Opinión

Zurbarán y sus doce hijos

TRIBUNA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 24 de noviembre de 2022

Hablar del barroco español supone extrapolar la escenografía italiana de Caravaggio a una parte del mediterráneo más austera y sacra, si cabe. Las imágenes desbordantes de colores, carnalidad y multitudes pintadas por el milanés encuentran sus ecos en quienes apreciaron su arte tras pasar por su patria. El sevillano Velázquez o el valenciano Ribera emularon esa teatralidad en sus composiciones, situando a los personajes protagónicos de sus lienzos como si se tratasen de actores y actrices dentro de decorados dominados por luces y sombras tenebristas. De Velázquez destacan esos retratos tan descriptivos de la vida de la corte, la recreación profana de los mitos de Ovidio o la plasmación de los personajes populares y de su humanidad; Ribera rescata de la negritud a unas figuras cuya piel casi se puede tocar en su aspereza; otros creadores barrocos como Murillo muestran la cara amable de lo sagrado, con esas vírgenes inmaculadas, esos niños que serán santos y que se asemejan tanto a los que, desde su pobreza, juegan en las calles. Y, cómo no, también está Zurbarán, que tan bien representa las escenas interiores monásticas, donde los religiosos ataviados con sus hábitos se dedican a cultivar la fe, estudiando, orando, escribiendo, habitando sus celdas y refectorios.

Injustamente, tal vez sea Zurbarán el artista barroco español menos reivindicado, a pesar de su valía —y de redescubrirse como el renacentista El Greco, tras siglos de olvido—. Esos blancos monacales y áridos tan característicos en sus cuadros también dialogaban con otros colores con los que la paleta se recreaba, generando una auténtica fiesta para la visión. Es el caso de su ambiciosa obra —por calidad, temática y magnitud— titulada Jacob y sus doce hijos. Un total de trece lienzos salidos del taller del pintor, trece retratos de tamaño monumental —figuras superiores al tamaño natural— que deslumbran por su luminosidad y exotismo. Este salto del Zurbarán monocromático al polícromo, de aquel detenido a aquel otro dinámico y vivo sólo podía enseñárnoslo el milagro de las imágenes en movimiento y, más concretamente, aquellas que Arantxa Aguirre consigue con su personalidad cinematográfica.

En Zurbarán y sus doce hijos (2020), la cineasta madrileña nos regala un nuevo ejemplo de maestría fílmica en esos 71 minutos de lírica multidisciplinar. Porque, a pesar de tratarse de un documental en torno a un pintor, el discurso o el lenguaje audiovisual abarca la historia, la música, la literatura, la filosofía e incluso la sociología. Y todo para contarnos, relatarnos un punto de vista inusual de la biografía del artista extremeño: el que corresponde a la realización de la enigmática serie citada, inspirada en la historia bíblica de Jacob —conocido en hebreo como “Israel” (“el que pelea junto a Dios”)— y de sus trece hijos, quienes comprendían las doce tribus de Israel.

El origen de este proyecto se desconoce, así como su destino. Al parecer, resulta probable que este conjunto de obras viajara hacia América, pues el tema escogido por Zurbarán tenía relevancia en dicho continente —se decía que los indígenas descendían de las tribus perdidas de Israel—. La primera noticia que de estos cuadros se tiene —setenta u ochenta años después de su creación— nos lleva a Gran Bretaña —donde apenas había pintura española en esa época y el tema era también atípico—. Puede que el barco en que viajaban, rumbo a América, fuese interceptado por piratas sobre 1650. De cualquier modo, estas obras fueron adquiridas en Londres a comienzos del s. XVIII por un comerciante judío portugués, siendo subastadas tras su muerte en 1756. El obispo Trevor comprará las pinturas, colgándolas en el comedor oficial del castillo de Auckland, donde reside. A su propietario le interesaba el asunto tratado en ellas, pues era uno de los promotores de un proyecto de ley a favor de los judíos propuesto al parlamento hacia 1750. Allí permanecieron más de doscientos años, siendo contempladas por los sucesivos obispos. Llama la atención, como muy bien apunta en el documental el diplomático Sir Stephen Wright, que estas pinturas hayan “tenido la virtud de unir diferentes comunidades”: “Un artista español de la Contrarreforma católica” pinta “una serie sobre un tema clave de la fe judía” y su trabajo acaba “en la casa de un obispo anglicano en Inglaterra”. Tal vez esa sea el tema central del documental: la capacidad del arte para trascender su propio formato visual y contemplativo y conmover, convencer o apoyar a los individuos en sus propósitos a fin de conectar a unos con otros y progresar en su propio entendimiento.

Un viaje conceptual o ideológico como vemos, pero también verdaderamente estético, pues Aguirre logra transportarnos a esas épocas en las que Zurbarán y sus hijos pictóricos viajan a través del tiempo y el espacio. El público se desplaza espacialmente a través de los testimonios de esos tiempos: imágenes de los lugares, de su recreación pictórica o gráfica en pinturas, grabados, dibujos, planos o manuscritos. El recorrido también es sonoro, no sólo mediante la ambientación de ruidos —animales, gentío popular, mareas, llamas y crepitar— sino también del folclore musical —de la música gregoriana de las abadías y órdenes religiosas pasando por partituras de compositores españoles como Juan Hidalgo —su Música para el Rey Planeta—, Lucas Ruiz de Ribayaz y sus Españoletas, Mateo Flecha el viejo —La bomba—, Tomás Luis de Victoria —O Magnum Mysterium—, Gaspar Sanz —Pasacalles—, así como otros autores bien representativos de la música europea como Georg Friedrich Haendel —Suite N.7—, Claudio Monteverdi —Lamento della Ninfa— o Henry Purcell —King Arthur—. Y, por encima de todo, las pinturas zurbaranescas contempladas en sus mínimos y desatendidos detalles, con esa quietud con la que sus personajes religiosos observaban la vida a su alrededor. Así suceden tantos milagros visuales, cobrando vida los trazos, haciendo hablar a las pinceladas. Tanto es así que lo de alrededor queda mudo, pierde su color o relevancia, como nos hace ver Aguirre con ese juego entre la escala de grises de lo real y el color protagónico de lo pintado en las pinturas que cuelgan en las salas de exhibición. Viendo todas sus secuencias, uno cree imposible el silencio de lo pintado. Zurbarán crea un lenguaje único en su pintura porque, como dice María Zambrano en un fragmento de Algunos lugares de la pintura —filósofa malagueña encarnada en el documental, con voz segura, por la actriz Emma Suárez—, “abre las puertas de un mundo íntimo, secreto. La historia verdadera está ahí, en estos seres, en estos gestos iluminados por una luz ensimismada, por un amor que en vez de expresarse en palabras informa toda una vida. Por esta gracia que se vierte en todo lo cotidiano”.