayor. Todo, realmente, es interés y voluntad, hacia donde se canalice la pasión sigue siendo un misterio. Al lector, eso sí, se le reconoce rápido, y tiene usted razón: una persona con vocabulario lee, no hay otra forma. La persona culta, por así decir, va conquistando palabras, piensa en ondas concéntricas, se amplía su mundo.
¿No cree que algo positivo que tenga Internet sea esta disposición para que cualquier ciudadano opine y escriba sobre muy diversos temas –y, si lo hace medianamente bien, en publicaciones serias y concienzudas como revistas del estilo La Gatera de la Villa, Todo Literatura, o este mismo diario, presidido y dirigido por la flor y nata de la profesión–? ¿No podría decirse que Internet permite mayor libertad a la hora de explayarse sobre cualquier materia, incluyendo los muy urgentes y necesarios juicios críticos dentro de la Cultura, un apartado tan amaestrado y amañado por la prensa escrita?
Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice. Luis María Anson lo ha expuesto en infinidad de ocasiones, lo que le falta a los digitales es el músculo financiero, publicitario, similar al papel durante el pasado. Hoy nunca tantos lectores se pueden reunir alrededor de una cabecera, de varios continentes, de medio mundo, esto no tiene nada que ver con una rotativa al uso. Hace poco decían que todos los periódicos de Madrid juntaban cien mil lectores. El gran problema del papel es que el periódico que entra en imprenta hoy mañana está viejo. Pasan muchas cosas en décimas de segundo, en horas, y solo mediante una prensa digital, activa veinticuatro horas diarias, puede recogerse todo eso. Cabe otra paradoja: vivimos en la infodemia, saturados, informados de todo y sin enterarnos de nada, confundidos por los bulos, forma parte del juego actual. Ello lleva al «corta y pega», a las erratas porque ya no hay correctores, a la selva actual digital, pero también es pura dopamina. Hay quien lo ve como medios de producción: con estas mimbres es con lo que toca hacer la canoa.
Dígame, ¿será posible hoy la lealtad al lector desde un periódico, sea cual sea su soporte?
Lo que no podemos es minusvalorar al lector. Todo el mundo sabe dónde le engañan y dónde no. Y se siente engañado, no vuelve por ahí, pasa lo mismo con una tienda o un restaurante. Los periódicos administran un derecho ajeno, el de la información, que hace al ciudadano libre. En los regímenes totalitarios no hay prensa sino propaganda: la libertad de expresión construye una democracia fuerte, competitiva y valiosa. El lector sabe lo que quiere y sabe lo que le dan, no hay más. Vuelve una censura atroz: muchos columnistas sufren «editing», cortan lo escrito, vuelve porque nunca se marchó eso de escribir al dictado, la voz de tu amo. Ya no hay medios-soles, todopoderosos, todos son satélites, y solo el tiempo discrimina. EL IMPARCIAL acaba de cumplir quince años y jamás me han cortado una línea. Anson me dijo una vez: «Puedes decir lo que te dé la gana pero el derecho a réplica lo tenemos nosotros». En otros medios, sí, hay artículos que se retienen sin explicación, no salen. Y todos, claro, buscan lo masivo, el circo de las redes sociales, que el artículo tenga visitas, viaje, sea leído. Hay que separar a mi juicio los circos del anonimato de aquellos que gastan nombres y apellidos. La seriedad de la infame guardería.
Ante la preponderancia de ese insulso barullo sin sentido que es Internet, ante su inundación informativa, ¿cree posibleaún encontrar ese oasis con agua pura donde beber, esa prensa solvente para no perecer?
El oasis lo encuentra cada cual y, si el agua es buena y potable, repite. Lo han dicho muchos, Raúl del Pozo por ejemplo, ahora cualquiera puede montar el New York Times en su casa, con un blog potente. Yo creo que el criterio de fidelización es un nombre, una marca, un tío que sabes que no te va a engañar. No es lo mismo comprar un artículo en El Corte Inglés que en el bazar oriental junto a tu casa, eso lo sabe todo el mundo. Siempre fue así. Un millón de lectores decían que tenía Umbral, aunque eso no quiere decir, ni mucho menos, que el periódico vendiese esos mismos ejemplares, ni de coña. Y un tío que te miente, dejas de seguirlo, no pasa nada. La gente anda crispada con la cultura de la cancelación, me parece una maravilla, no hay porqué aguantar matracas interminables ni faltonas. El prestigio es la fidelización que resulta de la erosión misma del tiempo y el espacio. El lector, repito, es inteligente. El periódico que aguanta tiene pulso. Lope escribió aquello de: «Y escribo por el arte que inventaron/ los que el vulgar aplauso pretendieron,/ porque, como las paga el vulgo, es justo/ hablarle en necio para darle gusto». Iriarte, sin embargo, en una fábula, lo dijo mejor: «Sepa quien para el público trabaja,/ que tal vez a la plebe culpa en vano,/ pues si, dándola paja, come paja,/ siempre que la dan grano, come grano». Por supuesto, el lector no admite filfa ni baraturas.
¿Cree que este panorama tan poco estimulante para el hombre reflexivo, con otras cosas en la cabeza aparte de comprar y vender, se ha instalado definitivamente en nuestra civilización o piensa que puede hacerse algo para recuperar cierto grado de «normalidad pensante»?
Hombre, eso está claro, el barullo produce una rentabilidad. El lector aturdido, confuso, puede ser presa o cebo para un engaño. De cualquier modo, todos sabemos los estados de felicidad del cuerpo y del alma entera. La isla busca su mar idóneo. El gato, si se fija, da muchas vueltas antes de echarse, pero luego ya no se levanta. Puede haber un tanteo interminable pero todos sabemos dónde somos felices. Las tecnologías afectan, primordialmente, a la memoria y a la atención, bien es sabido, pero la persona tiene armas para superarlas. Esa lectura en diagonal, superficial, desganada, no siempre es tal. Muchas veces constituye el embrión para otra radical, solitaria y jugosa. Todos dejamos para después aquello que merece la pena. Todos buscamos una ocasión especial para lo bueno. El ser humano necesita una dosis de ficción mínima para sobrevivir y también otra de realidad, que solo le puede dar la prensa. El hallazgo luminoso fermenta en esperanza futura y en alegría inmediata.
Para quienes sí tienen claro matricularse en una Facultad de Ciencias de la Información, ¿qué les aconsejaría un periodista de la calidad y solera de Diego Medrano?
Yo soy más un escritor en periódicos que un reportero. La vida física, real, es una aventura y la vida en el texto lo mismo, es igual de intrépida. Todo eso de la zona de confort es lo que embrida y anestesia a la generación cristal, siempre a punto de romperse. Van Gogh, Rimbaud, Tom Wolfe, qué sé yo, fueron gente osada. En una facultad, cualquiera, recibes unos conocimientos, pero la vida es lo que haces con ellos. La aventura es escribir, leer, vivir, y toda vocación obstinada, ciega, es peligrosa. Lo contrario, me temo, es abulia e indolencia. Vives para eso, sin horas ni calendario, y así te quemas a lo bonzo, y resurges de tus propias cenizas, fortalecido y heroico. La vida por la letra es una pasión. Hay mucho rock en una vida plenamente intelectual. Solo se anestesian en ella las bestias de carga, las acémilas, los animales de tiro y alfalfa. Montaigne miraba al techo mucho menos de lo que todos pensamos.