Alicia Huerta | Miércoles 08 de octubre de 2008
Es una pena, pero el amor no dura eternamente. Por supuesto, con excepciones, que en todo las hay. Pero, aun a riesgo de que los que se encuentren en bonanza amatoria me llamen aguafiestas, normalmente, ese puñetero sentimiento que nos hace perder la cabeza llega con una fecha de caducidad, igual que los yogures o las latas de conserva. El problema es que, aunque nos molestáramos en mirar el envase, no veríamos esa ristra de numeritos negros estampados con primor que tan útil resulta a la hora de consumir con tranquilidad, sin miedo a intoxicarnos.
Ya hace muchos años que España es un país “civilizado” en el que el divorcio no está mal visto. En todo caso, considerado como un fracaso. Y a los divorciados ya no se les señala por la calle ni se habla de ellos en susurros de pasillo. Incluso nos habíamos convertido en el país de la Unión Europea con la tasa más alta de divorcios. Hasta que llegó la crisis. Esta maldita crisis que acaba con los empleos, los ahorros, los pequeños negocios de toda la vida y hasta con los bancos de diseño. Pero no con el matrimonio. A ver quién es el guapo, o la guapa, que con la que está cayendo se pone a soltar pasta a los abogados para que se pongan a hurgar en la maltrecha economía de la sociedad conyugal con el objeto de intentar repartirla entre sus socios. No es posible, porque de donde no hay, nada se puede sacar.
Sí, seguro que los hijos siguen siendo el motivo principal para permanecer juntos cuando ya no hay arrebato, pasión, amor, muchas veces ni siquiera cariño, pero cuando el mercado inmobiliario está parado, los empleos en caída libre y la hipoteca subiendo sin recato, el divorcio, por muy necesario y deseado que sea, tiene que ser descartado de momento. Hay que elegir, hipoteca o divorcio. Un endeudado nuevo amor o la relativa tranquilidad de un depósito garantizado. Con suerte, entre dos sueldos se llega a fin de mes y se cumple con el banco antes de que a uno le metan en la lista de morosos. Pero, ¿cómo hacer frente a la división?, ¿al alquiler de una vivienda para el que tiene que dejar el hipotecado hogar conyugal? En una situación así, ¿cómo demonios se fijan las pensiones para los hijos o el otro cónyuge? No, no estamos para muchas aventuras.
Vale, como dice Bierce, el divorcio es la reanudación de las relaciones diplomáticas y la rectificación de las fronteras. También el toque de clarín que separa a los combatientes para que continúen la lucha a distancia, pero ya se sabe que no hay nada que consiga unir más que el hecho de tener fuera un enemigo común. Así es que, queridos lectores, los que estén pensando en legalizar el fin del amor, que se lo piensen dos veces.
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