A mí esto del fútbol tan exótico me parece una memez. Digo exótico por la cantidad de dinero que supongo habrá intervenido a la hora de organizar el mundial balompédico en una país como lo es Catar al que siempre se le relaciona con el poder de la riqueza más absoluta y la violación de los derechos humanos. Los petrodólares son la marca registrada de la debilidad humana en lo que a negocios se refiere y claro, en la industria del futbol ya se sabe que los buitres, como carroñeros que son, sobrevuelan alrededor del olor de la avaricia.
Jugar al fútbol no es otra cosa que dar patadas a un balón, por suerte objeto inanimado que carece de sentimientos y de vida propia, de lo contrario los animalistas ya hubieran puesto veto por maltrato. Otrosí es la finalidad que tiene este deporte de masas elevado al rango de fervor y con ello al entretenimiento más contumaz. Interesa, por tanto, a Estados, a Gobiernos y a todos aquellos que participan de la bacanal de este deporte en su versión profesional de alta gama, pues el fútbol de base o aficionado nada tiene que ver. De manera que cuando rueda el balón allá donde el dinero aflora, el espectáculo está en los despachos.
Como digo, uno de esos bazares de negocio lo han situado en Catar, país de lejano alcance para bolsillos menesterosos a menos que seas un príncipe en excedencia y te dediques a viajar como hacen los usuarios del bono gratuito de Renfe para cercanías y media distancia. Jugar al fútbol en Catar no es el problema si se hace como una pachanga de solteros contra casados; la cuestión es que este país carece de pedigrí futbolístico para representar al futbol mundial y permítanme, es como pretender celebrar la próxima reunión de la OTAN en el hogar de los jubilados de mi pueblo.
Hay quienes a este acontecimiento catarí lo han definido como el Mundial de la vergüenza y es que Catar se ha ganado tal distinción, presuntamente por el trato de abuso dado a los trabajadores inmigrantes que ante la falta de derechos laborales han sido explotados. Lo cierto es que la preparación para albergar el Mundial de Fútbol 2022 siempre ha estado marcada por un elevado número de muertos en accidentes laborales, que según el periódico británico The Guardian la cifra podría ascender a casi 6.500 trabajadores fallecidos desde 2010 cuando Catar se puso manos a la obra; pero sabido es que los duelos con petrodólares de por medio son menos. Así pues, dame pan y llámame tonto.
Sin embargo, el foco de atención de este país árabe está puesto sobre la falta de libertades en donde la mujer se lleva la palma; y es que la tutela masculina cercena los derechos de las mujeres cataríes que precisan del permiso de su tutor varón para administrar las restricciones discriminatorias ya sea para casarse, estudiar en el extranjero con becas del Gobierno, acceder a trabajos e incluso a tomar decisiones clave sobre sus vidas respecto de la salud sexual y reproductiva o la propia custodia de los hijos en caso de divorcio. No me voy a extender porque la lista de la falta de derechos se hace interminable, pero es lo que sucede en esas otras partes del mundo en donde la mujer se vuelve invisible y todo se diluye en ambigüedades. Por desgracia es lo que se sabe pero a casi nadie interesa.
Fruto de todo este desempeño ideológico, religioso, cultural o legislativo, las prohibiciones para aquellos o aquellas que se den el homenaje de acudir a Catar con la excusa del futbol, han de saber que estamos ante un Mundial atípico y por lo tanto se van a encontrar con una serie de normativas legales que si se incumplen les pueden llevar a prisión. Léase beber alcohol, gritar, cantar o decir palabras malsonantes en lugares públicos, así como lo de intimar fuera del matrimonio. Para Occidente es muy fácil este ritmo de vida, pero en Catar la cosa pinta en bastos.
Lo cierto es que merced al fútbol las mentes de muchos millones de personas se vuelven del revés, circunstancia que sirve para ensombrecer las calamidades humanas mientras unos cuantos señores en pantalón corto corretean tras un balón durante casi un mes de festejos. Tal vez sean estos los momentos mundanos de absurdidad, esos que la gran mayoría fingimos que son normales o que necesitamos para justificar que con nuestro tedio le estamos dando la espalda a lo que nada funciona como debería. Quizás este tipo de recreo es lo que nos purifica, pues cuanto peor, mejor. Aristóteles en su “Poética” lo define como catarsis. Es el efecto del desahogo para soltar presión acumulada mientras damos satisfacción a las emociones sin necesidad de ir más allá.
Y de esta manera es como la vida se disimula mientras unos pocos se frotan las manos, otros patean balones y los demás lanzan diatribas al árbitro o festejan un gol para desconsuelo de tantas mujeres que incluso para amar a sus esposos han de pedirles permiso. Mientras tanto en España los cómplices de los feminismos, las progresías, los derechos humanos y las igualdades entre semejantes guardan riguroso silencio para mayor gloria del tedio existencial. Por lo demás, bien gracias.