Opinión

Sobre la justicia y el despertar del (buen) gusto

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Martes 22 de noviembre de 2022

Se rumorea que está cayendo la audiencia de esos programas de televisión capaces de estragar el estómago de cualquiera, siempre que conserve un mínimo de dignidad, sobriedad o inteligencia. El griterío del palenque, en que se despellejan entre sí unos llamados colaboradores de la misma gallera amañada, podría tener sus días contados. Es una magnífica noticia, e inesperada, en este coliseo hortera que es la vida social española.

Una noticia que nos permite coger aire y da aliento a la esperanza. ¿Es el mero hastío de un espíritu cansado que ya no puede embaularse más carroña? ¿Podría ser la reacción de un cuerpo aún vivo que, por un milagro asombroso, recobra la mínima salud? Me gusta pensar que los tales colaboradores podrán disfrutar de un retiro cómodo o dedicarse a una faena que nos sea menos gravosa. Quizás tras la audiencia de los realities caiga también la de los telediarios, los documentales y las tertulias, hasta el punto de que volvamos a preguntarnos por la frágil condición de la verdad.

Doña Ángeles Rodríguez Pam, conocida como Pam, exige formación a los jueces y juezas españoles y españolas, aunque lo hace ahora con un notable olvido del lenguaje inclusivo y dice, simplemente “¡fórmense Sres. jueces!”. Y han de formarse en materia sutil, en materia de género, cuando parece evidente que es más bien Doña Pam quien debería formarse en materia jurídica. Aunque a veces me pregunto si El Ministerio no habrá pretendido reducir las penas a esa tipología delictiva que dice perseguir, de modo que no habría error en la nueva ley del “sólo sí es sí”, sino una intencionalidad encubierta. Discúlpenme, me eduqué en la escuela de la suspicacia que seguramente conoce bien la Secretaria de Estado de Igualdad, bien formada en filosofía y ciencia política.

Hundida la audiencia de los cosos y galleras televisivos, quebrantada y sucia la universidad como el resto de la industria educativa, no vamos a encontrar medio de formarnos en cualquier tipo de materia sutil. Hace tiempo que – en materia jurídica – el derecho se desprendió de la justicia por el asombroso método de fundirse con ella. No hay ley que pueda ser injusta clamaba Thomas Hobbes y hoy el legislador se señala con el índice y profiere: La Justice, c´est moi. Remedando esa frase, que suele atribuirse a Groucho, podemos decir de la justicia: ésta es mi justicia y, si no le gusta, tengo otra y otra y otra. Desórdenes públicos agravados, o lo que brote en el arcano logos del gran legislador, se convierte en derecho por obra y gracia del poder político. Es el derecho moderno, tan parecido a su ausencia. Ya no hay necesidad de formarse en exceso, basta con oler el inconfundible aroma del mando. Su pestilente tufo a escatol, que no deja de estar presente – ahí la paradoja – en el olor de las flores más fragantes.

Me gustaría pensar que el absurdo se extinguirá al consumir la escasa sustancia real que nos quedaba y que alguien alzará pronto la bandera de la cordura. Estoy convencido de que ese momento estará anunciado por una leve intensificación del gusto, que bien pudiera cobrar la forma de un mínimo malestar ante la horrible deformidad de tantas cosas. De ahí que encuentre un signo alentador en la caída de audiencia y videncia de algunos espectáculos.

No creo que vuelva a ver la luz sin filtros de la infancia, pero – al menos – se respirará con más intensidad, si es que el síntoma está bien interpretado y pudiéramos estar orientándonos a alguna forma de renacimiento o, quizás, de restauración sobre la que hacer experimentos de nuevo mundo.

Son innumerables los signos en contra, pero – si hemos de vivir – tendremos que sobrepujar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. Habrá que hacer virtud de la necesidad y afirmarse sobre los pequeños destellos de una realidad que se sobrepone al Reality. No se olvide que éste es fenómeno o espectáculo: reality show. Tras las apariencias infames vive el aliento de la realidad invisible. No se dejen engañar por las apariencias: el mundo no se acaba donde parece que se acaba el mundo.